Esther Díaz

ESTHER DÍAZ

Doctora en filosofía

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LA CONDICIÓN POLÍTICA DEL EROTISMO

 

                                                                                            Esther Díaz

 

         Las controversias entre lo erótico y el poder semejan un largo ajedrez que exige de cada jugador la colaboración del contrario. Solo dos contrincantes para tejer un juego tan complejo. Pero ese juego implica multiplicidades. Lo político es relación  interesada  con el otro, con lo otro, con los otros. Lo erótico es posesión, atención, placer. No es difícil advertir que se vinculan mutuamente.

Imaginemos la relación entre eros y política como caras de la misma moneda. Y aunque esta moneda (la relación entre lo erótico y lo político) es polifacética, en esta reflexión la analizaré como si fuera una moneda común y corriente, es decir, solamente con anverso y reverso. Primero consideraremos el anverso: lo erótico resistiendo al poder, y luego el reverso: la política sometiendo al deseo. 

 

1. Erotismo y resistencia

 

Cuenta la leyenda que Mirra, la hija del rey de Siria, deseaba apasionadamente a su padre. Y como el incesto está exento de culpa para  los dioses del Olimpo, Afrodita socorrió a la enamorada princesa. Mirra, por esos misterios que sólo las divinidades conocen, logró poseer a su padre muchas noches sin que este se diera cuenta de nada.

Pero al cabo de dos semanas -quizás por escrúpulo moral, quizás por agotamiento sexual- el rey clamó a los dioses por el abuso del que había sido objeto. Y como no todos los seres superiores son tan permisivos como Afrodita, aparecieron agentes de las fuerzas celestiales que castigaron a Mirra convirtiéndola en árbol. Sin embargo el cambio de forma no incidió en su deseo. Aquello que en la versión humana de la princesa había sido flujo hormonal, en su versión vegetal se convirtió en aroma de mirra.

Pero tantas noches de amor dieron su fruto. Nueve meses después de la metamorfosis, un niño surgió de su arbórea vagina. Era Adonis, “el que le da placer a las mujeres”. Siendo pequeño ya se lo disputaban las diosas por su belleza y calidez. Ni qué hablar cuando devino un joven resplandeciente. Fueron tantas las lides en las que se trenzaron las deidades por la posesión de Adonis que, finalmente, por mandato de Artemisa -la rústica diosa cazadora y virgen- el joven fue destrozado por los jabalíes. Las  gotas de sus heridas se iban convirtiendo en pétalos sanguinolentos.  Ese es el quimérico origen de las rosas.

Las mujeres griegas evocaban el mito de Adonis mediante una fiesta anual que los varones toleraron a regañadientes. Mucho sabían los hombres griegos sobre la estrecha relación entre lo erótico y lo político. Las reflexiones que Platón pone en boca de Sócrates en Banquete y en Fedro son prueba de ello. Por su parte, las mujeres -exiliadas del poder y del gobierno- encontraron en el erotismo y en Adonis su propia manera de hacer política. Resistieron la opresión mediante una peculiar celebración del mito.

Las atenienses, en julio, plantaban semillas de lechuga en macetas. Las regaban con agua caliente para acelerar su crecimiento y las disponían en los tejados de las viviendas. Cuando aparecían los primeros brotes dejaban de regalarlas y los retoños se marchitaban. Remedaban así la muerte de Adonis. Además, la lechuga se consideraba antiafrodisíaca, es por ello que al secarse se desataban los más desaforados deseos. Esa era la noche de las mujeres y del desenfreno. Los hombres, resentidos, se hacían los desentendidos. Se replegaban y dejaban la ciudad en poder de las mujeres, mejor dicho, le cedían los techos de las casas. Esta es una de las astucias de la política. Se afloja esporádicamente  el lazo de la opresión para  seguir oprimiendo mejor. Una pizca de gatopardismo indispensable y necesaria para dominar sin sobresaltos.

 Las mujeres atenienses, en las fiestas de Adonis, no avanzaban sobre el ágora ni sobre otros espacios tradicionalmente viriles. Andaban por los tejados. Hacían corrillos, danzaban, bebían alcohol, cantaban, cuchicheaban, reían maliciosas, quemaban incienso y mirra e intercambiaban mimos sexuales.

En su origen se trataba de un rito agrícola. La muerte de Adonis significaba el comienzo de la fertilidad de la tierra y se producía en primavera. Pero en su recreación urbana la fiesta acontece hacia fin del verano y el marchitarse de la planta significa el florecimiento del deseo. Lo sexual es a la ciudad lo que la fertilidad es al campo.

Esas mujeres, condenadas el resto del año al gineceo, no hacían sus fiestas por la mañana ni a primera hora de la tarde (que eran los únicos momentos en los que eventualmente, y con la debida licencia, podían circular). Festejaban en las tinieblas. Marcaban diferencias, rechazando -aunque más no sea por unas horas- los roles, los espacios y las conductas que el poder viril había delineado para ellas. No copiaban los modelos dominantes. Las fiestas de Adonis eran puntos de resistencia política y erótica instrumentados por las griegas clásicas, no respondían a códigos escritos ni obedecían mandatos patriarcales.

Esas fiestas licenciosas y semiocultas fueron retomadas por las mujeres romanas que, más osadas y en una cultura más relajada, le agregaron el atractivo de alternar con varones dispuestos a prestarles sus favores disfrazados de mujeres. La festividad romana de Adonis al igual que la griega  no  contaba con el beneplácito oficial de los caballeros.

Pero esos ritos se disolvieron como los imperios que los sustentaban. Aunque una reminiscencia de ellos resurgió entre las españolas, quienes una vez al año se atrevían a soltar sus lazos. Se iban de  romerías.  El poeta García Lorca, en Yerma, da cuenta de ellas. Ahí también se habla de mujeres que -para escándalo de las vecinas chismosas- se permiten andar descalzas por los tejados como preparación para ciertos rituales. Esas ceremonias huelen a orgía con fines loables. Las fertilizaciones logradas las otorgaba  la tierra que, con forma de persona y detrás de máscaras de machos cabríos, estimulaba a las jóvenes con estas palabras:

 

Si tu vienes a la romería
A pedir que tu vientre se abra,
No te pongas un velo de luto,
sino dulce camisa de Holanda.
Vete sola detrás de los muros,
Donde están las higueras cerradas,
Y soporta mi cuerpo de tierra
Hasta el blanco gemido del alba.

 

Si seguimos con esta sucinta panorámica histórico-cultural, nos encontramos con que los pueblos originarios sudamericanos cuentan asimismo con festividades ligadas a potencias femeninas, como la Pachamama  andina. Esta potencia telúrica funciona como un espejo en el que nos miramos y nos devuelve la reconfortante imagen del páramo que comienza a florecer, a condición que se le rindan honores y se riegue la tierra con ofrendas. Pero en este caso, más que de resistencia femenina se trata de fortalecimiento de la función procreadora implícita tanto en la mujer como en la tierra, o en la tierra asimilada a la imagen de la mujer.

Es cierto que este rito pertenece a otra cultura, pero con el paso del tiempo las costumbres europeas se fueron entremezclando con las originarias. Cabe preguntarse entonces si las fiestas de Adonis o las romerías de fertilización han encontrado eco en nuestras tierras. Aunque en esta oportunidad no seguiré avanzando sobre el tema, a no ser para destacar la función de construcción de género implícita tanto en la tolerancia de los descontroles momentáneos de las oprimidas, como en el control absoluto sobre sus conductas, me refiero a la prostitución legal. Y para reflexionar sobre este segundo aspecto nos adentraremos mínimamente en las postrimerías del siglo XIX y los albores del XX.

 

2. Política y dominación

 

         El 1875, durante la presidencia de Nicolás Avellaneda, se abren los prostíbulos legales en la Argentina. Bajo el manto protector de la ley se entremezclaron todo tipo de ilícitos y abusos, fundamentalmente con esas mujeres esclavizadas que eran mayoritariamente extranjeras, menores de edad y desconocedoras del idioma español. No todas fueron traídas de manera engañosa, pero todas fueron explotadas por madamas y rufianes en lo privado, y por  policías, higienistas, políticos y jueces en lo público. La organización mafiosa judía –autodenominada Zwi Migdal- se formó para gestionar el negocio, mientras la Iglesia Católica, la clase política y los bien pensantes se unieron para justificar la esclavitud de mujeres pues, según los negociados y la moralina de la época, los burdeles eran un mal necesario.

         Sesenta y un años duró este peculiar dispositivo político de control y explotación del erotismo. En 1936, durante la fraudulenta presidencia de Agustín Pedro Justo y en plena década infame, se cerraron los prostíbulos legales en todo el país mediante la aprobación de las leyes de profilaxis social.

         Las decisiones políticas exigen fundamentaciones. En el caso de la prostitución  legal se esgrimían argumentos que enmascaraban el control del deseo para justificar que la ley permitiera el ejercicio del “pecado” en lugares cerrados. Se aseguraba que si no existieran prostíbulos proliferaría la homosexualidad masculina. A la que se consideraba más peligrosa que la femenina (si bien esta también fue perseguida, aunque en menor medida). Se alegaba que poniendo prostitutas a disposición de los varones se evitarían las violaciones a las mujeres decentes. Además, si las casas de tolerancia eran legales habría mayor salubridad. Buena excusa para que higienistas, criminalistas y policías (profesionales o vocacionales) se erigieran en dueños del control del deseo de las personas. 

         Pues la astucia del dispositivo prostibulario producía control no solamente sobre las pupilas del sexo, sino también sobre el resto de las mujeres y por extensión de algunos hombres. Si una mujer es decente (es decir recatada y contenida) su modelo de conducta debe ser diferente del modelo de las mujeres despectivamente llamadas “públicas”. La mujer de su casa, al contrario que las mujeres de la vida, evita andar callejeando, se viste sobriamente, es obediente, guarda fidelidad y llega virgen al matrimonio. Y los hombres, si son hombres, necesitan vaginas para desahogar sus urgencias y no depositar su semen en ninguna otra parte.

En consecuencia, por un lado se montaban dispositivos para el placer de los varones -mientras que a las mujeres que hacían posible ese placer se las despreciaba- y por otro se les imponía a las mujeres  en general los patrones de erotismo establecidos por ellos. A la mujer de la casa hay que amarla y respetarla, ¿y a la de la vida?

En  Los siete locos, Roberto Arlt le hace decir al Rufián Melancólico que hay que tener un temple especial para sostener a las mujeres que le dan sustento. Pero a pesar de ello confiesa que no encontraría motivos para abandonar a sus tres mujeres que le rinden abundante ganancia sin ningún costo a cambio. Y no es que las ame, porque si un médico le dijera que una de ellas se muere dentro de una semana, la saque o no del prostíbulo, él a esa mujer que le rindió tanto miles en pocos años, la dejaría que trabaje los seis días de vida que le quedan y que reviente al séptimo.

Pero algunos se enamoraban. Las paradigmáticas letras de tango en las que el varón abandonado llora por la “percanta que lo amuró” se refieren a rufianes cuya mujer fue cooptada por otro tratante de personas.

La gran mayoría de las chicas era europea. Para atrapar jóvenes se utilizaban mentidas promesas de matrimonio o de trabajo decente. Nada nuevo bajo el sol.  En Polonia y otras zonas empobrecidas de Europa -sobre todo en comunidades judías- los padres que buscaban maridos para su hija y aceptaba que se la llevaran a la Argentina, recibían una dote. La joven era entregada a un judío (o alguien que se hacía pasar por tal). Se trataba  de un intermediario de la mafia Zwi Migdal. La niña debía llegar virgen. El rufián la iniciaba o vendía su virginidad no solo a buen precio sino más de una vez. Luego, esa mujer sin conocimiento del idioma, sin parientes y sin amigos era explotada hasta que dejaba de ser joven y moría abandonada en la calle o en un asilo.

Aunque el mayor caudal provenía del este; también había italianas y, en menor medida, francesas. Eran las más requeridas. Si el cliente era ilustrado y poderoso le ofrecían francesas a precios elevados; si era algo ignorante y con mediano poder adquisitivo le hacían pasar polaca por francesa. Por su parte las criollas, que en los momentos más prósperos del negocio llegaban a un treinta por ciento, eran las más baratas y las menos solicitadas.

En realidad, el número de chicas secuestradas fue menor que el de aquellas que aceptaban ejercer la prostitución por motus propio.  Pero la sola mención de la Argentina a fin del siglo XIX y comienzos del XX amedrentaba a los europeos. En Inglaterra se hacían campañas para alertar del peligro. Fue tal el terror por la supuesta cantidad de jóvenes inglesas que se debatirían contra su voluntad entre la sucia carne de criollos, que se le solicitó una investigación al embajador inglés en la Argentina. El diplomático, al presentar su informe a las autoridades de su país, después de una larga y ardua indagación, declaró que en realidad había muy pocas jóvenes inglesas en los lugares “inmorales” argentinos, siendo la razón principal el hecho de que poca o ninguna demanda había de ellas.

Las pupilas europeas de los prostíbulos argentinos provenían en general de familias paupérrimas. Marginadas de la Revolución Industrial y expulsadas de sus hogares por el hambre, la familia, la persecución religiosa o política. Algunas llegaban vírgenes, otras ya ejercían la prostitución. Se instalaban y algún “marido” las regenteaba. Él a su vez, aportaba ganancias a diversos funcionarios, ya que al haber control estatal el soborno para poder realizar actividades no legales enraizadas con la prostitución legal era moneda corriente. A ello hay que agregarle la mafia organizada, el no cumplimiento de las normativas mediante soborno, y las prebendas de oscura procedencia. Tenemos entonces varias tecnologías políticas, eróticas y polícíacas operando en un gran dispositivo montado sobre el deseo, la sexualidad, los genitales y el ánimo de amar. Las ciencias médicas y las incipientes ciencias sociales no quisieron quedarse afuera.

Quienes hacían funcionar los dispositivos de control fundamentaban su accionar en la ciencia moderna. Europa inventaba y exportaba los dogmas higienistas y criminológicos que sirvieron al control de la población en la teoría y en la práctica. Los cultores y ejecutores de las nuevas disciplinas higiénico-morales las aplicaban en presidios, hospitales, colegios, cárceles y prostíbulos. Penetraban incluso en los hogares. Alguno de los cultores y ejecutores de estas medidas bipolíticas fueron José María Ramos Mejía, Eduardo Wilde, Luis Agote, Francisco de Veyga, Ramón Falcón y José Ingenieros.

           Entre los científicos moralistas y homofóbicos contemporáneos de la prostitución legal argentina me detengo un instante en Veyga. Hijo de militar y médico higienista destacado en ambas profesiones. Llegó a ser teniente coronel y, entre otros,  junto a Ramos Mejía y a José Ingenieros (de quien fue mentor) llevaron adelante lo que Veyga denominó afrodisiología. Disciplina inscripta en las incipientes “ciencias sexuales argentinas” plegadas  a la antropología criminal, como sofisticado sistema panóptico de moralización y control del deseo.

Francisco de Veyga, como los demás higienistas de fuste, irradiaba su poder desde instituciones académicas, policíacas, médicas y judiciales. Exponía en sus clases a las personas que consideraba anormales (como también lo hacía José Ingenieros en aulas argentinas o lo había hecho Charcot en hospitales parisinos) para ilustrar en vivo y en directo las flamantes teorías bipolíticas. Veyga a despecho de su homofobia, o precisamente por ella, se  ocupó con obstinación sospechosa de difundir las conductas de travestis que -siguiendo el vocabulario de la época- llamaba “invertidos”, como sinónimo de enfermo sexual.

Por sus informes científicos desfilan las Manón, Aurora, Aída,  Rosita de la Plata y, de manera preferencial, La Bella Otero. Se trataba de un paciente homosexual al que el médico le publicó una poesía casi pornográfica, que la travesti le había dedicado.

Siempre me intrigó ese gesto exhibicionista del adusto doctor, para con el paciente que muestra su erotismo. ¿Veyga quería ridiculizar al homosexual?, ¿o quería exponer a La Bella Otero como ejemplo de lo que no se debía hacer?, ¿o esos versos soeces y vulgares lo inquietaban y publicarlos era una manera de hacer catarsis? La Bella Otero, en la poesía citada, se dirige al implacable médico diciéndole “chinito mío”, le ofrece edulcoradas felatios y lo  invita reiteradas veces a que lo penetre ¿Por qué Veyga publicó el poema?

Posiblemente esta pregunta nunca tenga respuesta. Pero es real que todo ese dispositivo de control formaba parte de un diagrama biopolítico montado para sostener el imaginario de los prostíbulos legales. Se escondía así  el sometimiento brutal sobre esas chicas atrapadas en pos del erotismo y se disciplinaba a las minorías, es decir a las mujeres en general y a las diversidades sexuales en particular.  

 

3. Finalmente

 

         Regresemos al comienzo de nuestro trayecto. Se partió de la controversia entre lo erótico y lo político como dos caras de una misma moneda que, en realidad, es polifacética. Luego, viajando lejos en el  tiempo, vimos  a las sojuzgadas mujeres griegas y su  resistencia al poder opresor.  En tercer término, se evocó la época de la  prostitución  legal en la Argentina asomándonos al accionar de los aparatos de estado controlando  el deseo de la población. Se nos reveló  la erótica en la política y ésta en la sensualidad  o, dicho de otra manera, atisbamos la seducción del poder, los juegos de dominación y resistencia, los movimientos de avance y retroceso, los sentimientos de despojo y posesión. Y sin embargo varias preguntas sobre la erótica en relación con la política siguen en pie. En función de ello aspiro a que las preguntas  continúen circulando, pero es menester que mi exposición se detenga aquí.  

 

 

 

 

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