Esther Díaz

ESTHER DÍAZ

Doctora en filosofía

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LA LEYENDA DEL VENGADOR
Esther Díaz

Artículo aparecido en
Ñ, el 30 de septiembre de 2006

¿Cuál es la frontera que separa la venganza de la justicia?

La venganza es la reacción ante un agravio, responde a un impulso irracional que escapa al imperio de la ley. La justicia en cambio es una reparación social asumida por organismos legítimos. Se cumple con la justicia sólo cuando se restaura un orden originario, cuando se corrige y se castiga la desmesura desde normas objetivas. La venganza, por el contrario, es subjetiva y aspira a la revancha desde lo no reglamentado, ¿Por qué entonces, a pesar de la validez de la justicia y lo incorrecto de la venganza, solemos identificarnos con personajes de ficción que –ante la dificultad o imposibilidad de encontrar justicia– apelan a la venganza?

La telenovela Montecristo ha puesto en el tapete esta problemática, así como la desaparición de personas, el robo de niños, la tortura, el asesinato y la impunidad propios de la última dictadura argentina, sumados a otros temas universales como la traición, la envidia, el amor, la rivalidad, los celos, la codicia, la negación, la violencia familiar y la corrupción. Se trata de una telenovela en la que no están ausentes los recursos propios del teatro dramático. De modo tal que los discursos creíbles y refinados se entremezclan con situaciones insólitas o extravagantes, produciendo una alternancia entre lo culto y lo popular.

La reacción ante la agresión es una especie de atavismo que moviliza el oscuro deseo de volverse contra el agresor y pagarle con la misma moneda. Sabemos que no es legal pero no podemos evitar sentirlo. Abogamos por la justicia, ya que ella es ejercida por mecanismos democráticos legítimos. La vida en sociedad es posible justamente porque los individuos delegamos en el Estado la responsabilidad de la reparación. Por otra parte, si cada persona intentara hacer “justicia” por mano propia nos arrojaríamos al caos y la arbitrariedad. Sin embargo, cuando un personaje es ultrajado de manera tan alambicada que un reclamo judicial es altamente improbable, esperamos irracionalmente que consume su venganza. La relevancia de este impulso queda blanqueada en la serie desde la presentación misma de cada entrega. “Un amor. Una venganza” son los términos que, en la pantalla, anteceden al título.

La remisión constante a los efectos del terrorismo de Estado en la Argentina marca un hito en la historia del género. Pues a más de veinte años de los penosos hechos evocados se los aborda por primera vez desde la telenovela. Y parecería que es justamente ahí donde se puede rastrear uno de los motivos del éxito de la serie y de la proliferación de consultas a las instituciones defensoras de los Derechos Humanos que produjo. Porque aunque los nefastos efectos de la dictadura han sido tematizados desde el comienzo de la democracia, se representaron de manera clásica, en televisión, cine, teatro y otras manifestaciones artísticas. Por su parte, Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, HIJOS, y otros organismos solidarios los difundieron desde la militancia social. Pero la transmisión a través de un género tradicionalmente relacionado con las novelas del corazón más que con lo político-testimonial, parece haberle dado una intensidad emotiva que movilizó conciencias y le otorgó encarnadura a la red de ocultamientos subyacentes. Sin embargo, hubo que esperar para que este formato televisivo se atreviera a abordar el tema. Aproximadamente el mismo tiempo que Edmundo Dantés, el personaje de Alejandro Dumas, esperó para consumar su propia venganza. Pero en la tira también se acude a la justicia, y hay pistas que permiten suponer que será ella la que finalmente triunfará. No debería olvidarse que desde algunos sectores sociales se cuestionó la preponderancia de la venganza en detrimento de la justicia, en la primera parte de la telenovela. Nuestra sociedad, quizás, recién ahora esté madura para asumir las consecuencias de la dictadura. Experiencias tan traumáticas como las representadas en Montecristo no se elaboran fácilmente.

El formato ya ha sido comprado por catorce países que lo adaptan a sus propias historias. Y, a pesar de que en alguno de esos países han ocurridos excesos estatales similares a los evocados, no se explicitan allí con la misma crudeza que en la versión local. Pues bien saben los productores hasta qué punto puede resistir la sensibilidad de un pueblo o las condiciones del poder vigente en cada uno de ellos.

La telenovela, como género, suele asociarse al público femenino, pero en este caso la consumen también varones. Hombres y mujeres de todas las edades y diferentes condiciones sociales se han convertido en “expertos en Montecristo”. Las vicisitudes de la ficción histórica circulan por oficinas, bares, talleres, y hasta en dependencias gubernamentales. Por otra parte, un medio aparentemente enemistado con la lectura, como la televisión, ha desatado también el interés por el texto. Existen en el país tres versiones del libro El conde de Montecristo de Alejandro Dumas (editadas por Losada, Planeta y Gradifco) que están alcanzando puestos de venta importantes. Conviene recordar que la novela abarca más de ochocientas páginas.

Entre los espacios para la reflexión abiertos por la serie existen algunos que son transversales a todo su desarrollo, como la búsqueda de identidad que, en la Argentina, es una herida que no deja de sangrar. Si se piensa en términos temporales, la historia de nuestra Nación –contemplada desde su consolidación estatal– es relativamente breve. No obstante, está salpicada por varios períodos de inconstitucionalidad. En cada fractura de la libertad, los argentinos hemos perdido un poco de nuestra joven identidad. El último quiebre de la democracia sobrepasó toda medida. En este punto se inserta la ficción televisiva, que produce un juego de espejos entre los sucesos reales y los ficcionales despejando senderos para la búsqueda de equidad y arraigo.

La obra de Dumas, escrita en el siglo XIX, fue varias veces reciclada desde el cine. Las películas El conde de Montecristo, de las décadas de 1930 y 1970, así como las más recientes Monte Cristo, Con v de vendetta (que versiona un cómic británico) y Sueños de libertad destacan que la sed de venganza es lo que impulsa al protagonista a resistir y seguir con vida. Pero la literatura occidental registra antecedentes más remotos de puesta en escena de la venganza. La tragedia griega es rica en ejemplos: en las Orestiadas de Esquilo, Clitemnestra trama el asesinato de Agamenón para vengar la muerte de Ifigenia, la hija de ambos sacrificada por su padre. En Electra, de Sófocles, Clitemnestra es asesinada por su hijo Orestes, que se toma venganza por el asesinato de su padre. La instigadora de este nuevo crimen es Electra, su hermana. La misma narración es retomada por Eurípides que le hace decir a la instigadora que con gusto derramaría la sangre de su madre para ver vengada la muerte de su padre. Y si bien el tema de la venganza sobrevuela la tragedia griega en general, resulta paradigmático el caso de Medea, que mata a sus propios hijos para vengarse de su marido que la abandonó por una mujer más joven. Jasón, sin saberlo, come los restos de sus propios hijos que su ex-mujer aderezó para él.

Los griegos clásicos han tratado también el tema de la justicia en la literatura, las artes plásticas y la filosofía. La República de Platón es un monumento filosófico a la justicia. Ahora bien, resulta interesante enfocar el papel de la venganza  desde los efectos reales que, apuntando a la justicia, puede producir desde su representación escénica. Es obvio que la ficción televisiva, en general, no tiene como finalidad ser edificante. A pesar de ello, e imprevisiblemente, puede producir efectos que lo sean. El fenómeno social provocado por Montecristo –intensificado por la seducción de lo mediático– constata que desde el tratamiento de algo no legítimo, como la venganza, se pueden desatar acciones legales.

La celebración de los opuestos es otra constante. Las dualidades éticas, discursivas y afectivas se suceden sin solución de continuidad. Existe así mismo la contra cara de una ausencia. Las Fuerzas Armadas, a pesar del protagonismo que tuvieron en los hechos invocados, son aludidas más bien desde el silencio. Lo que se dice y lo que se calla posibilitan la consideración de otros aspectos, como el rol cumplido en el conflicto por algunos representantes de la Iglesia y una parte de la sociedad civil.

El Montecristo posmoderno ayuda a deconstruir la teoría de los dos demonios inventada por los victimarios, moviliza además a víctimas de la violencia familiar a solicitar ayuda legal, y logra que jóvenes nacidos durante los años del terror acudan a los organismos solidarios en busca de su verdadera identidad. Se confirma así que desde el apasionamiento de un relato, que apunta a la sensibilidad, se puede reorganizar el pensamiento y penetrar en la racionalidad. He aquí algunos efectos de una telenovela que, sorprendentemente, nos invita a seguir pensando.

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