Esther Díaz

ESTHER DÍAZ

Doctora en filosofía

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EL QUÉ DIRÁN Y EL PANÓPTICO

Esther Díaz

 

Foto de "La tía Tula", film de Miguel PicazoUna aldea española en una bochornosa noche de verano, corren los primeros decenios del siglo XX. Después de haberse acostado con el novio de su hermana mayor, Adela ya no soporta la arrogancia moral de su madre. Está dispuesta a sobrellevar la corona de espina de las amantes de un hombre casado. Se proclama tan fortalecida por la transgresión que sería capaz de poner de rodillas a un caballo encabritado bajo el solo impulso de su dedo meñique. Se acabaron para ella las órdenes presidiarias y el miedo al qué dirán. La consumación del amor prohibido la hizo libre. Entre un alboroto caótico de polleras e insultos la madre toma una escopeta y sale afuera de la casa acompañada por otra de sus hijas (enamorada también del futuro cuñado). Se escucha un disparo y ambas regresan triunfantes proclamando la muerte de Pepe el Romano. Adela –creyendo que realmente lo han matado- corre desencajada y se encierra en su cuarto. Su madre le grita que los muros no defienden de la vergüenza. Pero la joven ya no escucha, su cuello pende de una soga arrojando su siniestra sombra sobre el confundido hembraje. Los llantos desgarran todas las gargantas menos una, la de la madre. Quien con autoritaria frialdad ordena descolgarla y cubrirla con la blanca mortaja de las doncellas. No hay que llorar en público. Hay que proclamar en cambio que la hija menor de Bernarda Alba murió virgen.

En esta obra García Lorca muestra el difícil destino de quienes viven sujetos al qué dirán y el desgarro de las mujeres que son las principales víctimas de tal destino. Aunque, preciso es reconocerlo, no solo ese país, ni esa época, ni siquiera el género femenino, que es uno de los más castigados, son los dueños absolutos de los espectros del qué dirán. El tema es tan universal como el agua y el aire. Pueden cambiar los matices, sin duda cambian los modos de enfrentarlo y quizás sus consecuencias. Pero la inquietud por lo que se piense y se diga de nosotros es un prejuicio, un pegote pringoso del alma, un eterno retorno cultural.

Todos sabemos que cualquier realidad compleja es contradictoria. También la cultura lo es. Por una parte se nos inculca el temor al qué dirán y por otra el “no meterse en la vida ajena”. Ambas bajadas de línea son dilemáticas. Fallidas y exitosas de manera intermitente. Porque a todos -en mayor o menor medida- nos importa la opinión que el otro (aunque se trate de una minoría o de una sola persona) se forma de nosotros; y también nos importa –en la misma proporción- la vida de quienes, por algún motivo,  nos resultan significativos.

Los héroes homéricos consideraban que la verdadera gloria se halla en este mundo. Pues trascendemos en tanto y en cuanto permanezcamos en el recuerdo de quienes nos sobreviven. Los griegos se esforzaban por gozar de buena fama. Píndaro se plantea que, puesto que hay morir, en lugar de sentarse a la sombra y consumir en vano una vejez anónima mejor es arrojarse a la batalla para obtener discursos celebratorios por nuestras acciones. Los poetas hacían perdurar al héroe por los siglos de los siglos. La buena fama abría las puertas de la inmortalidad.

Si damos un salto histórico vertiginoso y desembarcamos en costas porteñas, también  encontramos apreciaciones acerca de la valoración ajena de nuestras acciones. Hay tangos en los que el varón dice que tuvo muchas, muchas minas, pero nunca una mujer; aunque paradójicamente si un hombre se enamora, el malevaje extrañado lo mira sin comprender. El compadrito se inquieta por lo se pueda pensar de él y suplica:

 

Que nadie se entere
que he vuelto a buscarla
golpeando la fiebre
de mi soledad.
Que nadie le diga
que he vuelto a llamarla
 
y al ver que no estaba
me puse a llorar.
[i]

 

Aunque no solo los plebeyos tratan de ocultar sus lágrimas. Garcilaso de la Vega llorando por la muerte de su amada expresa su vergüenza ante la posibilidad de alguien lo viera en tal estado. Exhorta a sus lágrimas a que rueden internamente y en silencio, como si no estuviera de duelo.[ii] El poeta era un noble hidalgo, un guerrero valiente que gozaba del favor real, pero le temía a los corrillos cortesanos.

Si retrocedemos nuevamente en el tiempo nos encontramos con Julio Cesar reprochando a su esposa por las habladurías sobre su conducta. Ella indignada proclama que es honesta. Pero el soberano sentencia que la mujer del César no solo debe serlo sino también parecerlo.

En una impronta de racionalidad extrema cabe preguntarse ¿a quién le importa? La respuesta no es simple. La razón interactúa con la sensibilidad, los deseos, los temores y, por sobre todas las cosas, con la penetración del poder en nuestras subjetividades. La inquietud por el qué dirán no nace completa y madura como Afrodita desde la espuma del mar: Es una construcción milenaria amasada con sangre y carne. Una marca del poder en el imaginario colectivo y en la psiquis individual. Una tecnología de control devenida autocontrol.

 

Diseminación e interiorización del panóptico

 

Posiblemente sin la mediación de Foucault solo los especialistas sabrían acerca del panóptico. No porque el filósofo haya inventado el término ni haya diseñado su estructura, sino porque exhumó el proyecto arquitectónico de Jeremy Bentham y lo convirtió en paradigma de la sociedad disciplinaria. Ahora bien, Foucault estipula que ese aparato de vigilancia es una de las características cruciales de la modernidad. Sin embargo los dispositivos de control, aunque de manera más difusa pero no por ello menos incisiva, surgieron con las formas comunitarias originarias y persisten potenciadas por la tecnología.

La metáfora del ojo de Dios que todo lo ve, característica de las religiones monoteístas, es un antecedente privilegiado del panóptico. La interiorización del vigilante tiene una larga historia, se inicia con la socialización humana. Porque ¿cómo hacer para que el haz de impulsos que constituye a cada individuo se convierta en un ser medianamente previsible, obediente de las normas, sociable y gobernable? Construyéndole una memoria. Pronto comprendieron quienes manejaban el poder que, como dice Nietzsche, solo lo que no cesa de doler permanece en la memoria.

Kafka en “La colonia penitenciaria” muestra una máquina con clavos punzante horadando el cuerpo de un condenado hasta matarlo. Pero antes de terminar de desangrarse el martirizado se entera que le grabaron un mandato en el cuerpo. He aquí una lograda metáfora del origen de las leyes penales y los imperativos morales. Hemos introyectado el panóptico mucho antes de que Bentham lo diseñara como modelo carcelario.

En cuanto a la especulación sobre lo que piensen los demás, Violeta Parra, consternada por el fusilamiento de Julián Grimau por las fuerzas franquista, ironiza sobre qué dirá el Papa:

 

¿Qué dirá el Santo Padre
que vive en Roma.
Que le están degollando
a su paloma?
[iii]

 

Por su parte Agustín de Hipona, siendo octogenario,  se martirizaba mentalmente tratando de dilucidar si la atracción que había sentido por un camarada en su adolescencia era un amor puro o una tendencia espuria. El santo le temía al “qué dirá” de Dios. Aunque ser laico no pone a salvo de la mochila de esa inquietud. Simplemente se transfiere y extiende a la familia, a los vecinos, en fin, a la opinión pública. Ni los famosos se libran de esos temores. Se difunden imágenes íntimas de alguno de ellos y luego se rasgan las vestiduras diciendo que les importa lo que se piense o se diga de ellos.

No obstante hay seres que logran vencer a ese gusano roedor de conciencias.

 

Algunas consecuencias del temor al qué dirán

 

Retomemos ahora la cultura española, de la que somos tributarios, y dirijamos el objetivo hacia la película La tía Tula, de Miguel Picazo, inspirada en la novela homónima de Miguel de Unamuno. El fantasma del qué dirán permea en las dos obras. Veámoslo en la versión fílmica. Ahí, frente a la muerte de su hermana, Tula toma las riendas de la casa y se hace cargo de cuñado y sobrinos. La obsesión de ella es que esos niños -que quiere y cuida como propios-  crezcan rodeados de castidad y sin madrastra.

Pero la convivencia enciende llamas de pasión entre los adultos. Rodrigo avanza, Tula rechaza. Le importa la memoria de su hermana, la opinión de los niños, los rumores del pueblo. Ramiro, luego de acumular inútil calentura durante mucho tiempo, termina embarazando a una prima menor de edad. Ha de pagar por ello, debe casarse. Tendrá que convivir con alguien a quien no ama. Los chiquitos pierden a su segunda madre al mismo tiempo que “ganan” una  madrastra niña. Entre silbatos y bufidos un tren se lleva lejos a sus hijos y a su hombre. Todo perdió sentido. Tula, erguida en el andén y acechada por sus prejuicios, siente que todo está consumado y se abisma para siempre en una soledad irreversible. Pastosa, oscura, oceánica.

 



[i] Fragmento del tango “Que nadie se entere” (1936) letra y música de Alberto Gómez.

[ii] Cfr. “Églogas” (1534).

[iii] Estribillo de “Julián Grimau” -o “Qué dirá el Santo Padre”- (1963).

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