Esther Díaz

ESTHER DÍAZ

Doctora en filosofía

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-Vidas descartables, Marcelina, la boliviana.

Comienzos del tercer milenio. El ambiente es denso en el vagón atestado y maloliente. Marcelina lleva a Joshua al hospital. El sarpullido que lo invade le inflama las mejillas. El bebé es argentino, hijo de bolivianos. Su madre es gorda, muy gorda. Noventa quilos atrapados en un metro cincuenta y cinco. Lleva un bolso con pañales. Pertenece a un estrato social compartido con la mayoría de los pasajeros, pero no le sirve de nada. La hostigan. Palabras masculladas, miradas de reojo, gestos torvos. La joven baja la vista. No dice nada. Para peor, no logra acomodarse. Inútilmente trata de evitar el contacto físico con ese magma humano.
De pronto su bolso roza la cabeza de un hombre sentado en un asiento del tren. La insulta. Marcelina quisiera desaparecer. Ahora comprende por qué tenía miedo de viajar sola. En realidad Froilán, su marido, pensaba acompañarla pero lo fueron a buscar para un trabajo de albañilería. Hacía meses que no aparecía nada, así que le explicó a su mujer cómo viajar y se fue a la obra. Ella tomó el colectivo para ir a la estación de Ezpeleta. Mientras esperaba el tren trataba de darse ánimo. Sus documentos estaban en regla, llevaba ropa para cambiar al nene y dinero para el remís. El trayecto desde la estación Avellaneda al hospital Fiorito le resultaba inquietante, pero en realidad todo lo que le está ocurriendo lo es.
Han transcurrido más de veinte minutos desde que Marcelina tomó el tren. Tiene que acercarse a la salida. Con el bolso en un brazo y el bebé en el otro, avanza lenta y atropelladamente. Froilán le había recomendado que se acercara con tiempo a la puerta, de lo contrario no alcanzaría a bajarse. Las paradas son breves. La mujer sigue avanzando. Crece el miedo mientras se achica la distancia. Está ansiosa por acercarse a la salida. Trastabilla varias veces y rebota en cuerpos desconsiderados. La velocidad del móvil parece aumentar. Repentinamente se encuentra ante las puertas abiertas del tren y siente su propia inestabilidad, de pie frente al vacío. Postes vertiginosos aparecen y desaparecen en instantes sucesivos enmarcados por ramilletes de personas que, como si rebasaran del vagón, se bambolean. Cuando la unidad encara el curvón, una sensación de vértigo la hace estremecer, los traqueteos producidos por el cruce de vías la sacuden, oscila.
Ahí, en el cruce de vías, cinco cuadras antes de llegar a la estación Avellaneda, en un pasaje desolado y atravesado por trenes cada tres minutos, aparecieron los cadáveres de Marcelina y su bebé. Estaban casi intactos, pues las lesiones eran internas. Ni siquiera se le salió la gorrita a Joshua. Dos horas y media transcurrieron hasta que los fueron a buscar. Nadie parece haberlos visto. No se sabe si murieron instantáneamente, tampoco si Marcelina alcanzó a pedir ayuda. No se sabe casi nada.
Según la empresa ferroviaria, Marcelina andaba caminando por la vía con su bebé de nueve kilos y su bolso, y fue atropellada por un tren. Para la familia esa versión es insostenible; pero no aparecen testigos, aunque hay dos cadáveres que hablan desde la integridad de sus cuerpos. El estado de los cuerpos no presenta rastros de que hayan sido atropellados por un tren; no obstante, el médico forense convalidó esa hipótesis. En los días sucesivos al hecho, los familiares de Marcelina difundieron un pedido desde Ezpeleta hasta Constitución, estación por estación. Pegaban carteles con fotos de la madre y el niño, un escueto relato de lo sucedido, el pedido de testigos y un número de teléfono celular. Los empleados ferroviarios arrancaban inmediatamente los rudimentarios afiches. La familia boliviana regresaba y los volvía a pegar. Insistieron e insistieron. Finalmente apareció un testigo.
Julio César Giménez dijo que había viajado en el vagón que iba Marcelina, que el mismo día de la tragedia había querido declarar y nadie quiso tomarle la denuncia. No obstante, sus tardíos testimonios posibilitaron una segunda autopsia. La nueva pericia contradijo a la primera: las muertes se habían producido por una caída violenta. La madre se desplomó sobre el bebé, ambos cayeron en las piedras de los costados de las vías donde los encontraron. Pero el proceso judicial no pasó de ahí. Giménez fue desmentido, negado, presionado y finalmente despedido de su precario trabajo. El caso de Marcelina y Joshua volvió a fojas cero.
Aquella mañana los pasajeros se habían ensañado con la joven madre. El alboroto se expandió por el vagón. La tensión crecía. En dos oportunidades pasaron dos supervisores que por entonces recorrían los trenes, pero no intervinieron. Uno de ellos desestimó el asunto diciendo que se trataba de una “pelea entre bolivianos”. Ya conocemos la historia. Marcelina se había abierto paso entre el desprecio. Llegó a una de las puertas del tren. Estaba abierta. Inútilmente trató de encontrar un punto de apoyo entre esa gente arracimada y hostil. Y de pronto sobrevino el horror: a quinientos metros para llegar a la estación, se cayó o la empujaron. Se precipitó al vació abrazando desesperada el cuerpo del niño.
Dos minutos después el tren hizo su parada habitual en Avellaneda. Se puso nuevamente en marcha y en pocos minutos más arribó a Constitución. Aparentemente no había pasado nada. La gente se apresuró, se dispersó, se olvidó. Cuando aparecieron los cuerpos, la empresa ferroviaria plantó una acusación de negligencia contra la muerta. Marcelina Meneses caminaba por las vías con su hijo en los brazos y fue arrollada por un tren.
¿Cómo podía Marcelina, veinticinco o treinta minutos después de haber estado en la estación de Ezpeleta, estar caminando por las vías de Avellaneda? ¿Cómo llegó al lugar, distante cinco cuadras de la estación? ¿Cómo subió al terraplén? ¿Qué hacía en pleno descampado con un niño en brazos y cargando ropa? Y si a pesar de todo esto, hubiera realmente caminado por las vías y la hubiera atropellado un tren, ¿por qué los cuerpos y la ropa no estaban destrozados? Por esa zona y a esa hora la circulación de trenes es intensa, ¿nadie los vio?
Entre las prendas –devueltas por las autoridades– se encontraron diecinueve pesos. Esa mañana el marido le había dado veinte, el pasaje ferroviario costaba un peso. Sin embargo, el boleto no apareció entre las pertenencias de Marcelina.
La agresión de los pasajeros, las desprolijidades de la Justicia y la mala fe de los empresarios cayeron sobre una persona que había perdido su condición de tal. El hecho fue tan contundente que anuló cualquier derecho. Ella y su hijo portaban rasgos bolivianos. Eso es una gran dificultad en un país xenófobo con sus vecinos en general y con los bolivianos en particular y, como si eso fuera poco, tenía en su contra el hecho de ser mujer, obesa, pobre, tímida, indefensa. Se la podía agredir y asesinar sin consecuencias. Esto sucedió el 23 de mayo de 2001.
En el imaginario de quienes se ensañaron, esa mujer delinquía con su sola presencia. Era la materialización de prejuicios fuertemente arraigados y de otros renovados. El desprecio por el diferente y la fobia al inmigrante son implacables, incluso en un país de inmigrantes como la Argentina. Las últimas palabras que alcanzó a escuchar la chica boliviana aludían despectivamente a su nacionalidad, a su gordura, a que había venido a robarnos el trabajo y a que debía volverse a su país. Marcelina representa la figura del homo sacer tal como la analiza Giorgio Agamben. Es una verdadera “descartable”, una “matable”.


(E.D., Las grietas del control)

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