Esther Díaz

ESTHER DÍAZ

Doctora en filosofía

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                        NIETZSCHE DELEUZE O DEL DEVENIR ANIMAL

 

“Nietzsche Deleuze o del devenir animal”, en Mónica Cragnolini (comp.), Entre Nietzsche y Derrida: vida, muerte, sobrevida, ISBN 978-987-28096-9-0, Buenos Aires, La Cebra, 2013.

                                                                                             

Esther Díaz

 

1. Potencia de no

 

En las azafranadas montañas de Capadocia pululan casas, iglesias, cuevas y refugios tallados en las rocas. Pequeñas moradas diseminadas y empotradas en esas laderas que más que naturales parecieran surgidas del genio de Gaudí. Allí, en los comienzos del primer milenio, se instalaron los primeros ermitaños cristianos. Y formaron lo que parece una contradicción en los términos: comunidades de eremitas. Pero no hay tal contradicción, porque sus moradas cercanas no les impedían vivir ensimismados. Durante el tiempo que precedió a la instauración del poder político de la Iglesia, todavía no se había impuesto el dogma como sistema de normas negadoras de la vida. Cada eremita se construía a sí mismo compartiendo creencias. Silenciosos y aislados pero rodeados de compañeros devenían imperceptibles en esa multiplicidad semisalvaje. Se constituían a partir de diagramas de fuerzas reafirmadores de potencias. Como los intrépidos guerreros anteriores a la reforma hoplita que, aun defendiendo la misma causa, no necesariamente actuaban siguiendo los mandatos de un líder, sino creando su propias estrategias. Ellos pertenecen a la estirpe de quienes asumen la vida con alegría  y a los que, llegado el caso, la arriesgan o la dejan ir reafirmándose en la potencia de no,[1] como Bartleby, el  escribiente de Melville, o como los seres de la película El Caballo de Turín del húngaro Béla Tarr

El guiño de este director es comenzar narrando  el episodio de Nietzsche y el caballo sobre el que lloró.  El devenir niño de su último balbuceo. El devenir animal en su identificación con el caballo y su hundimiento definitivo en el silencio deviniendo imperceptible. He aquí un Nietzsche atravesado por conceptos de Deleuze. Esto representa un anacronismo en el orden histórico, no obstante  es  una adecuación en el devenir del ser. Se deviene puro movimiento, pura partícula, se huye de las molarizaciones. El tiempo es vorágine, no linealidad, pues como dice Deleuze “Es preciso que el instante sea a la vez  presente y pasado, presente y devenir. Es preciso que el presente coexista consigo mismo como pasado y como futuro”.[2] El caballo de Turín, como los hombres infames de Michel Foucault, fue más allá de su tiempo, paso a la historia (ahora por ejemplo lo estamos evocando) justamente por haber padecido las crueldades del poder. Pero como los devenires son contagiosos, el animal, en su caída, arrasó con su entorno.

En el film de Tarr, después del episodio decisivo, el caballo -como un Bartleby devenido animal- le hace saber a su amo  que preferiría no arrastrar el carro. No hay azote que lo haga cambiar su actitud. Es como si Nietzsche, intercambiando fuerzas con el animal,  con su abrazo lo hubiera imbuido de potencia de suspensión, de preferir no hacer. El caballo, desde ese momento crucial, se reafirma en la potencia de no.[3]

El relato fílmico transcurre en seis días. Tantos como se tomó Dios para hacer el mundo. Aunque en este caso es un deshacimiento. Es la negación de la concepción del hombre como producción. Todo  dejará de  producirse. Morosamente. Comenzando por el  caballo que primero prefiere no trabajar y después no comer. El amo vive en una humilde cabaña en medio de la nada, con su hija. Casi no hablan y apenas se alimentan con dos papas hervidas por jornada. El primer día, al apagar la lámpara y acostarse advierten que las larvas que cada noche carcomían la estructura de la choza prefirieron dejar de roer. Solo se escucha el viento.

Luego el pozo prefirió no  proveer más  agua. Y esto sigue, porque cada día les revela una nueva potencia de no. Hasta el viento, que sopló hiperbólicamente desde el primer instante, el sexto día deja de hacerlo y la lumbre (que provee luz y calor)  prefiere no encender. Ni caballo, ni carcoma, ni agua, ni viento, ni fuego, ni luz. Al final la hija –que ya había comenzado a devenir aridilla alimentándose a la manera de estos animalitos- de pronto, sin emitir palabra alguna, demuestra que prefiere no comer.

“Hay que comer” le dice el padre. Pero como hipnotizado por  la inacción que lo rodea baja las manos y también él, que no utilizaba cubiertos y siempre que se alimentaba daba tarascones como un animal hambriento, prefiere no comer. El mundo regresó a su pasividad inicial. Devino evanescente. Todas las máscaras cayeron.

 

2. Transformaciones y devenires

 

Devenir animal es realizar el proceso inverso al señalado por Hegel para quien lo natural debe superarse en aras del espíritu. La autoconciencia hegeliana se desarrolla hacia su plenitud en relación inversa a su alejamiento de lo natural. Se eleva hacia el espíritu tomando distancia de la animalidad, pues aunque la conserva,  la supera. El proceso se completa cuando se penetra en el espíritu absoluto participando de lo universal concreto. Para Hegel, los rasgos que nos caracterizan como  humanos, al objetivarse en las esferas insoslayables de la constitución de lo real logran la plenitud de lo mayoritario.

En la Filosofía de la historia, dice que la conquista de América señaló la ruina de la cultura de los pueblos originarios, de la que se conservan pocas noticias, pero las suficientes como para saber que se trataba de una cultura natural, que habría de desaparecer tan pronto como el espíritu se acercara a ella. En los animales mismos se advierte, según Hegel,  igual inferioridad que en los hombres. Estos pueblos de culturas débiles perecen tan pronto como entran en contacto con pueblos de cultura superior, como la de los europeos que tratan a los nativos como a niños. Este es el trato más hábil para intentar que en algún momento accedan al espíritu.[4] Las poblaciones pre colombinas eran minoritarias.

Cabe aclarar que, en la obra de Deleuze,  “minoritario” y “mayoritario” no remiten a cantidades que puedan numerarse, sino a categorías relacionadas con el poder.[5] Los habitantes del Nuevo Mundo, cuando llegaron los europeos, cuantitativamente eran superiores,  pero eran minoritarios en relación de fuerzas. Otro ejemplo, la cantidad de mujeres que habita el planeta es mayor que la de varones. No obstante desde el punto de vista del poder somos minoritarias. Mientras Hegel privilegia lo mayoritario, la potencia deleuzeana se reafirma en los devenires minoritarios.

Un devenir no es una imitación de aquello que se deviene. No se deviene animal pareciéndose a un animal, sino capturándole el código a la  animalidad, fugándose del territorio  familiar y edípico de la cultura. Aunque en una primera etapa la filiación puede funcionar. Gregorio Samsa primero se transforma en cucaracha y luego, poco a poco, deviene cucaracha. Los cuerpos pintados por Francis Bacon adquieren formas animales pero esas figuras producen una alegoría  del devenir que no busca semejanza corporal, sino consustanciarse con el espacio abierto del animal. Los devenires no se producen en la imaginación. Son perfectamente reales.

El bloque de devenir no tiene otro sujeto que a sí mismo y es involuntario, simplemente acaece. La orquídea toma la forma de avispa hembra para atraer a la avispa macho. El insecto se posa sobre el vegetal  con intención de fecundar y obviamente no logrará su cometido porque ella sigue siendo flor y él animal. Pero la orquídea reafirmó su potencia ya que el macho depositará polen en otra flor. La avispa no fecundó a ninguna hembra, pero posibilitó la fecundación vegetal. Se formó un bloque de devenir en el que a pesar de que ninguno dejó de ser quien era, hicieron máquina, algo que parecería que solo podrían hacer las personas (y únicamente en ciertas circunstancias).

Pero la vida es mucho más que la cárcel metafísica de la persona. Es el acontecimiento de Deleuze, el animal de Kojève, la voluntad de poder de Nietzsche, lo neutro de Blanchot, el afuera de Foucault, lo abierto de Rainer María Rilke.

Tal como dice Roberto Esposito,[6] Deleuze, cuando elabora una teoría del acontecimiento como preindividual, como impersonal, produce una torsión en el horizonte filosófico. Pues a partir de las codificaciones que nos hacen persona concibe el “irse hacía la no persona”, hacia el “anti hegeliano” devenir animal. Reivindica la animalidad frente a una tradición filosófica que ha considerado lo animal como lo contrario a  persona.

Obviamente que Deleuze está actualizando las transformaciones nietzscheanas. “El espíritu se convierte en camello, y el camello en león, y el león, por fin, en niño.” [7]Se carga con la joroba del camello quien se humilla soportando los pesados valores negadores de la vida. Y con esa carga el camello corre hacía el desierto donde tiene lugar la segunda transformación. Ahí el espíritu se transforma en león bajo el lema “Tú puedes”, ¿pero puede realmente quien sigue sometido a los valores sin potencia vital de la razón moderna? No, entonces el león rapaz todavía tiene que convertirse en niño. En inocencia y olvido. Pues solo el retirado del mundo consigue acceder a su mundo.  

Nietzsche desprecia el espíritu de rebaño por su docilidad al mandato, a un conductor. Deleuze, en ese mismo sentido, aprecia la manada formada por animales indómitos que no soportan conductor. Devenir animal es un colectivo que se desplaza sin rumbo prefijado, por lo liso, en libertad, desnudo de mandatos. Es transitar lo singular y la multiplicidad al mismo tiempo. Como las manadas de perros salvajes o los cazadores errantes. Ellos no tienen una relación humana con el animal (nada que ver con el gatito o el perrito domesticados), se relacionan con él en tanto animal, como el Capitán Ahab con Moby Dick, la más peligrosa de las ballenas. Ahab deviene animal transgrediendo el mandato ballenero que ordena seguir los grandes grupos de ballenas. El Capitán elige al cetáceo solitario y lo desafía no ya con fines comerciales sino por el bloque de fuerzas que ha establecido con la bestia.

 

3. Defenestración

 

Entre el si y el no, entre la potencia de ser y la potencia de no ser o entre  la potencia de hacer y la potencia de no hacer se abre una zona de indecibilidad. Así pues devenir es tanto potencia de sí como potencia de no. Todos los seres de la película húngara El caballo de Turín están poseídos por la potencia de no. Son seres declinantes que no se reafirman desde el derecho a vivir sino a elegir.  Se manifiesta  una potencia de devenir por contagio. La naturaleza opone su intensidad frente a las maquinaciones humanas. Nietzsche en El caso Wagner, una de sus últimas publicaciones, poco tiempo antes del episodio de Turín, dice que ha terminado con casi todas sus relaciones humanas. Algo similar fue haciendo Deleuze en las postrimerías de su vida. Hasta que finalmente su cuerpo se estrelló contra los adoquines deviniendo trozos de carne, tal como él había conceptualizado ese devenir en su obra sobre la pintura de Francis Bacon.[8] No tomó tranquilizantes, ni se pegó un tiro, ni se cortó las venas. Se defenestró.

Inserto ahora un breve juego lingüístico. El significado de ventana  es “una apertura hacia el aire y la luz” y el significado de defenestrarse es “tirarse por la ventana”. Por lo tanto, estar del lado de adentro de la ventana es persistir en la vida y su límites, defenestrarse por el contrario es tirarse hacia el vacio, arrojarse a lo abierto, al afuera, a la muerte, al ventus.[9]    

El marco de la ventana es la escena que nos contiene y arrojarse por ella es salirse de la escena, pasar al acto. Lo contrario de pasar al acto es la actuación. Veamos una situación que contiene los dos conceptos. El automóvil de una pareja de turistas alemanes deja de funcionar en medio de un desierto estadounidense. El hombre grita, insulta, patea, hace espavientos desquiciados, pero ninguna acción definitoria en busca de una solución. La mujer simplemente lo escucha, no hace nada, permanece impávida. De pronto se baja  del coche, se dirige al baúl, lo abre, toma una valija y se va sin decir una palabra, absolutamente sola, sin conocer el idioma de ese país, sin dinero, sin saber dónde ir, pero firme y sin retorno. Él hizo una actuación, ella por el contrario pasó a la acción.   Se trata de la película Bagdad Café del alemán Percy Adlon.

Con esa contundencia pero con diferentes consecuencias Deleuze pasó a la acción. Tenía un solo pulmón que, a esa altura, era como una pelota perforada. Los tubos a los que estaba conectado se esforzaban en insuflarle un oxígeno que no lograba llegar a destino. Ahogado, sin un soplo de aire que aliviara su espasmo se defenestró. Eligió un suicidio que, según Lacan, es el más logrado. Porque  se sale de la escena y se pasa a la acción con una convicción ineluctable.

Nietzsche se defenestró de otra manera, arrojándose al vacio del silencio y la locura. Ambos fueron capaces de llevar a cabo los más intensos devenires animales. Devenir trozos de carne, devenir silencio. Deleuze pensó atravesado por Nietzsche, quien a su vez actualizó pensamientos deleuzeanos. Quienes no fueron contemporáneos históricos, son contemporáneos en el pensar y en el pasaje de sus conceptos a la acción. Por eso me permito concluir que no solo Nietzsche está en Deleuze, también Deleuze está en Nietzsche.   

 



[1]“La potencia es lo más difícil de pensar. Porque si siempre fuera potencia de hacer o de ser algo, no podríamos experimentarla como tal sino que, de acuerdo con la tesis megárica, solo existiría el acto que se realiza. Una experiencia de la potencia en cuanto tal es siempre también potencia de no (de no hacer o de no ser algo)”, Agamben, Giorgio, (2005) “Bartleby o de la contingencia”, trad. J., L., Pardo, en AAVV, Preferiría no hacerlo, Valencia, Pre-Textos, p.105.

[2] Deleuze, Gilles, (1997), Nietzsche y la filosofía, trad. C. Artal, Barcelona, Anagrama, p. 71.

[3] “Las actitudes de suspensión, de preferir no hacerlo destruye la relación entre poder y querer: no necesariamente el querer se expresa en obras”, Cragnolini, Mónica, (2008), “Ciberespacio y potencia de suspensión”, en AAVV, “Bartleby: preferiría no. Lo biopolítico y lo pos-humano, Buenos Aires, La Cebra, p.69.

[4] Hegel, G., W., F., (1974), Lecciones sobre la filosofía de la historia universal, trad. J. Gaos, Madrid, Revista de Occidente, pp. 170-172.

[5] Cfr. Deleuze, Gilles y Guattari, Félix, (1994), Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia, trad. J. Vázquez Pérez, Valencia, Pre-Textos, pássim.

[6] Cfr. Esposito, Roberto, (2009), Tercera persona. Política de la vida y filosofía de lo impersonal, trad. C.,R., Molinari Marotto, Buenos Aires, Amorrortu.

[7] Nietzsche, Friedrich, (1993), Asi habló Zaratustra, trad. A., Sánchez Pascual, Buenos Aires, Alianza, p.49.

[8] Cfr., Deleuze, Gilles, (2002), Francis Bacon. Lógica de la sensación, trad. I., Herrera, Madrid, Arena Libros, pássim.

[9] Deleuze se arrojo al viento (“ventana” proviene del latín ventus). En castellano se perdió el juego de palabras entre “defenestrarse” y “ventana”, pero en francés se conserva ese juego porque fenêtre proviene del latín fenestra, ambos son equivalentes a ventana. Defenestrarse (el “de” castellano equivale al francés y al de latino) entonces es “des-ventanarse”.

 

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