Esther Díaz

ESTHER DÍAZ

Doctora en filosofía

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«La sexualidad es un invento moderno»

Esther Díaz

Entrevista exclusiva a la filosófa Esther Díaz.
Por Ernesto Pico. Diario El Liberal, Santiago del Estero, Sábado 20 de Mayo de 2006

 

Convocada por la Ucse, la doctora Esther Díaz, reconocida nacional e internacionalmente por su trayectoria, visitó la provincia para dar un posgrado y una conferencia. Seguidora de la línea filosófica de Michael Foucault, disertó sobre el deseo en la ciencia, la epistemología y la psicología, y sobre el lugar de la mujer en el imaginario social y los dispositivos de poder.

 

¿Cómo es la relación del deseo con las ciencias sociales y la filosofía?

Esther Díaz: La hipótesis mía es que cuando comienza el conocimiento racional occidental en Grecia en el siglo V a.C. se empezó a separar el deseo del conocimiento. Se le dio mucha más importancia a la razón, que se estaba constituyendo, y le dio origen a la filosofía en aquel momento y fue la condición de posibilidad para que en el siglo XVI comenzara la ciencia moderna. Si bien hay unos pocos testimonios de que la filosofía comenzó ocupándose también de los temas del deseo, por ejemplo de Platón, conservamos “El banquete”, en dónde se tematiza el tema del deseo, luego no sé si no se habló o no se escribió, o si realmente se ha perdido en el transcurso del tiempo, pero la filosofía entró por un camino, en el que después entró la ciencia, en el que todo lo que tiene que ver con el cuerpo, con el deseo, con los impulsos vinculados con el placer, tenían que ser dejados de lado. Esto se agudizó más cuando toma el poder el cristianismo en el siglo V de nuestra era. Este dejar de lado el deseo, que viene de los antiguos, le viene de perlas a una posición como la cristiana, entonces en la Edad Media sigue más o menos lo mismo, en la modernidad también, y recién en el siglo XIX, encontramos un Shoppenhauer, que empieza a ocuparse de la sexualidad, y en el siglo XX Michelle Foucault, es el filósofo que más trabajó sobre el tema del deseo, también lo tenemos a Gilles Deleuze.

 

¿Qué pasó entonces en el S. XX?

Esther Díaz: Foucault tuvo la intención de escribir un libro sobre la mujer y la pérdida de poder que siempre ha tenido respecto del machismo. Pero hubo que cambiar de idea, porque él cuando escribió el primer tomo de “La Historia de la Sexualidad”, creía que venía de lo antiguo, pero cuando escribió el primer volumen, que habla sobre la sexualidad moderna, empezó a investigar hacia atrás, y se dio cuenta de que la sexualidad es un invento moderno, la sexualidad no existía antes del siglo XVIII. No es que no había nada, lo que había era carne. No había una construcción histórico-cultural, que es mucho más que genitalidad. Lo que no existía es todo el imaginario social que se hace alrededor de la genitalidad y el deseo. Hoy puede haber luces, olores, figuras, que son sexuales aunque no estén mostrando ningún órgano sexual, porque hemos hecho todo un imaginario a partir del deseo, que corresponden a nuestra determinada época histórica.

 

¿Cuáles fueron los aportes de Foucault a la comprensión de la cuestión sexual en el imaginario social?

Esther Díaz: Foucault se dio cuenta de que la sexualidad no es una invariable a través del tiempo, fue cambiando, pero lo que no cambia es el deseo. Deseo siempre hubo, y sobre el deseo la sociedad, o los poderes mejor dicho, van haciendo distintas codificaciones para que se viva de distintas maneras en distintas épocas históricas. Cuando él pensó que la sexualidad venía desde la antigüedad, había pensado en escribir primero la sexualidad en general, después en los perversos, en la mujer, en los niños, de las minorías en general. Al desbaratarse el proyecto decidió hacer una historia de lo que el llama el hombre que desea (entendido el hombre genérico, como ser humano), porque el deseo sí transcurre a través del tiempo, pero ya no tenía sentido escribir sobre la mujer específicamente. El primer tomo se llama “Voluntad de saber”, el segundo tomo “El uso de los placeres”, que ahí se ocupa del tema del deseo en los griegos clásicos, y después “La inquietud de sí”, que se ocupa del deseo en los romanos, paganos. Y tiene escrito otro, que ese fue encargado que no se publique porque no tuvo tiempo de corregirlo, y no quería publicaciones póstumas, que está en este momento en una caja fuerte en París. Este tomo se va a llamar “Las confesiones de la carne”, que se ocupa justamente de todos los primeros cristianos, que como no tenían códigos ya formados, como tienen los cristianos actuales, tenían que construirse entre ellos cómo llevar adelante el deseo en relación con esta doctrina tan nueva que hacía tan poco tiempo había salido de Cristo y de los apóstoles. A él le interesan esos procesos en los que todavía no estamos institucionalizados, porque una vez que están institucionalizados, es como que nos enamoramos del poder, entonces ya las cosas quedan fijas, en cambio en los procesos que recién comienzan, como todo que recién empieza, una pareja, algo que se empieza a estudiar, hay mucho más entusiasmo. A las instituciones les pasa lo mismo. Por ejemplo lo que pasó en diciembre de 2001 en la Argentina

¿Qué tiene que ver la pujanza de esos piqueteros que realmente salieron por causas auténticas a movilizarse con el piquetero de hoy día que los esperan los micros con un fajo de billetes para que vayan a cortar las rutas?

En este momento hay una causa auténtica que es la de las papeleras, que eventualmente se va a ir desvirtuando, y esto sucede cuando a las causas se las toma como herramientas.

 

¿Cuál es el lugar de poder que construye la mujer en el siglo XXI?

Esther Díaz: Las mujeres ya sabemos que hemos estado en la parte negativa del poder. La sociedad nuestra es patriarcal desde miles de años. Sólo en Oriente quedan algunas sociedades matriarcales, pero en la mayoría del planeta hay machismo. Así que la mujer en una primera instancia fue sierva, como para poner un paradigma, que estaba siempre al servicio del hombre, la única función era ser reproductora, darle placer al hombre y cuidarlo, ella por si misma no era importante.

 

De todas maneras, desde esos lugares las mujeres ejercían poder.

Esther Díaz: Si, por ejemplo en el siglo XI, cuando estaban en pleno auge las cruzadas, que los hombres tenían que irse de sus lugares de poder, a buscar más poder en otro lugar, hubo el caso de castellanas, que llevaban adelante el gobierno de castillos, hubo el caso de abadesas, hasta predicadoras, escritoras, y estamos hablando de plena Edad Media. Sin embargo, hubo un momento en que la mujer tuvo un resurgimiento de poder. Pero después de eso, vino nada menos que la cacería de brujas. O sea que la mujer tuvo que pagar duramente ese poco tiempo de poder que tuvo. En la modernidad las cosas cambiaron, pero no mucho. Recién yo veo un cambio en la década del sesenta con el invento de la píldora anticonceptiva. Con esto, sumado a la lucha de las feministas que había comenzado a finales del siglo XIX, las mujeres nos creíamos que íbamos a ser más libres. Los derechos que empezamos a ganar, que los ganamos, como el acceso a las universidades o a los cargos directivos, igual es muy minoritario con respecto al varón, porque vos viste que hasta que para que la mujer esté en política hay que tener cupo obligatorio. Pero es un proceso. Hemos adquirido más derechos, pero no nos hemos sacado de encima ninguna de las responsabilidades que teníamos de antes, entonces la mujer actual ya no es ni sierva, pero tampoco liberada. Lo que estamos es sobrecargadas. Porque ahora podemos ser profesionales, para lo cual tenemos que prepararnos muy bien para competir con el varón, pero si falta leche en la heladera la responsable es la mujer. Las mismas mujeres a veces aportamos al imaginario machista. Mientras les seguimos regalando ametralladoras a los nenes y barbies a las chicas, les seguimos diciendo: “Ustedes chicos tienen que ir al frente, tienen que luchar, y ustedes nenas tienen que quedarse en la casa cambiar los pañales y hacer la comida”.

 

En este cuadro de situación hay dos elementos que se van transformando también, uno es la posición del hombre y el otro la institución familiar ¿cómo se dan estos cambios?

Esther Díaz: Yo les llamaría tendencias, porque aún no son hegemónicos. La tendencia viene, por ejemplo desde el lado de la institución, porque cada vez hay menos gente que se casa legalmente, o se casa después de vivir más de dos años para poner a prueba la relación, pero eso era una cosa inédita hasta mitad de siglo pasado. Lo que pasa hoy es que las chicas llevan el novio a su casa y se queda a dormir, o al revés. Y si yo voy a ver un embarazo, la que se hace cargo es la chica con su familia. Difícilmente lo hace el muchacho.

 

¿Esto está relacionado necesariamente con una cuestión biológica?

Esther Díaz: Margaret Mills, a principio del siglo XX, descubrió sociedades en que la mujer termina de parir y se va al campo a trabajar, y ella viene de nuevo a amamantarlo, y vuelve a trabajar. Y se hace cargo el hombre. Son tendencias, pero no es imposible. Justamente se está dando ahora un documental que se llama “La marcha de los pingüinos”. Ahí en el reino animal, que a muchos moralistas les gusta ponerlo como ejemplo, se ve cómo tan pronto como pone el huevo la pingüina, tiene que irse al mar para alimentarse, y durante cuatro meses se hace cargo del huevo el macho, y cuando tienen se encuentran otra vez, el macho, de su propia boca, le da el alimento al pichoncito. Es decir que no solamente entre los humanos sino también en el reino animal se da el caso de que el macho se haga cargo del bebé desde el primer momento. Es una cuestión social. Incluso no estoy de acuerdo con que exista el instinto materno. Yo pienso que los seres humanos no tenemos instintos, los debemos haber tenido en alguna etapa, pero ahora son construcciones sociales. La prueba está en que hay madres que abandonan a sus hijos, o que los matan incluso. Es muy difícil que un animal haga algo así. Se ha construido un discurso muy coherente con una sociedad paternalista, porque a una sociedad así le conviene bajar la línea de que hay un instinto materno, porque es la mejor manera de tenerla atada en la casa. Hoy en día una mujer, si quisiera, podría tener hijos sin tener contacto con un hombre. Esto va poniendo en tela de juicio toda la familia tradicional, así como las familias ensambladas, las disgregadas. Incluso hay una intención militante de que la pareja homosexual que adopta o tiene un hijo, no tome los roles de madre o padre, sino que tome los roles que biológicamente tienen, es decir, dos madres o dos padres. También vemos los bebés que nacen de chicos que van al secundario. Y los padres que están criando adolescentes están criando a sus hijos, empiezan a criar a sus nietos al mismo tiempo.

 

Hay sociedades como las del interior, que son mucho más conservadoras ¿ahí los cambios se dan más tarde o se dan de otra forma?

Esther Díaz: Yo creo que se dan más tarde. Se ve en las modas de la ropa. A pesar de que los canales de televisión se pueden ver en Purmamarca, en Santiago, en Buenos Aires y en París al mismo tiempo, las modas transgresoras suelen darse primero en las grandes capitales. Por ejemplo en Puerto Rico me encontré con algo interesante. Puerto Rico es casi una colonia de EE.UU. y entre ellos, que se la pasan yendo y viniendo a EE.UU.continuamente, hay todo una idealización del traje de novia, de la ceremonia, del matrimonio y de la institución familiar absolutamente tradicional. Pero lo que me decían después los profesores es que hay una tradición subterránea que es también la infidelidad. Así como la familia se instituye y es para siempre, al menos como ideal, también está lo otro. Según me dijeron hay hasta grandes clubes privados de infieles.

 

La pregunta iba por ahí, para pensar si los cambios se dan después, o se dan y se tapan, o no se admiten ¿Puede tener esto que ver con la hipocresía de las sociedades conservadoras?

Esther Díaz: Si, definitivamente. Los dos crímenes que ha habido en Catamarca y en Santiago que son dos sociedades muy tradicionalistas, han develado un verdadero submundo con su realidad y sus prácticas ocultas, que si no es por esos crímenes no nos enterábamos ni los santiagueños ni el resto del país.

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