Esther Díaz

ESTHER DÍAZ

Doctora en filosofía

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"Onda sexual entre machos. Mundial 2014"

Esther Díaz

Mundial 

“Nació con dos balones de oro y los tiene bien puestos” dice la voz en off de la publicidad mundialista 2014 de Quilmes aludiendo a Lionel Messi. La vulgaridad de la metáfora exime de mayores comentarios. ¿Descaro?, ¿machismo?, ¿grosería?, ¿o simplemente reafirmación de la genitalidad masculina como elemento inescindible del fútbol? Y como para subrayar la filiación sexista de esta publicidad ni siquiera aparecen mujeres. En uno de los spots quilmeños una voz masculina canta que no se arrepiente de “este” amor y las imágenes remiten a la bandera nacional, al seleccionado, a la multitud futbolera, a la cerveza, ¿quién es el objeto de amor del cual no se arrepiente? No una mujer por cierto, ya que en el  fútbol todo -hasta lo erótico- se dirime entre varones.

Las empresas se pliegan al Mundial para incentivar sus ganancias y los publicitarios salen a cazar mariposas vendedoras: sentimentalismo y patrioterismo, como en la publicidad de Claro en la que somos mejores argentinos durante el Mundial porque exhibimos los colores patrios y nos ponemos de pie para cantar el Himno. ¿No parece una reducción del sentimiento patrio a las dimensiones de una cáscara de nuez?

Otras mariposas publicitarias son el ofrecimiento de beneficios al consumo, la celebración del compañerismo y una “inmensa bondad” de parte de las marcas que invitan a la compra compulsiva entretejiendo símbolos nacionales con oferta de beneficios. Retomemos los mensajes de Claro que, en su versión “Qué lindo es el fútbol, carajo” orienta las cámaras hacía el público. Ahí (como en la mayoría de las publicidades mundialista) lo patriótico se resuelve envolviéndose en enormes banderas o besando los inmaculados colores. En este caso, el beso aterriza cerca del ombligo de un vientre femenino prominente con toque celeste y blanco. Joven, rubia y embarazada ¿No es el prototipo de la cortesana deportiva, esa vistosa muñeca llamada botinera? 

 Quilmes ofrece descuentos (¿para emborracharse?) a quienes vistan la camiseta argentina. McDonald regala juegos virtuales contra entrega de un envoltorio de papas fritas escaneado. También hay una “generosa” oferta para quienes utilizan reiteradamente la Tarjeta Naranja: colaboran a que la firma acondicione potreros para que los chicos jueguen a ser estrellas de fútbol. Las publicidades que prometen un plus al consumo son un  síntoma de que la vieja psicología de las masas actualmente necesita más estímulos (además de la machacona repetición de consignas). Pero, ¿no suena abstracto -por no decir mezquino- que como contraparte de ganancias millonarias se ofrezca acondicionar un incierto potrero?, ¿por qué no una escuela? Aunque superando ampliamente todos los recursos de los creativos hay un acicate que ninguna publicidad deja de lado: la  contundencia  del gol.

Cada gol produce un efecto festivo de orgasmo colectivo. En  la publicidad de Quilmes que reitera “no me arrepiento de este amor” se ve la frenética aglutinación varonil que acompaña cada penetración en el arco opositor. La euforia viene asociada a un apremio al toqueteo. La reacción que el gol desata en los jugadores se asemeja a la conducta de algunas aglomeraciones sexuales animales. Observemos unos moluscos que cuando están en celo se amontonan verticalmente formando una imprecisa pirámide. Se acoplan formando una pila de once o doce individuos. Los más pequeños se montan sobre los mayores y suelen ser machos. Los más grandes, que le sirven de apoyo, hembras. Conforman una máquina sexual colectiva. La especie también incluye transexuales. El nombre científico de estas lapas es Crepidula fornicata (sandalia prostituida o zapatilla fornicadora).

            Parecen estrellas mundialistas cuando el número diez convierte un gol mágico y el resto del equipo se le tira encima. De modo que si descartamos a las hembras (como se las descarta en muchas publicidades mundialistas) se podría describir las dos situaciones con palabras similares. El que llega último al entrevero festivo celeste y blanco, no teniendo ya espacio para abrazar al homenajeado, abre los brazos y flexionando las piernas salta desesperado hacia el montón. Ahí expone la parte trasera de su cuerpo ante el ojo de la cámara en una posición tan desquiciada como  desopilante.

La publicidad de encuentros masivos cuanto más estereotipada mejor. Mensajes fácilmente asimilables, símbolos populares, invitación a participar. Íconos extraídos del imaginario popular y viralizados al infinito. Claro hace desfilar a la Virgen de Luján, la bandera de la patria, el Gauchito Gil, el papa argentino, San Cayetano, el Himno Nacional y una kipá judía con los colores patrios. Como si estos signos tuvieran algo que ver -realmente- con veintidós hombres corriendo enloquecidos detrás de una pelota. Como si en el carnaval futbolero se disolvieran las diferencias. Y para coronar tanta sensiblería una voz entre dulzona y autoritaria amenaza: “¡pobre el que no cante!” refiriéndose a la canción patria. Tristes rezagos de un igualitarismo tan falso como prepotente.

 

Las máscaras igualitarias caerán tan pronto como termine la actuación de Argentina y desaparezcan los artilugios albicelestes. Entonces un hincha de All Boys se enfrentará nuevamente con uno de Nueva Chicago, el oficialista y el opositor se agredirán mutuamente, la villa miseria y el country ya no se alegrarán por las mismas victorias, el que perdió su vivienda en un hipoteca y el que hace negocio con esa quiebra ya no lamentarán las mismas derrotas. Pero hasta que eso suceda otra vez somos la mejor hinchada, somos un solo equipo y nos queremos.

¿A qué se debe este incremento de consignas que -cual centauro- son patrioteras y futboleras al mismo tiempo? A que pueden venderlo todo. El Mundial es un fenómeno de masas que brinda las condiciones de posibilidad para la consolidación de esta bacanal de nuestro tiempo. Se ha de mostrar triunfalismo, estallidos de alegría, abrazos, sonrisas, carcajadas, expresiones soeces y machistas pero aceptadas socialmente con beneplácito. Manotones compartidos y fricción de cuerpos no solo en el campo de juego sino también en las tribunas, las calles, los medios de transporte. El dispositivo muestra únicamente pasiones compartidas. Bebida, comida, goles, victorias.

Nada sobre las largas esperas, resacas o indigestiones. Nada que sugiera la humillación por estar maquillado y disfrazado con los colores patrios cuando hay que regresar al hotel con el desánimo de la pérdida. Ningún signo que connote derrota ni que recuerde los sangrientos espectáculos de los violentos. Ni mencionar la desazón de los que se perdieron el viaje o las interminables cuotas que deberán pagar los que lo hicieron tarjeteando.

Se muestra el triunfalismo se esconden las vergüenzas. El modo de ser en masa y la compulsión a fundirse en ella son magníficamente explotados por los propagadores del Mundial. El acicate para la fusión de individualidades diferentes en un magma indiferenciado puede responder a impulsos nobles o crueles, heroicos o cobardes, amigables u hostiles pero siempre imperiosos. El abrigo de la multitud posibilita un sentimiento de potencia que exalta y estimula los excesos. Un re-ligamiento entre seres extraños que volverán a serlo tan pronto como la selección triunfe o salga del juego.

Para influir en las multitudes es inútil argumentar lógicamente, será preciso en cambio presentar imágenes de vivos colores y repetir una y otra vez las mismas premisas, dice Freud en Psicología de las masas y análisis del yo. Las masas se muestran accesibles al poder mágico  que emana de figuras susceptibles de provocar sentimientos solidarios con los semejantes y disolventes con los rivales. Las multitudes no piden verdades sino ilusiones. Aunque es necesario que entre los individuos exista algo en común. Un mismo interés que enlace a cada uno con un objeto deseado y que posea la facultad de influir y coaccionar. En el caso aquí analizado el objetivo es el triunfo, no solo de la Selección Nacional sino de las inversiones a cualquier costo y del narcisismo “nacionalista” exacerbado. Se estimula por medio de la publicidad y ese proyectil lanzado con potencia sigue sus propios e impredecibles derroteros.

El mecanismo de intensificación afectiva se logra porque la muchedumbre aunada por una igualdad ilusoria se siente con un poder ilimitado, aunque también presiente peligros. Para garantizar su seguridad cada uno sigue el ejemplo de los demás con los que parece amarse. Freud describe distintos tipos de amor pero considera que todos confluyen en el sexual. Lección aprendida por los creativos que contribuyen a la inflación de la sexualidad varonil, la reafirmación de ideales tradicionalistas y la exacerbación del sentimentalismo.

Para su cohesión la masa necesita la influencia de eros. El poder de la atracción erótica mantiene unidas tanto a las masas temporarias -como las del Mundial- como a las estables cuyos paradigmas son la Iglesia y el ejército. Instituciones en las que la hegemonía del varón y sus forzadas convivencias confluyen en confusos rozamientos, manifestaciones escatológicas y momentánea desaparición de las parcialidades. Los entusiasmos colectivos que estallan en estas extrañas comunidades ponen de manifiesto la carencia de libertad del individuo integrado a una multitud.

Toda masificación es dura y sin amor para quienes no pertenecen a ella. La aglomeración es cruel e intolerable con los que no forman parte del amasijo. El necesario contrincante es siempre un enemigo deleznable. En toda reunión de varones surge muy fácilmente la tendencia a la formación de una masa atravesada por lazos libidinosos que se entrecruzan. Estos fenómenos responden a una homosexualidad entre machos que necesitan encumbrar a un líder dotado de poderes extraordinarios que brille rutilante entre la profusión de pares. Ayer fue Maradona, hoy es Messi y la renovación de las publicidades y el espectáculo de cuerpos varoniles esculturales entrechocándose, besándose y apilándose conformando una masa amorosa similar a la entrañable Crepidula fornicata.

 

 

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