Esther Díaz

ESTHER DÍAZ

Doctora en filosofía

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Filósofa punk. Una memoria, 
crítica de Mónica Urrestarazu

Muchos lectores, si no todos, llegamos a interesarnos en un libro porque esperamos de él descubrimientos y sorpresas. En mi caso, este interés no estaba presente puesto que pensaba que habría pocos descubrimientos y sorpresas: conozco a Esther Díaz desde hace tres décadas, me ha confiado cosas de su vida, he trabajado profesionalmente con casi todos sus libros, he leído la mayoría de sus artículos periodísticos –en especial, los “biográficos” o “testimoniales”– y he visto el documental que protagoniza, Mujer nómade. Había, sí, un potente interés de mi parte, pero era de otro orden: saber cómo ella había logrado con esas postales que yo conocía individualmente hacer un libro que se leyera como un todo, que pudiera no traicionar el subtitulo “una memoria”, palabra que no sólo promete franqueza –que descontaba de parte de Esther– sino un orden que ayude a que la lectura de una vida contada en primera persona termine conformando un fresco, o mejor una suerte de mural que se enriquece a medida que más elementos va integrando nuestra visión. Ese era “mi” interrogante ante Filósofa punk.

O sea, mi interés era casi profesional: saber cómo había cocinado Esther su plato, a pesar de sentir que el plato yo ya lo había degustado. Sin embargo, empecé a leerlo antenoche y lo terminé anoche. Las páginas no se despegaban de las yemas de mis dedos, que las pasaron como si se tratara de pétalos oscuros, pétalos de raros tulipanes cuya fragancia embelesa y cuyo tacto magnetiza.

Las ya conocidas “anécdotas” (en el sentido más literario del término: los incidentes que constituyen una trama) fueron convirtiéndose, a medida que las leía, en nudos de riqueza que me hicieron asomarme a una profundidad inesperada. Todo eso que yo “sabía” no era una brújula. Tenía que volver a saberlo. O sea, lo que ya conocía fue leído casi con inocencia, en estado de “primera vez”. El tejido de las palabras de Esther es tan firme y al mismo tiempo tan elástico que permite esa operación cercana a la magia, al conjuro que nos instala en el asombro. Ocioso es recordar la resonancia que en filosofía tiene esa palabra, “asombro”.

Esther contagia en este libro –algo que también sucede en la película y, con diferentes modulaciones, en toda su obra– su capacidad de ir más allá. Estamos habituados a ver dos caras de la misma moneda, como nos exige el dicho, o a considerar que todo tiene dos caras… es como un principio que garantizaría la ecuanimidad ante un dilema y la comprensión ante un hecho. Sin embargo, Esther nos interpela a desconfiar de tamaña simpleza. Ella ha tentado los límites y, casi con naturalidad, los ha sobrepasado. No ha salido indemne: estas páginas dan cuenta del dolor, de la tristeza, de la soledad que su “método” le provocó. Pero ¿qué sería de una vida sin dolor, sin tristeza, sin soledad? Como en el poema de Alfonsina Storni: “Las gentes ya tienen el alma cuadrada, / ideas en fila / y ángulo en la espalda; / yo misma he vertido / ayer una lágrima, / Dios mío, cuadrada”.

Sin golpes bajos, sin autoconmiseración, sin autocomplacencia, sin autoexculpaciones ni autojustificaciones, Esther nos da la mano para caminar con ella en su propia vida. Nos abre puertas que abren a otras puertas y a otras, que ya no son su vida sino la nuestra. Su mano, como su escritura, es firme y elástica a la vez. Esa mano ha escrito libros que sacaron a la filosofía en general y a la epistemología en particular de los duros pentagramas trazados con vetusta solemnidad y las ha estrujado hasta hacer de ellas cantos vitales y encantadores, claves de interpretación a la mano, respuestas provisorias a preguntas repetidas. Como una bacante, Esther ha transitado por los techos con sus pasos ágiles y su comprensión afinada, y con generosidad nos ha invitado a bailar nuestra propia danza.

En Filósofa punk Esther vuelve a correr los límites, a sortearlos sin ignorarlos. Así como sus libros “filosóficos” están circulados por ejercicios críticos y vitales, así como su libro de relatos eróticos está traspasado por su experiencia filosófica, así como el documental que protagonizó puede ser visto como una road movie, esta memoria puede leerse también como una “biografía ampliada” de una generación de mujeres que resignificaron o deconstruyeron los mandatos, y que no temieron enfrentarse con las consecuencias, pagar los costos, y hacerlo a menudo con una carcajada, casi procaz, que nos exige una empatía y un fuera de juicio: estar con ella para aprender de ella, suspendiendo o, mejor, sobrevolando el juicio, nulificándolo, desmintiéndolo. (Pero pocas de esa generación nos han legado, como Esther, el telar completo; pienso en Adrienne Rich, en su “Mientras en esta ciudad parpadean las pantallas / con pornografía, vampiros de ciencia ficción / y asalariados doblándose bajo el látigo, / también hay que caminar… nada más, caminar / entre la basura mojada, con las crueldades / de nuestros barrios en primer plano”. O, más atrás en el tiempo, en Emily Dickinson: “En mi dedo tenía una sortija. / La brisa entre los árboles erraba. / El día estaba azul, cálido y bello. / Y me dormí sobre la hierba fina. / Al despertar miré sobresaltada / mi mano pura entre la tarde clara. / La sortija entre mi dedo ya no estaba. / Cuanto poseo ahora en este mundo / es un recuerdo de color dorado”.

Filósofa punk pulveriza los lugares comunes de la autobiografía –la fecha precisa, la explicación ex post, la mirada edulcorada con que el autobiografiado mira su pasado a una edad en la que, supuestamente, ha logrado la distancia necesaria para conquistar una especie de sabia comprensión–, rehúye del recato y la falsa modestia, no cae en la indulgencia ni en la autoindulgencia. Y lo hace con una prosa delicada y a la vez implacable.

A la hora de enfrentarse a las consecuencias, por fortuna, las lágrimas –y las risas– de Esther siguen siendo elípticas, redondeadas, maleables como las formas de Joan Miró o de Yayoi Kusama. Esther nos cuenta su vida y pinta un arcoíris recortado sobre una tormenta que aún persiste. Su magia es esa: que conviva el arcoíris con la tormenta; que el cuerpo dance iluminado por la amigable luz y el flamígero –mortífero– rayo a la vez.

Su gesto irreverente, su parresía y su desmesura son contundentes, inapelables, porque, paradójicamente, llevan en sí rigurosidad y honestidad intelectual. No son gratuitos, ni expresiones de meras rebeldías. No es una “filósofa maldita”. Ella es un palimpsesto de sucesivas capas que han ido conformado un tejido complejo pero no caprichoso, cuya profundidad no ahoga sino que abriga y abraza, y anima.

Almas bellas, abstenerse. O, si quieren sacudirse la dualidad y transitar lo multiédrico, irrumpan aquí, a este fractal que es Filósofa punk. Sólo se requieren ganas de saltar de sí mismas y volver a entrar, ya no iguales a sí mismas.

- Mónica Urrestarazu

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