Esther Díaz

ESTHER DÍAZ

Doctora en filosofía

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LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ

 

La primera semana de abril de 2005, dos periodistas de Clarín me hicieron llegar un cuestionario que respondí (y transcribo a continuación) y que en la nota de la revista Ñ, sobre el tema por el que fui convocada, fue reducido en un 98% (quizá más) de su extensión. Según entiendo, los periodistas que hicieron las preguntas y elaboraron el material no son responsables de los resultados editoriales. Acá se transcribe el material “en crudo” y al final del texto, se transcribe lo que apareció en Ñ del 16-04-2005, sin mencionar algún concepto suelto que se “tomó” sin cita.

Esther Díaz

CUESTIONARIO PERIODÍSTICO (P)
Y
RESPUESTAS DE ESTHER DÍAZ (ED)

 

(P) Usted que analizó y sigue de cerca el “affaire Sokal”, ¿piensa que generó en algún lugar (las ciencias sociales humanas, la filosofía o algunas ciencias duras o naturales) algo productivo para las disciplinas? ¿O fue una broma elevada a rango de tesis que cayó en el olvido?

 

(ED) Es una broma ingeniosa, no porque sea verdadera (justamente, se trata de una broma), sino porque supo captar varios prejuicios de quienes defiende la ciencia acríticamente, ya sea porque viven de la empresa tecnocientífica -mercado y academia- o porque creen honestamente que las ciencias formales y naturales son las únicas disciplinas con derecho a proclamarse dueñas del conocimiento sólido. La discusión generada permite atisbar alguna de las oscuras relaciones de poder que se esconden detrás de los pretendidamente “sagrados” conceptos de la ciencia tradicional. Algunos de los “dogmas científicistas” que sólo conocían los expertos, después de la humorada de Sokal y Bricmont, se hicieron mediáticos y pueden ser refutados por quienes pensamos de otra manera. Algunos de esos dogmas son:

 

  • el verdadero conocimiento debe formalizarse matemáticamente ,
  • las disciplina que no pertenecen a las ciencias duras, no pueden utilizar los conceptos de esas ciencias,
  • cualquier disciplina humanística, si aspira al estatus científico, debe adoptar el método de las ciencias naturales.

 

Los servidores de los poderosos -si son teóricos- inventan conceptos para codificar el ejercicio del poder. He ahí el origen histórico de la noción de ‘ley’ y de ‘orden’. Lo ordenado se jerarquiza según cierto principio. Esta es la argamasa que el pensamiento antiguo elaboró para brindar tecnologías de poder a los dominadores. Este es el modelo que se extrapoló a la comprensión  científica de la naturaleza. En consecuencia, la concepción de la legalidad de la naturaleza se funda en el pretendido derecho de las minorías gobernantes para imponerse a las mayorías gobernadas. Este origen histórico y humanístico de conceptos fundamentales de las ciencias duras son ignorados, o negados, por los sokalistas.

De todos modos, considero que la “impostura Sokal” es productiva (para él, sin ninguna duda gracias al sustancioso éxito editorial), porque la discusión que reavivó permite el intercambio de ideas. Algo a lo que siempre están dispuestos quienes consideran que las ciencias, más que encerrarse en guetos, deberían interactuar entre ellas y abrir espacios de libertad en vistas a una sociedad más justa.

 

(P)Lo que denuncian Sokal y Bricmont acerca de la “mala utilización” de las matemáticas en el mundo estructuralista y posestructuralista, ¿no respondería también a cierto fanatismo por el formalismo matemático, un ansia de validarse con él, que efectivamente el estructuralismo trae de herencia desde las primeras formulaciones de Lévi-Strauss?

 

(ED) Por supuesto que existe una divinización de lo matemático. Al estructuralismo no se le perdona, justamente, que haya intentado cumplir con el mandato naturalista y se haya permitido formalizar el estudio de procesos sociales. Pero la importancia de la matemática en humanidades, arte y conocimiento en general viene de lejos. En la antigüedad, los pitagóricos imaginan que el universo se funda en lo matemático (la música, el pensamiento, el cosmos). En la modernidad, Galileo proclama que la naturaleza está escrita en lenguaje matemático. Ese camino es fértil para sostener el poder. Se imponen estructuras universales y vacías de contenido que son secretos para los no iniciados. Es decir, armas poderosas para reafirmar monopolios.

No obstante, ni las ciencias formales están por encima de las personas concretas, de sus tabúes, ensoñaciones e imaginarios sociales. Existen minuciosos estudios que dan cuenta de ello, como Imaginario colectivo y creación matemática, del matemático italiano Emmanuel Lizcano (Madrid, Gedisa, 1993), quien desglosa las matemáticas de tres períodos diferentes -China antigua, Grecia clásica y alejandrismo tardío- y nuestra como las matemáticas hunden sus raíces en los mismos magmas simbólicos en que se alimentan los mitos que intentan desplazar.

La matemática, el lenguaje articulado en general y el conocimiento científico en particular emiten metáforas sobre la realidad. Metáforas a las que llamamos ‘conocimiento’ porque ya no recordamos la arbitraria operación creativa a la que se acudió para construirlas. Metáforas parciales,  poéticas, “neutras”, formales, unas más logradas que otras y todas más, o menos, eficaces. Quienes detentan poder necesitan fortalecerlo imponiendo sistemas ordenados indiscutibles, absolutos, universales, y se benefician con teorías científicas que fortalecen un pensamiento único –llamado ‘conocimiento’- que, a veces,  sirve de base para discriminar al diferente.

 

(P) En “A la sombra de la Ilustración”, Bricmont y Debray discuten acerca de quién puede reclamar justamente el legado de la Ilustración. ¿Hay alguna relación entre el affaire Sokal y la manera de “procesar” ese legado? Dicho de otro modo: ¿se puede interpretar que las ciencias naturales y exactas por un lado, y las humanas y sociales del otro, luchan por ese legado, más allá de la caricaturización que hacen del problema Sokal y Bricmont?

 

(ED) El legado de la Ilustración es complejo. Pero hay algo que lo caracteriza especialmente: su voluntad de dominio en el campo del saber para justificar el ejercicio del poder. Los sistemas fascistas se han apuntalado en lo “científicamente demostrado” para avalar, por ejemplo, el exterminio de “seres inferiores”.

La tecnociencia actual da cuenta del dominio -por momentos aterrador- que adquirió sobre la naturaleza, para bien y para mal. Pues mejoró la calidad de vida biológica y extendió de manera inaudita los ciclos vitales. Pero la existencia humana no es sólo biológica: hay también espiritualidad, afectos, relaciones sociales, deseo, anhelo de reconocimiento y de dignidad.

En el mundo, los que pueden acceder a una vida digna cada vez son menos, ya que la riqueza se acumula, de manera alarmante, en menos manos. ¿Este es el progreso que prometieron los ilustrados? La tecnociencia logra que -en algunos lugares privilegiados- se viva más años. Pero como no se atienden los reclamos de los humanistas que abogan por una calidad de vida total (antes que por mero “estiramiento vegetativo”), el planeta se está llenando de ancianos. Ahora bien, como no se sabe qué hacer con ellos, se los guarda en geriátricos y morirán (moriremos) en una aséptica y solitaria sala de terapia intensiva.

¿Para qué queremos extender los ciclos vitales en una cultura que discrimina a los viejos y deja solo a los moribundos? Entre los motivos de este descalabro, no es menor la incidencia del desequilibrio entre los sustanciosos subsidios para investigaciones en tecnociencia -gracias a los grandes dividendos que generan- y los magros subsidios para investigaciones en ciencias sociales, humanidades y artes. Porque estas últimas no resultan rentables, sino más bien “molestas” para un mercado que quiere adictos consumistas, no críticos sociales.

Estos son algunos de los resultados del “legado de la Ilustración”. La adecuación de la racionalidad científica a las leyes del mercado. El “orden” que, se supone, trae “progreso”. En realidad, no creo que merezca la pena pelearse por ese legado.

 

(P) Bricmont y Debray finalizan su diálogo diciendo “de todos modos, formamos parte de dos culturas distintas que jamás se comunicarán”. Esto recuerda a lo que escribió C.P. Snow en 1959 acerca de la existencia de “dos culturas”, la humanista y la científica. ¿Existen estas “culturas” y sus límites infranqueables?

 

(ED) Estas culturas existen y son funcionales a ciertos intereses. Cuando se establecen compartimentos estancos entre diferentes formas de conocimiento, se elude el aspecto político que atraviesa a todas las ciencias, también a las exactas y naturales. Además, La premonición de que la cultura humanística y la científica “nunca se comunicarán” es reaccionaria. Pues está cerrando toda posibilidad de diálogo, fundamento irrebatible de la democracia.

Pero Sokal y sus seguidores, como Fukuyama y los suyos, están defendiendo su lugar privilegiado en las reglas del mercado y eso, aunque no se justifique, se comprende. Lo incompresible es que existan expertos de países marginados que se pliegan al discurso del imperio. Lamentablemente ser sometidos no garantiza lucidez. Se impone aquí recordar la frase de Espinosa: “Los pueblos suelen luchar por su esclavitud como si fuera por su libertad”.

Más que reforzar las murallas que separan a las diferentes disciplinas, habría que ensanchar los poros por los que pudieran comunicarse o, dicho con otras palabras, promover la interdisciplina.

 

(P)Siguiendo con lo anterior, ¿por dónde pasaría la superación de problemas como los planteados por Sokal y Bricmont? ¿Hay una superación posible de la percepción de “chantas” que tienen las ciencias sociales y humanas a los ojos de las ciencias duras y naturales y de la percepción de “reduccionistas” que tienen las ciencias duras y naturales a los ojos de las ciencias sociales y humanas?

 

(ED) Por suerte existen científicos, como Ilya Prigogine (Premio Novel de Química 1977), que se enriquecen y enriquecen a los demás haciendo circular sus saberes por diferentes estratos. Pero, en general, hay corporativismo científico y académico. Prigogine, cuando venía a la Argentina, era duramente atacado por los neopositivistas. En un programa de televisión abierta (en la década de 1990), se lo denostó de manera humillante, a partir de un reportaje que se emitió cuando él ya no estaba en el país. Ahí estaban nuestros epistemólogos, científicos y religiosos “a lo Sokal” dando cátedra acerca de las “imposturas” del Premio Novel, sin que uno sólo de lo invitados hablara de los méritos de un científico de las ciencias duras que las ennobleció haciéndolas interactuar con las humanidades. El rechazo a las aperturas dialógicas es una manera de proteger el feudo. Si se implementa la interdisciplina, los dueños de la verdad tienen que compartirla. Es más fácil entonces denostar a la posible competencia, que escucharla y tratar de comprenderla.

Por otra parte, a quienes estiman que las humanidades son poco serias teóricamente habría que desafiarlos a estudiar a pensadores como Espinosa, Leibniz, Kant o Demócrito para dar solamente algunos ejemplos. Son filósofos que pensaron no solo los procesos humanos, sino también los naturales y, en algunos casos, enunciaron estados de cosas que recién siglos después enunció la ciencia. La armonía preestablecida de las mónadas leibnizianas preanuncian la teoría del ADN. Demócrito, al describir el colapso aleatorio de átomos, concibe en su mente lo que serán las estructuras disipativas, en las que el orden puede surgir del caos.

 

(P) La biología molecular y la genética de la información utilizan una cantidad de términos tomados de la lingüística y la semiótica: “código” genético, un gen que “se expresa”, que “se transmite”, el Genoma como “sistema de signos”. ¿No cabría hacer el mismo chiste de Sokal a la inversa, esto es, hacerlo con la intención de mostrar que las ciencias “duras” también toman préstamos de las “blandas” sin reconocerlo?

 

(ED) Estos ejemplos de traspaso de términos son muy pertinentes, y no encuentro inconvenientes en que una u otra disciplina los utilice reciclándolos según los contextos. Simplemente hay que delimitar sus significados. Es evidente que los puristas ortodoxos han devenido en “despachantes de aduana” que no permiten que nadie saque palabras de su territorio. Sin embargo, varios conceptos de las ciencias naturales han surgido del ámbito jurídico, político, social y hasta estético, ¿no se habla, acaso de la “elegancia” de una teoría física o matemática?

 

(P) ¿Qué es una “ciencia” hoy? ¿Existen hoy, como en la atmósfera del siglo XIX, criterios universales para definir lo que es ciencia y lo que no? ¿Es relevante esta distinción a la hora de promover el desarrollo de las disciplinas académicas?

 

(ED) El orden, tal como se ha establecido desde los dispositivos cognoscitivos, confesionales y políticos es condición de inteligibilidad de lo existente, a condición de que se someta a normas universales. Es como si para cubrirnos del caos utilizáramos un paraguas, en cuyo interior dibujáramos un ordenado cielo estrellado gobernado por leyes previsibles.

La tecnociencia y sus cultores son funcionales al capitalismo tardío. Pues al proclamar que las verdades de la ciencia físico-matemática son universales se está tapando que esa “universalidad” se determina en los centros de poder. Ellos tienen la tecnología de punta y los medios económicos y bélicos para hacer valer universalmente aquello que les conviene. Son los dueños del paraguas. Los países centrales, desde su perspectiva, enuncia los problemas científicos de pretendido alcance universal (que son los que responden a sus urgencias). Y los pueblos sojuzgados acatan, ¿a quién le preocupa de manera universal las urgencias científicas argentinas, por ejemplo?

Ahora bien, las hegemonías nunca son inocentes. En consecuencia, considero que antes que pretender encontrar leyes universales resultaría más comprometido, tanto desde le punto de vista cognoscitivo como social, aceptar que la ciencia (o cualquier otra empresa humana) sólo capta aspectos, escorzos, retazos de realidad.

La universalidad es solo una palabra o un sistema de signos. ¿Quién puede constatarla?, ¿quién puede demostrarla? Se podría contestar “la matemática”. Y se podría acordar. Pero no se debería omitir que la formalización es simplemente una perspectiva posible para estudiar o dimensionar porciones del universo, y de ninguna manera se obtiene de ella -o de ningún otro sistema de signos- el verdadero conocimiento de las cosas.

¿Qué es el conocimiento sino un conjunto de metáforas útiles (y aceptadas comunitariamente) que expresamos respecto de las cosas? La aspiración a lo universal es un resabio teológico-metafísico capturado por la ciencia moderna. Utilizar esa aspiración como herramienta puede ser funcional al saber. En cambio, tratar de imponerla como realidad absoluta puede llegar a ser funcional al dominio. Es obvio que no se pueden ignorar los parámetros científicos globalizados, si no se quiere perder el tren de la historia. Pero es indispensable atender los parámetros de urgencias científicas regionales, si no se quiere desaparecer de la historia.

[Fin del cuestionario, a continuación…]

 

[…] Qué publicó Ñ del 16-04-04:  

[…] Pretender que las ciencias sociales “no pueden utilizar los conceptos de las ciencias duras –dice Esther Díaz, directora de la maestría en Investigación Científica de la Universidad de Lanús- es un dogma del corporativismo científico y académico” [p.28].

[…] La posición que reivindica Esther Díaz: “Uno de los principales descalabros provocados por el affaire Sokal es haber intentado justificar desequilibrios entre los sustanciosos subsidios para investigaciones en tecnociencia –gracias a los grandes dividendos que generan- y los magros subsidios para investigaciones en ciencias sociales, humanidades y artes que no resultan rentables, sino más bien ‘molestas’” [p.30]

 

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