Esther Díaz

ESTHER DÍAZ

Doctora en filosofía

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¿HAY OTRA HISTERIA?

Esther Díaz

 

 

Las imágenes eróticas televisivas, ciertas voces y músicas que surgen de los medios, los afiches callejeros, las líneas calientes, los intercambios por Internet, las vestimentas sugerentes, los sobrentendidos y la proliferación de referencias sexuales en casi todos lo ordenes sociales  parecen habernos arrojado a una especie de pansexualismo o inflación de la sexualidad . Sin embargo, este innegable fenómeno obsceno no es un invento posmoderno. Su origen, fundamento y desarrollo comenzó en plena madurez de la modernidad. Nosotros, simplemente, asistimos a su consumación. Y como sabemos, lo que se consuma, se consume.

La hipótesis que intentaré defender, en esta oportunidad, es que el hipersexualismo se comenzó a gestar a fines del siglo XVIII e hizo eclosión en el siglo XIX; que en las postrimerías del siglo XX, este exceso de sexualidad entretejido con la proliferación mediática y digital, la aparición del virus del sida y el desarrollo de la biotecnología comenzaron a producir la desaparición del cuerpo en las relaciones sexuales. Pero elidir el cuerpo material en las relaciones eróticas no necesariamente significa “histeria” en sentido freudiano. Significa más bien la instauración de nuevas formas de realización del deseo que, como no podría ser de otra manera, traen aparejadas nuevas formas de satisfacción y, obviamente, también de frustración. Hoy, quien se excita y excita a través de los medios sin consumación carnal no necesariamente queda insatisfecho, como el histérico decimonónico; porque siendo otras las formas de desear, otras son también las formas de disfrutar.

Desarrollaré en primer lugar la idea del hipersexualismo como invento moderno; en segundo lugar intentaré delimitar una breve síntesis de la idea de histeria tal como la entendió el psicoanálisis; y finalmente trataré de avalar mi hipótesis acerca de que el modo de realización del deseo es una construcción social y que actualmente las nuevas prácticas surgidas de los medios masivos y digitales, de la biotecnología y el virus del sida están dando cuenta de una pulsión deseante que no se corresponde con el edípico deseo freudiano, sino con un deseo mediático y con una revalorización de la masturbación como forma sexual cada más aceptada socialmente y alejada de las satanizaciones modernas.

 

1. EL HIPERSEXUALISMO, UN INVENTO MODERNO

El comienzo de la madurez moderna se puede ubicar en el declinar dieciochesco, es decir, en los albores de la revolución industrial. Para entonces, las necesidades económicas de quienes ejercían el poder se orientaban hacia una mano de obra cada vez menos artesanal y cada vez más mecanicista. Esta necesidad epocal logró que se ilumine un escenario que hasta ese momento había permanecido ensombrecido: el de la sexualidad. Mejor dicho, recién en ese momento histórico acaece la sexualidad como figura epocal deseante[i].

El volumen histórico que desde la modernidad ocupó la sexualidad, anteriormente había sido cubierto por “la carne”, en tanto imaginario social cristiano relacionado con el deseo humano. Desde el siglo V de nuestra era, con el acceso al poder de la Iglesia católica, se constituyó la categoría de carne como referente de la concentración de las pulsiones deseantes. Y anteriormente a esta figura, había existido -entre los paganos- la noción de afrodisía o reflexión sobre el buen uso de los placeres. Tanto el uso de los placeres, como la concepción cristiana de carne, como la sexualidad moderna o la actual posexualidad son configuraciones conceptuales surgidas en relación con la genitalidad y productoras de deseo. Mejor dicho, productoras de representaciones del deseo a las que se adhiere de manera colectiva a partir de prácticas sociales concretas y de cierta circulación de los discursos.

La intención de quienes comenzaron a preocuparse por el deseo sexual de las personas fue controlar para domesticar, vigilar para “normalizar”, castigar para amaestrar. De este modo, manipulando desde muy temprana edad el deseo de los individuos se los hacia más previsibles y se los adaptaba mejor al orden dominante. Es decir, al buen orden burgués basado en una moralina racional que estaba al servicio de la adaptación a los nuevos imperativos industriales. La figura que paradigmáticamente se quería lograr es la que puede verse en la película Tiempos modernos de Chaplin. Esto es, un individuo perfectamente adaptado a una línea de montaje en la que el obrero es un elemento más, tan intercambiable como las piezas mecánicas de los artefactos producidos en serie.

Pero el dispositivo de la sexualidad, como cualquier otro dispositivo de poder, suele independizarse de la voluntad de los sujetos que lo pusieron en marcha. Se convierte así en un dispositivo sin sujeto (aún cuando en él participan sujetos) y produce un plus no querido ni buscado conscientemente por nadie. En el caso del dispositivo moderno de sexualidad, creado desde el control del cuerpo de los individuos con fines económico-moralizantes, se produjo más deseo. Dicho de otra manera, se codificó la pulsión deseante y se estimuló lo que aparentemente se quería reprimir. La prohibición de la masturbación multiplicó las fantasías y la práctica del autoerotismo, el encierro de las relaciones sexuales en los estrechos límites de la cama matrimonial estimuló la búsqueda de placeres ajenos a la modorra doméstica, el silencio o los eufemismos respecto de lo sexual provocó un aluvión de discursos sexuales. Es así que, a fines del siglo XVIII, la pedagogía, el derecho penal, el orden militar, la medicina y el discurso religioso se lanzaron de una manera desorbitada a ocuparse de lo mismo que estaban controlando e instaurando: la sexualidad.

Pero no solo desde las prácticas sociales se fue conformando lo que hoy podemos considerar un hipersexualismo. El discurso culto también aportó lo suyo. En el imaginario social se estaban dando las condiciones para que Marx pudiera hablar de un sexo no humano[ii]; para que Freud le otorgara un origen de insatisfacción sexual a ciertas psiconeurosis; y para que Nietzsche se jugara tan abiertamente por la reafirmación del cuerpo, del placer y del deseo, en detrimento de la impecable racionalidad formalista heredada de Kant.

El deseo comenzó a concebirse como una pulsión que en su origen no tiene representación, no tiene objeto, no tiene destinatario concreto. Nietzsche, al referirse a la voluntad de poder, deconstruye las pulsiones y concluye que se han constituido a partir de condiciones de existencia (de prácticas concretas). Las pulsiones son la consecuencia de codificaciones  fomentadas por quienes ejercen densamente el poder. A fuerza de acostumbramiento esas valoraciones se comenzaron a ver como inclinaciones “naturales”. Es a partir de ellas que se hace carne la idea de placer y displacer, de satisfacción y  frustración[iii].

La sexualidad es una codificación del deseo, no es deseo en estado puro. El deseo, en sí mismo no tiene objeto, simplemente desea. Pero cuando se quiere ejercer dominio sobre los cuerpos o la vida de las poblaciones, se codifica el deseo, se le da una representación, se construyen objetos de deseo. Luego se establece lo que es “normal” en la búsqueda de satisfacción y se sanciona a quien no se alinea en esa pretendida normalidad. La modernidad fue hipersexualista. La moralina victoriana es prueba fehaciente de ello, con la excusa de elidir la manifestación de los sentimiento, la exposición de los cuerpos y la satisfacción de las pulsiones, desplegaba un escenario social en el que todo el mundo estaba pendiente de aquello de lo que no se hablaba. Con la excusa de higienizar las costumbres, se hurgaba en los más intrincados recovecos del deseo y con  la de fortalecer la moral mediante la abstinencia se gestaban las más recónditas perversiones.

El hipersexualismo entonces tiene su nacimiento histórico en la madurez moderna, nosotros simplemente estamos asistiendo a su defunción. La sexualidad –tal como la entendió la modernidad-  es una estrella apagada. Pero cuando todavía esa estrella brillaba con luz propia se constituyó la figura de la histeria como paradigma de la frustración. También esa figura está perdiendo vigencia. La satisfacción actual ya no responde obligatoriamente al presupuesto de la penetración, la eyaculación y el orgasmo pénico-vaginal. Nuevas prácticas sociales han creado nuevas representaciones del deseo. Por su parte, la masturbación, tan despreciada hasta las postrimerías del siglo XX, ha comenzado a mostrar sus virtudes en épocas de mediatización, biotecnología, informática y sida.

 

2. LA HISTERIA MODERNA

La noción de histeria vigente en el imaginario social actual, si bien surge de la categoría freudiana de histeria, se independiza de las connotaciones técnicas de tal noción. La causa de la histeria, en Freud, es la huella psíquica de un trauma de contenido sexual. Esa huella ha sido provocada por alguna agresión exterior relacionada con uno o varios acontecimientos de experiencias sexuales prematuras e insatisfactorias. Dice Freud que la irrupción de la histeria se remonta casi invariablemente a un conflicto psíquico, a una representación perturbadora que pone en acción la defensa del yo[iv].

Para que se forme un síntoma histérico tiene que haber un esfuerzo por defenderse de una representación angustiosa. Se trata de un esfuerzo por reprimir una representación penosa recurrente. No obstante, la represión es una defensa inadecuada del yo, porque produce frustración y no logra superar el trauma vivido. Ante el fracaso de la represión se constituye lo que Freud denomina conversión, que consiste en la transformación de una carga de energía que pasa del estado psíquico (la representación penosa) al estado somático (el sufrimiento corporal). Sufrimiento en lugar de angustia. De este modo la representación inconciliable se torna inofensiva ya que la carga representativa se traslada de lo psíquico a lo corporal. El malestar persiste, pero ya no hegemoniza la mente, se comienza a sentir en el cuerpo.

Ese sufrimiento corporalizado tiene una potencia equivalente a la satisfacción de un orgasmo. No porque se goce, sino porque la carga de energía invertida en sufrir es similar a la requerida para obtener un orgasmo. Además, la parte del cuerpo en la que se efectuó la conversión (puede ser cualquier parte del cuerpo) toma el valor de un órgano sexual. La vida sexual del histérico es una paradoja sufriente. Se trata de un cuerpo profundamente erotizado coexistiendo con una zona genital anestesiada. La contradicción reside en que se produce una necesidad sexual excesiva y –al mismo tiempo- un rechazo de la sexualidad.

El deseo del histérico es un deseo de insatisfacción. Los histéricos anhelan profundamente aquello que en la realidad rechazan. Son siempre el tercero excluido o se sienten siempre como el tercero en discordia. Su fantasía es que los demás gozan algo que a él le está vedado. Finalmente hace las cosas para no consumar una relación sexual y, en caso de que la relación se produzca, se las arregla para no disfrutar de ella[v]. Un buen ejemplo de esta conducta se ve en la película Felicidad del estadounidense Solondz, en la que un individuo obeso y solitario se masturba cada noche mientras llama por teléfono anónimamente a su vecina y cuando la tiene “en vivo” en su propio departamento, no atina a hacer nada para seducirla.

Algunos de los síntomas más representativos de neurosis histérica registrados en la época de Freud eran cegueras o parálisis temporáneas, gemidos o balbuceos incontrolables, tics o anorexias, y asco a la genitalidad. Ahora bien, cuando las consideraciones sobre la histeria atravesaron los gabinetes psicoanalíticos y comenzaron a circular por la sociedad fueron reducidas a fórmulas o clichés. Histeria pasó a ser liza y llanamente sinónimo de algunas manifestaciones casi mecánicas como gritar sin ton ni son o convulsionarse, o excitar y excitarse sexualmente rehusando la consumación.

Otra pérdida de sentido sufrida por la noción de histeria en su traslado de los ámbitos científicos al imaginario social, fue la idea de que quien “histeriquea” lo hace conscientemente. Es decir, pone su voluntad y libre arbitrio al servicio de seducir a alguien y luego rechazarlo sexualmente. Sin embargo, en la noción psicoanálitica, el histérico no construye esas conductas por designio de su libertad consciente, sino por medio de mecanismos psíquicos inconscientes que van más allá de su voluntad de elegir. El imaginario colectivo, al despojar a este tipo de neurosis de su condición de enfermedad, impregnó de culpa a la conducta histérica, como si el neurótico fuera responsable de los síntomas de su enfermedad. De más está decir que en la versión cotidiana de la histeria ni se considera el sufrimiento del enfermo, se piensa más bien que se trata de una especie de sádico que hace sufrir a los demás y goza con ello.

Pero Freud no estudió la histeria descontextualizada. Esta neurosis, como todas las patologías por él estudiadas, se inscribe en un marco teórico referencial construido en parte por Freud y acorde en cierta medida con ciertos supuestos sociales que imperaban en su época. Es verdad que muchos de esos supuestos fueron deconstruidos por la teoría freudiana. Pero los supuestos sociales o científicos, es decir, los supuestos epocales no se construyen desde la nada. Siempre existe alguna práctica social que da cuenta (a veces de manera un tanto anómala) de ellos. El supuesto subyacente, en ese caso, era que la satisfacción sexual “normal” debe provenir de la relación con un objeto de deseo (otro sujeto) heterosexual y consumarse de manera casi bíblica.

En consecuencia, si la idea regulativa de una satisfacción sexual plena es el modelo planteado, se desprende casi necesariamente que quien no observa tal conducta y se excita con otra persona sin consumación tradicional, es un histérico. Y esto valdría tanto para el saber científico como para la opinión cotidiana. Pero si retomamos la idea de que el deseo no es algo invariable a través del tiempo, sino una construcción social, se puede concluir que si existen nuevas prácticas sociales, se producen nuevas formas de deseo; mejor dicho, nuevas formas de representaciones del deseo.

Lo dicho vale también para las patologías en general. Existen enfermedades epocales. La histeria decimonónica respondía a prácticas propias de la moral victoriana represora, pacata y multiplicadora de deseo a costa de coacciones. Respondía al modelo reinante en el orden burgués, según el cual los niños eran seres asexuados y, de no ser así, eran una especie de monstruos. Finalmente, respondía asimismo a la idea de que la única sexualidad “saludable” era entre adultos de distinto sexo y con consumación tradicional. Resulta obvio que el psicoanálisis sacudió ese modelo y promovió cambios. Pero también promovió nuevas codificaciones del deseo.

No obstante no todo es cambio en el devenir histórico, también existen continuidades, aunque a veces varían su sentido. La anorexia –por ejemplo- persiste, pero habría que ver si como síntoma histérico en el sentido tradicional o como respuesta defensiva ante una sociedad hiperconsumista que atosiga de mercancía a las personas haciéndoles perder su capacidad de desear.

 

3. EL MEDIO Y LA SATISFACCIÓN DEL DESEO

Las prácticas eróticas modernas se sustentaban sobre el imaginario burgués que, a su vez, se había constituido sobre el modelo que milenariamente habían impuesto la ciencia médica antigua, primero, y la religión cristiana, después. Ya Hipócrates hablaba de los peligros de la masturbación y más tarde la Iglesia católica no sólo adhirió a ese discurso sino que impuso como único modelo de relación sexual lícita el heterosexual marital y sólo con fines de procreación. En la modernidad el modelo se hizo laico, pero no por ello se tornó mucho más permisivo. Por ejemplo, en el siglo XVIII se inventaron máquinas para que los chicos no se masturben.

Aunque no importa tanto, en este caso, lo que la gente realmente hacía, sino lo que se supone que debía hacer, primero en nombre de la moral y más tarde en nombre de la salud mental. Todavía se pueden encontrar psicólogos que consideran que la homosexualidad es una enfermedad o que las conductas sexuales que no responden al modelo hegemónico (aun cuando se realicen con acuerdo de participantes adultos y sin involucrar a nadie contra su voluntad) son perversas. Esto no le quita méritos al psicoanálisis en su tarea desmitificadora y efectiva acerca de la sexualidad humana. Pero tampoco lo pone a salvo de haber ejercido cierto poder domesticador sobre la pulsión deseante, en tanto el origen (y la posible resolución) de los conflictos sexuales son remitidos a las estrecheces de la cama matrimonial materno-paternal. El psicoanálisis tradicional, por un lado, amplía el territorio de la sexualidad pero, por otro, valida el modelo sexual de la pareja burguesa. Tal es una de las tesis centrales de El Anti-Edipo de Deleuze y Guattari[vi].

Por su parte, la tecnociencia médica -que tradicionalmente estuvo en contra de la masturbación- ahora no sólo la acepta sino que la promueve. La fecundación in vitro necesita masturbadores solitarios, a los que se excita mediante videos, revistas porno y, en algunos casos, juguetes sexuales esparcidos por la aséptica sala de un centro de salud especializado en inseminación artificial. Se podría decir que la biotecnología ha contribuido a elevar el nivel de aceptación social de la masturbación. Esto hace que desde el punto de vista moral se la considere con otros ojos; pues la ciencia, al hacerla partícipe de su desarrollo, en cierto modo la ha legalizado[vii].

Otro tanto podría decirse de la “bendición” que la informática le otorga a la masturbación. Los millones de dólares que circulan detrás de la venta de pornografía por Internet deben ser equivalentes a los millones de masturbadores solitarios que produce. El chateo también está atravesado por pulsiones masturbatorias. La primera pregunta que suele hacerse, al iniciarse una comunicación, es acerca del sexo de la persona virtual (h o m?), la segunda, acerca de la posibilidad de practicar cibersexo. A esto se puede agregar otras prácticas contemporáneas como mantener “relaciones sexuales” con equipos de realidad virtual, o el intercambio erótico telefónico, o “hacer puerta” en las inmediaciones de las discotecas (donde todo el juego se reduce a mirar y seducir), o bailar solo delante de una espejo o “transar”, es decir, abrazarse, besarse, excitarse y no consumar[viii].

Pero todas esas prácticas no necesariamente producen insatisfacción histérica. Porque el imaginario social actual no exige, como el moderno, penetración real, eyaculación y orgasmos pénico-vaginales. Exige, más bien, abstenerse de tener relaciones o tenerlas con cuidadosas prevenciones que –sida mediante- nunca llegan a ser totalmente seguras. Tampoco se debería perder de vista que los jóvenes actuales han nacidos bajo el influjo de los medios masivos. En algunos casos han estado más horas frente a una pantalla portadora de imágenes de cuerpos perfectos ajenos a la familia, que frente a la materialidad de cuerpos maternos o paternos concretos que en otros tiempos provocaba atroces deseos incestuosos.

Estos jóvenes han comenzado a desarrollar sus actividades sensomotoras tocando teclas de computadoras que le abrieron las puertas de mundos maravillosos ¿Por qué deberían querer una satisfacción más allá del medio mismo, si el en el medio ya se encuentra cierta satisfacción? A ello hay que agregarle que los medios gratifican en sí mismo o brindan abundante material imaginario para la masturbación. El autoerotismo parece llamado a constituirse en la menos riesgosa de las satisfacciones sexuales: no produce hijos indeseados, no contagia virus y no se carga con todas las obligaciones que exige el mantenimiento de una pareja real. Pero tiene su contrapartida, evidentemente.

En el juego mediático faltan estímulos reales, falta contacto con la piel, con el gusto, con el olfato. Pero si se ponen en los platillos de una balanza imaginaria lo positivo y lo negativo de este tipo de satisfacción sexual parecería que el sexo mediatizado y el autoerotismo no quedan tan mal parados. Pues la falta de piel, olor y sabor (que no siempre son agradables a nivel de la realidad) se compensa con el desborde de la imaginación. Por teléfono, chat o mail mi amante puede ser perfecto, puede gozar de atributos que superan a los reales. La seducción, que es del orden de la ilusión, se despliega serena en el juego sin cuerpo de los cuerpos. No teme ser perturbada por un olor desagradable, una lengua ríspida o una saliva ácida.

Si esto es así, la conducta de excitar sin consumar ya no puede ser considerada necesariamente histérica. En algunos casos ni siquiera se trata de patologías, sino de nuevas formas de deseo o de representación del deseo que han encontrado nuevas formas de satisfacción en el medio mismo. La era de la penetración le está dejando paso al sexo mediatizado o masturbado, que no necesariamente es solitario o dirigido al propio cuerpo. También puede haber interrelación sin penetración tradicional y con satisfacción mutua. Estamos asistiendo a la des-satanización del goce sexual. En una cultura hiperindividualista, el sexo individual no desentona. Máxime cuando la tecnociencia le sirve como garantía y el mercado como estímulo.

La insatisfacción de la histeria surgía de un modelo socialmente aceptado que era doblemente “perverso”, porque dirigía los flujos del deseo hacia una forma hegemónica de realizarlo y suponía una niñez asexuada. Pero en el imaginario actual, las cosas comienzan a ser diferentes y nos beneficiamos con una multiplicidad de modelos. Se goza con la pantalla erotizada del cine, la TV, la PC o los juegos electrónicos, con el teléfono, con los sonidos surgidos de un aparato de audio o con la comunicación digital con un ser desconocido, y llegado el caso, hasta se puede concertar un encuentro real.

Por otra parte, se sabe que ya existen miles de personas que nacieron de la masturbación de innumerables donantes. Se sabe que existen seres vivos clonados. Seres que como Jesús han nacido exentos de cualquier actividad sexual. A ello hay que agregarle que nadie ignora el peligro del sida. En consecuencia, la nueva configuración de los mapas del amor está desarticulando la idea de que no consumar con un objeto concreto es siempre desoladora. Además, si el deseo no tiene objeto y lo que imaginamos que es nuestro objeto de deseo es en realidad una representación de algo inalcanzable, podría ser que la representación del deseo, actualmente, comience a ser el medio mismo. Cuando McLuhan anunciaba los tiempos de la globalización, decía “el medio es el mensaje”. Hoy que esos tiempos han llegado, se puede agregar que el medio, además del mensaje, es el deseo.

Pero no todo es gratificante en esta penetración mediática proveniente de la tecnociencia. Resulta alarmante, por ejemplo, la nueva eugenesia que se está imponiendo desde la biotecnología. Valga como ejemplo el siguiente fragmento: “Si mediante el estudio del conjunto de la información genética que posee un individuo se detectara un ser superior, se lo debería clonar. Esa copia directa de su perfección le ahorraría a sus descendientes los riesgos que se corren con la vieja manera de traer hijos al mundo, es decir, procreando cuerpo a cuerpo. La reproducción sexual sólo debería mantenerse para investigaciones experimentales dejando en manos de la ingeniería genética la descendencia y el mejoramiento de la especie humana”, he aquí la expresión de deseo de un destacado genetista[ix].

“Hagamos el amor y no la guerra” se está convirtiendo en “hagamos la guerra al modo tradicional de hacer el amor”. Esto no significa necesariamente ausencia de satisfacción, significa más bien búsqueda de diferentes formas de lograrla, una de ellas podría ser a la manera de un Woody Allen futurista, que en la película El dormilón, se encierra en un orgasmómetro para alcanzar las cúspides del placer sexual.

 Esther Díaz

 


 

[i] La tesis del surgimiento de la sexualidad desde la  proliferación de discursos sobre lo sexual y de dicha figura biológico-cultural  (la sexualidad) como invento moderno es defendida por Michel Foucault en La voluntad de saber (primera edición: París, Gallimard, 1976); y su relación con las prácticas de encierro y la necesidad de mano de obra “obediente” es estudiada por el mismo autor en Vigilar y castigar (primera edición: París, Gallimard, 1975). 

[ii] Véase Marx. K., “Critique de la philosophie de l’Etat de Hegel”. En Oeuvres philosophiques, IV, citado por Deleuze, G., y Guattari, El Anti-Edipo, Barcelona, Paidós, 1983, p. 304.

[iii] Véase Nietzsche, F., Fragmentos póstumos, Bogotá, Norma, 1993, pp.123-162.

[iv] Los textos de Sigmund Freud utilizados para esta pequeña reseña de la histeria son Estudio sobre la histeria y Nuevas observaciones sobre las neuropsicosis de defensa, en Obras Completas, Tomo I, Madrid, Biblioteca Nueva, 1973.

[v] Véase Nasio, J. D., El dolor de la histeria, Buenos Aires, Paidós, 1991.

[vi] Véase Deleuze y Guattari, o.c.

[vii] Otra validación científica de la masturbación estaría dada por la contrastación –ecografía mediante- de la erección del pene de algunos fetos masculino que lo tocan con su mano.

[viii] Además, en EEUU, existen clubes de masturbadores desde la década de 1980. Estos grupos fueron promovidos por algunas comunidades gay a partir de los estragos producidos por el sida.

[ix] El genetista es Joshua Lederberg, en “Experimental Genetics and Human Evolution”, en Bulletin of the Atomic Scientists (octubre de 1996), p. 6; citado por J. Rifkin, El siglo de la biotecnologías, Barcelona, Crítica, 1999, p. 205.

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