Esther Díaz

ESTHER DÍAZ

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Esther DíazCaracas, lunes 05 de Mayo de 2008
TalCual

Posmodernidad cotidiana

En su libro, Esther Díaz construye una filosofía que abarca desde los sistemas de poder hasta el día a día del amor


Carmen Victoria Méndez  

La filósofa argentina Esther Díaz explica el espíritu de los tiempos que corren en su libro Posmodernidad. Se trata de una suerte de zeitgeist que revisa los conceptos modernos de política, religión, arte, ciencia, tecnología y relaciones humanas a la luz de las teorías posmodernas. 

Díaz se vale de las ideas de Friedrich Nietzsche, Michel Foucault, Giles Deleuze y Francis Fukuyama para explicar las dinámicas actuales de las relaciones de poder, pero con especial énfasis en lo cotidiano. La filósofa analiza el Estado, los sistemas educativos y culturales, la ética, la sexualidad y los medios de comunicación, pero no ignora la moda o el mercadeo. 

El interés de Díaz por los fenómenos del día a día se basa en una hipótesis que rige toda su obra: "los sujetos nos vamos constituyendo a partir de las prácticas sociales y de los discursos de nuestro tiempo histórico". Cómo filósofa no puede ignorar la televisión, ni la mensajería de texto ni el incremento de las cirugías estéticas. 

Paralelamente, su historia personal la lleva a producir una filosofía "digerible". Cuenta que se doctoró a los 50 años, tras haber trabajado como peluquera y vendedora de tizas, porque sus padres temían que se "echara a perder" en la universidad. "En ese sentido, soy una maestrica y quiero que mi libro sea claro, que se entienda". 

La autora, quien comenzó a estudiar la modernidad y la posmodernidad en los tempranos noventa, plantea sus teorías en un estilo ensayístico –basado en artículos y conferencias– que no puede calificarse de "ligero" a pesar de que se lee –y se comprende– con facilidad. 

Díaz estuvo de visita en Caracas, donde presentó su libro la semana pasada con la editorial Alfa. Arrellanada en la butaca de un hotel capitalino, se dispuso a conversar de cuánto hay de moderno y de posmoderno en la sociedades latinoamericanas.

 

–¿Cómo termina una peluquera embebida en Foucault?

–Elegí a Foucault para mi tesis de doctorado porque es un autor que se ha dedicado a pensar y a denunciar los sistemas de exclusión. Él defiende las diferencias y estudia cómo el poder se inmiscuye en cosas que no tienen nada que ver con sus instancias. Un ejemplo de ello es la verdad: algo se impone como verdad únicamente si tiene un mecanismo de poder que lo sostenga. Ese tema me pareció apasionante. Me formé con ese autor y a través de él volví a Nietzsche. Pero en un momento de mi vida sentí estaba tan saturada de teoría europea que tenía que "bajarla" a América. Quiero aplicar los conceptos en el estudio de Argentina; también me estoy interesando más por los temas latinoamericanos que cuando era estudiante.

 

–¿Qué aporta la filosofía al ciudadano común, que tiene muchos problemas pero parece estar ajeno a su realidad?

–Ese es un síntoma de infantilismo que se da mucho en nuestros países y, lamentablemente no veo solución. La gente trabaja todo el día, luego llega a casa y no pone un canal cultural sino Bailando con las estrellas.

 

–¿El problema no es más bien que la gente no debate?

–Es verdad que la gente no debate, pero eso no es visto como un problema. Recuerda que hay un desencanto: de qué le valió a los modernos debatir si tuvieron a Hitler y dos guerras mundiales espantosas. La cultura no salva a nadie, decía Sartre. En la modernidad había certezas. Nos creíamos que una conquista era de una vez y para siempre; ahora sabemos que nada es seguro. Eso es lo que más rescato de la posmodernidad. 

Pero a la vez, esa incertidumbre lleva al escapismo que vemos a diario.

 

–En el caso latinoamericano ¿cómo puede hablarse de posmodernidad si la misma modernidad es un barniz que no va más allá de unos cuantos rascacielos?

–En Latinoamérica coexisten los elementos premodernos con la modernidad y la posmodernidad. La escuela, por ejemplo, es una institución moderna, pero cuando a ella asisten niños desnutridos estamos hablando de premodernidad. A la vez, muchos de esos niños tienen teléfonos celulares; eso es un síntoma de la posmodernidad.

 

–¿Cómo puede hablarse de certezas en la modernidad si ésta coexistió con la amenaza de la bomba atómica, que llevó a pensar en el fin del mundo?

–Nunca tuvimos certezas sino un simulacro de certeza. El azar y el caos estuvieron siempre. Pero la modernidad le dio a todo esa pátina conceptual que presentaba una verdad como definitiva. Hemos visto el fracaso de los grandes ideales pero mi discurso no es pesimista.Tenemos que resistir, desear un mundo mejor, pero sin casarnos con verdades universales.

 

–En su obra plantea el fortalecimiento de las democracias en el mundo como un síntoma de la posmodernidad. ¿Cómo coexiste esa teoría con el resurgir de los caudillismos en la región?

–Yo los llamaría más bien populismos. Lo que vemos en Latinoamérica son populismos, pero no empleo el término despectivamente. Ernesto Lacloau decía: tenemos que hacer con el populismo lo que hicieron los cristianos con la cruz, que dejó de ser un símbolo de oprobio y ahora es llevado con orgullo. En el caso concreto de Venezuela, veo más el populismo que el socialismo. Hay un líder fuerte y personalista que se ocupa de las clases marginadas, desatendidas por la política tradicional. Él tiene el apoyo de esas clases y el desprecio de los estratos medios y altos.

 

¿La polarización que se vive en Venezuela también es posmoderna?

–Sí. Los sectores están tan desencontrados que no es posible el diálogo. Las discusiones se tienen que hacer desde algunas bases comunes, pero primero hay que encontrarlas.

 

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