Esther Díaz

ESTHER DÍAZ

Doctora en filosofía

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Artículo aparecido en Revista Ñ, de Clarín, Buenos Aires, el 10 de abril de 2004

EL AUTISMO Y LA FALSEDAD DEL NARCISO POSMODERNO
Esther Díaz

 Francis Bacon: Portrait Of George Dyer Staring Into A Mirror (1967)

El oráculo había determinado que Narciso viviría muchos años únicamente si se abstenía de contemplarse a sí mismo. Pero como entonces no existían espejos se supuso que nada perturbaría su sereno envejecimiento. Sin embargo el muchacho no encontraba sosiego, pues su belleza provocaba amores turbulentos que él no retribuía de tan ocupado que estaba en preocuparse por sí mismo. Hasta que una de las ninfas rechazadas clamó venganza a los dioses y sus plegarias encontraron eco. Narciso fue atraído al centro de una laguna espejada, se inclinó fascinado ante el reflejo de su propia imagen y se precipitó en ella. El presagio se cumplió, por contemplarse murió.

Barbies de carne y hueso, varones metrosexuales, púberes modelos top o adolescentes exhaustivamente producidos concretan en sí mismos los atributos del narcisismo posmoderno. Valoración del ego, culto de la belleza corporal, individualismo y autocomplacencia. Los jóvenes Narciso actuales pueden gozar sin presentir, aún, pero los sujetos del primer narcisismo globalizado, que surgieron durante los años setenta y ochenta, ya comprobaron el engaño. Ningún folleto de estética corporal les advirtió que, aunque la tecnología disimula o maquilla el paso del tiempo, de ninguna manera lo detiene.

El Narciso setentista ha envejecido. Continúa no obstante examinando su reflejo, aunque ahora se preocupa por las arrugas, las canas, el sobrepeso y la muerte. No por ello se libera del hiper-individualismo del que surgió. Consulta obsesivamente las balanzas, consume hormonas, toma viagra, se inyecta botox y se tiñe el pelo. A ello hay que agregar que la  sociedad tecnocientífica lo ayuda para que se siga atomizando. Morirá alejado de sus afectos, de sus objetos queridos y de los microbios, en una sala de terapia intensiva impersonal.

La sociedad disciplinaria moderna descrita por Michel Foucault ha dejado lugar a la sociedad controladora posmoderna que, al multiplicar sus puntos de referencia, termina por difuminarlos construyendo sujetos replegados sobre sus propios fragmentos, aislados en la multitud. La torre panóptica única ya no alcanza. En nuestro tiempo un complejo entramado de supervisiones exteriores e interiores atraviesan una multiplicidad de individualidades monitoreadas por circuitos cerrados de televisión, bancos de datos, medidores de velocidad, tecnología biomédica, análisis de ADN, detectores de metales, luces que se encienden al paso del caminante, proliferación de alarmas y de armas. Ordalías de una sociedad que el único refugio que encuentra para su seguridad es la mano dura.

El hombre moderno sabía que tener bienes hoy, no garantiza tenerlos mañana, por eso ahorraba y apostaba al deber. En cambio el posmoderno es inmediatista, pide créditos y reclama derechos. El narcisismo contemporáneo es hijo de una ciencia dilemática. Extiende los ciclos vitales y, como no sabe qué hacer con los viejos, multiplica los geriátricos. Reproduce mujeres que, a fuerza de portar los mismos rasgos quirúrgicos, semejan clones. Posibilita un erotismo virtual de gran intensidad marturbastoria placentera, pero solitaria. Produce autistas atados a pantallas y también falaces destellos de juventud. Es evidente que a gran escala eso ocurre en los países ricos, que no casualmente es de donde provienen los paradigmas cognoscitivos y sus productos convertidos en mercancía. La ciencia de mercado no solo nos vende su técnica (a veces obsoleta) sino también sus teorías. Varios  científicos y epistemólogos autóctonos, a pesar de nuestra condición de país marginal, son funcionales a quienes nos dominan. Proclaman, entre otras “verdades” impuestas por el poder, la pretendida universalidad de la ciencia. Fortalecen así los intereses del imperio, ya que esa aparente universalidad está determinada por la perspectiva de los países líderes cuyas urgencias difieren trágicamente de las nuestras.

Los valores éticos “atrasan” confrontados  con el desarrollo de la tecnociencia. Esto genera tensión. Existe una puesta en cuestión de la ética tradicional, pero no se construyen normas de recambio. Se observa una tendencia a prescindir del cuerpo del otro, pero se sufre la ausencia de contacto. Se busca el éxito, hoy sinónimo de fama, pero abundan los famosos que se autodestruyen. La tensión entre ética y neoliberalismo económico, político y científico reclama una voluntad de cambio. Una escucha de la comunidad en su conjunto, un cuestionamiento de investigaciones orientadas fundamentalmente a tecnologías de consumo, en detrimento de  necesidades regionales,  dilemas morales y calidad de vida de los relegados de la globalización; esta figura histórica análoga a una obesa anémica. Mucho volumen, poca nutriente.

En nuestro país existen chicas carenciadas cuya alimentación consiste en pan con chicharrones y mate dulce. La adolescente femenina es quien suele padecer esa gordura desnutrida. Disfruta del dulzor y del cebo, ya que no dispone de algo mejor. Pero cuando ve por televisión las esbeltas figuras de modelos inalcanzables, inclina la mirada hacia su cuerpo devaluado y, también ella, se sumerge en su propia imagen, no ya para morir bella y rápidamente como Narciso, sino para atestiguar con su contradictoria enfermedad el desgarrón entre la realidad cotidiana y la reproducción desaforada de ideales narcisistas tan inalcanzables para la mayoría de los sujetos, como rentables para las minorías privilegiadas. 

Esther Díaz

 

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