Esther Díaz

ESTHER DÍAZ

Doctora en filosofía

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EL CUCHILLO DE MI
PADRE

Esther Díaz

 

Vi un cuchillo volando a la altura de mis ojos. Salió de la mano de mi papá y se clavó en el hombro izquierdo de mi hermana de nueve años. “¡Me mataste papito!”. Él la llevó al médico. Esperábamos y sufríamos. “Se puede morir” dije. “Lo pueden meter preso” dijo mi mamá. Regresaron los dos a salvo, la nena de milagro, y mi padre porque declaró que la agresora había sido yo, una niña de cinco años. No recibí explicación. Lo gigante puede ser una forma de lo invisible. Nadie reparó en la inmensidad de mi estupor ni en la vergüenza que acompañó el resto de mi niñez. Me tuve que hacer cargo de la culpa de los otros. Lo peor fue haber constatado que quienes estaban para cuidarme me arrojaban al oprobio.  

No recuerdo otra violencia física. Pero unos años más tarde el cuchillo volador volvió a horadar mi alma. Al terminar el colegio primario manifesté mi anhelo de seguir estudiando. Me lo negaron. Debía  casarme y tener hijos. Y como insistía en estudiar se decidió (otra vez sin considerar mi deseo ni mi disposición) que tomara clases de bordado a máquina. Me atravesé un dedo con la aguja mecánica, pero más atravesado tenía el corazón. Nadie escuchó que para mí no estudiar era como no ser.

Me casé, me divorcié, mantuve a mis hijos y, cansada de arrastrar el estigma, comencé el secundario a mis 26 años, a los 29 aprobé el ingreso universitario, cuatro años después me recibí. No pude ejercer porque el país se estaba enrareciendo. Durante las sucias noches de la dictadura estudiaba filosofía en soledad. Una vez en democracia me doctoré. Logré -ya bordeando la vejez- lo que mis padres me habían negado en la juventud: que mi vida tuviera sentido.




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