Esther Díaz

ESTHER DÍAZ

Doctora en filosofía

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Filosofía mundialista

Esther Díaz
 Nota aparecida en Noticias, Buenos Aires, el 1 de julio de 2006.

 

El juego es una función del ser vivo preñada de belleza, satisfacción,  frustración, incertidumbre y reglas. En los juegos grupales nuestro ser se refleja en el otro posibilitando cierta comprensión de nosotros mismos. Las culturas se identifican con sus juegos. El fútbol globaliza esa tendencia, fundamentalmente en época de torneos mundiales donde se da la paradoja de compartir internacionalmente la pasión por el fútbol, mientras se estimulan rivalidades entre países como si tratara de cuestiones de Estado.

El dispositivo del Mundial se adereza con valores simbólicos que apelan a los diferentes arraigos nacionales. Himnos y colores patrios envuelven a jugadores y simpatizantes. Se multiplican las consignas contra los oponentes que parecen enemigos políticos más que competidores lúdicos. Pero cuando todo termina, cuando muchos “países” derrotados se retiran con la cabeza gacha y el único ganador se corona con el laurel de la victoria, nada cambia en las condiciones de existencia de las diferentes naciones. El saldo es la momentánea alegría de los compatriotas de los ganadores, la efímera tristeza de los perdedores, y el duradero enriquecimiento de los poderosos del Mundial.

Cabría preguntarse entonces por qué tanto orgullo o humillación frente a lo que logran, o no, once virtuosos afortunados. Tal vez se deba a que el Mundial, como toda gran empresa, hunde sus raíces en un fondo de irracionalidad que actúa sobre las emociones de la población. Se estimula el aumento de la fascinación colectiva  al ostentar símbolos cívicos nacionales para representar eventos deportivos mundiales, potenciando así la pasión y el hechizo de la inexplicable –y entrañable– magia futbolera.

 

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