Esther Díaz

ESTHER DÍAZ

Doctora en filosofía

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Un tema para la investigación científica y social: el revés del tapiz de la locura
Esther Díaz

 

La historia abunda en enigmas. Ninguno de ellos ha inquietado tanto a los hombres (por lo menos a los hombres de la Ilustración) como aquellos que rompen continuidades. Un intento de salvar las diferencias ha sido instaurar teologías o sentidos ocultos que rescaten, para la intelección, un progreso interrumpido de la razón. Michel Foucault en lugar de perseguir sentidos ocultos, prefiere describir las condiciones que posibilitaron determinados acontecimientos históricos en sí mismos, sin inventarles continuidades que –en realidad- son más deseadas por los estudiosos, que impuestas por la realidad.  Por ejemplo, la locura, que no siempre fue una enfermedad mental, no siempre fue objeto de encierro, no siempre se la entremezcló con la verdad y con la ética, como lo ha hecho la modernidad que, además, decidió encerrar a esas personas, que presentaban realmente desajustes de orden biológico y conductal. Pero que no constituyeron problema para otras épocas históricas. Sin embargo, fueron conflics para los modernos y lo siguen siendo para los posmodernos.

En La historia de la locura en la época clásica, Foucault investiga la parte socialmente oculta de la locura. Es decir, no su protocolo médico, tal como se lo conoce desde el siglo XIX hasta la actualidad, sino las prácticas y los discursos que construyeron al enfermo mental como nueva figura histórica.

En los primeros siglos de la modernidad, una caridad laicizada y la condenación de las “malas costumbres” de los que se habían caído del sistema burgués, fueron creando justificativos morales para encerrar a los descastados sociales, tales como pobres, locos, prostitutas, libertinos, malos hijos y, en general, diversos “infames”. Así se los denomina en los documentos de la época, en la que existían consideraciones sociales para sacar de circulación a estas personas que alteraban el orden de los modernos. La libre circulación de pobres o de locos se consideraba un atentado al equilibrio público. De modo que el encierro de los pobres primero, y de otros segregados, más tarde, cumplía las funciones sociales de reabsorber (o disimular) el desempleo y defender las “buenas costumbres” de lo que en poco tiempo más, sería la pacata sociedad victoriana.

En esos primeros tiempos del mundo industrial y del ascenso del protestantismo al poder se percibe el trabajo (el hecho de trabajar) como un remedio infalible contra la miseria física y espiritual. El poder del trabajo vivido como panacea no provienen de su fuerza productiva, sino de una especie de “encantamiento moral”. El origen mítico de este sentimiento habría que buscarlo en la “caída” original cristiana. El trabajo-castigo tiene un valor de penitencia y redención.

Pero la época neoclásica (que los franceses denominan “clásica”) exhuma otro valor bíblico del trabajo: el trabajo como maldición. No es por trabajar que el hombre recogerá frutos espirituales, sino por la bendición aleatoria de Dios. De todos modos hay que trabajar por imperativo moral. Aunque había que ser cuidadoso en las interpretaciones de los textos sagrados: un pobre que no quiere trabajar basándose en que las aves del cielo y los lirios del campo no  tejen ni hilan y ni Salomón en la cúspide de su gloria estuvo vestido con tanta magnificencia, en realidad, está tentando a Dios. Es como si lo desafiara a hacer milagros, mientras para el poder moralizante el milagro es cotidiano ya que Dios, en su sabiduría infinita, les permite a las personas vivir de los frutos de su trabajo. El pecado de esa época era fundamentalmente la pereza. Así que fuere como fuere, los encerrados, debían trabajar.

He ahí el momento en que comienza la discriminación dentro del encierro. Pues los pobres, los libertinos, los homosexuales y otros “miserables morales” podían trabajar. En cambio, aquellos a quienes hoy llamamos “locos” (en aquel momento, los “sin razón”) no lograban llevar a cabo ninguna tarea fructífera. Esto fue su condena y su aislamiento definitivo. Poco a poco se fueron despoblando los establecimientos de encierro y, finalmente, para comienzos del siglo XIX, solo los locos quedaron detrás de los húmedos muros de los hospicios.

Con este nuevo dispositivo de fuerzas, se difumina la imagen de los pobres y demás excluidos sociales, quedando sólo el loco como objeto de encierro y de “medicalización”, más virtual que real en un principio. Hasta llegar a aletargarlos en la plenitud del siglo pasado, y comenzar a doparlos desde niños en los comienzos del tercer milenio.

Con el confinamiento, la locura comienza a integrarse a la ciudad como problema. Hasta el Renacimiento el loco estaba un tanto más allá de la cotidianidad, se lo “dejaba hacer”. En el siglo XVII, al tenerlo encerrado junto a otros desarraigados, mostraron llevar una lacra mayor que los demás internos: no podían trabajar, no aceptaban el orden, no se plegaban, por lo tanto, a los valores éticos. El loco pasa así a ser la lámina en blanco de lo urbano. En él la vida se suspende en la más abyecta ociosidad. La locura pasa a ser la prisionera de la razón, de quienes se consideran dueños de la verdad, es decir, de los tecnocientíficos. La locura entonces pierde el aura dorada que supo tener en otras épocas y se convierte en carne para atrapar en chalecos de lona, hasta mediados del siglo pasado, y en chalecos químicos, en nuestra época.

La locura hoy pertenece a las enfermedades vergonzantes, como la sífilis, como el sida, como la cirrosis, como el alcoholismo o la drogadicción en general. Haber moralizado a la locura, la convirtió en culpable. Uno se avergüenza al declarar públicamente que sufre una enfermedad cargada de connotaciones morales. Nadie quiere ser loco, nadie quiere confesar la locura de un ser querido, nadie sabe bien qué hacer con los locos. Excepto quienes manejan las leyes del mercado que saben que comenzar a medicar desde chiquitas a las personas es un buen negocio (para los laboratorios y sus acólitos) de por vida. Incluso cuando se sabe que eso, más que curar, idiotiza. Pero es más fácil idiotizar que tomarse el infinito trabajo de tratar de comprender, de escuchar, y de respetar. Máxime cuando la sociedad no da respuestas solidarias ante esta problemática y la mayoría, ¿a qué negarlo? preferiría que nos “saquemos a los locos de encima”.

A partir de esto, se plantea un desafío a los profesionales de la salud, a los familiares de personas con disturbios mentales y a la sociedad en general. El tema de la locura es demasiado serio como para dejarlo únicamente en manos de los laboratorios multinacionales. Se trata de un problema comunitario y son las investigaciones académicas, los debates públicos y el compromiso de la población en general quienes deberíamos asumir con responsabilidad y entereza el abordaje de la integración social del enajenado, antes que abandonarlo al encierro indiscriminado, la medicalización salvaje y la exclusión social.

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