Esther Díaz

ESTHER DÍAZ

Doctora en filosofía

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Critica de Jorge Rueda a "El himen como obstáculo epistemológico" de Esther Díaz

El himen como obstáculo epistemológicoEl libro se presenta como los "Relatos sexuales de una filósofa" y en Argentina eso significa una figura connotada ya que el trabajo de investigación, académico y de divulgación de la Catedrática y Doctora en Filosofía Esther Díaz es abundante y conocido; desde textos obligatorios en el CBC (Ciclo Básico Común, -una especie de propedéutico que se cursa por lo menos en la Universidad de Bs.As.-) hasta docencia en postgrado, participación en medios de comunicación y tertulias científicas. Sus temas: la epistemología, Foucault, Deleuze y sus implicaciones.


No conozco de ella salvo lo que se puede revisar en internet, pero su incursión en la narrativa de entrepierna es afortunada. Su colección de relatos vertiginosos -ninguno debe exceder las 5 cuartillas- y sus personajes sorprendidos en el intríngulis venéreo son entrañables. Casi una cuarentena de frescos que muestran los intersticios del deseo de personajes que van desde amantes asesinos a taxistas que se unen a la fiesta, descritos con pocos pero encomiables trazos retuercen su sexualidad para darle satisfacción. Pareciera que Esther fue desempañando los vidrios mohosos de la urbe para asomarse al sexo de los ancianos, al de los pepenadores, a la descarga obscena del violador.

Los textos en su mayoría no son piezas enjaezadas para el deleite placentero, sino para la introspección personal y social; el reconocimiento de los actos de sexualidad que ocurren y que puede imaginar (casi) cualquiera. Sus narraciones son realistas y es notoria la gana de denunciar el contexto de las filias y emisiones de los personajes, y lo hace a través de una prosa puntual y sencilla que desarrolla las ideas que rodean la búsqueda o el encuentro sexual: Quién es el actor, Qué está pasando y Por qué. Esther reflexiona sobre la sexualidad específica de nuestro tiempo y civilización. Algo así como Cristina Pacheco y "Aquí nos toco vivir", en versión hard core: la mirada sociológica (esta vez sexuada) narrada de forma exacta y trascendente, a veces cortante como su denuncia, a veces lúdica como su deseo.



Esther confiesa en sus entrevistas haber tomado impulso merced a lo que percibió en las revueltas argentinas de diciembre de 2001, donde encuentra que "en momentos de mucha angustia, la sexualidad es una manera de reafirmar la vida, a pesar del dolor", y es su vena foucoultiana la que la lleva a ese sesgo: la sexualidad como campo de dominación y terreno de expresión sociopolítica.
Me parece loable y bastante honesto nombrar a sus relatos sexuales y no eróticos -aunque algunos lo son en estado puro y otros están escritos desde ese mirador, sin embargo por lo fugaces son poco climáticos -. Esther va por el desenmascaramiento y por hacer explícitas las fantasías reales y las realidades pesadillescas, y menciono esto no en desdoro del libro sino como muestra de cómo el barco de la sexualidad puede atracar en diferentes puertos.

Los relatos comprenden una taxonomía de deseos, fantasías y preocupaciones tamizados por una mujer madura e inteligente que elegantemente las expone sin tapujos ante una sociedad hipócrita y mojigata. Baste como ejemplo su (moralmente) perturbadora Mater immaculata -que hace notar la excitación durante la lactancia-; la recurrente fantasía de la mujer cachondeada a tras mano por un desconocido de su lúbrica Máquina de guerra; el cruel relato que da título al volumen, la detestable condición social de Masoquismo elemental y Ciudad sin ángeles, pederastia, autoconmiseración y violencia -respectivamente-.


Voluptuosos son Todo por dos pesos, Cuestión de tamaño, y Bien sabe el cazador dónde tender sus redes, en los que, desde su particular y filosófica explicación de la realidad teje situaciones y describe personajes que apropiándose de su sexualidad la satisfacen sin reparar en los axiomas sociales.


El himen como obstáculo epistemológico es sin duda un apreciable ejercicio de libertad y desparpajo, de honestidad y sensatez. Bien por Esther y su libro. Bien por no ser acomodaticia y desde su tribuna mostrarnos las piernas y los deseos. Bien que una figura connotada y pública no se arredre y lance, no una piedra, sino su perfumado liguero. Bien por su prosa, por su peinado de pájara brava, su Ph D y los redaños que la impulsaron a mostrar la piel del deseo porteño.

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