Esther Díaz

ESTHER DÍAZ

Doctora en filosofía

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MOSTRAR LAS HERIDAS

                                                               Esther Díaz

 

Tomás, que después fue santo, presionó al hijo de Dios, que también es Dios, para que mostrara sus heridas. Exigió una prueba y la obtuvo. El incrédulo metió su mano en la carne desgarrada del maestro. La divinidad también expone sus heridas y las representaciones religiosas se ocupan de reproducirlas sin solución de continuidad: las cinco llagas de Jesús, su cabeza (a veces su corazón) sangrando por las espinas, María exhibiendo el cuerpo estigmatizado de su hijo. El arte se hizo cargo de la mostración impúdica de las cicatrices e inspiró  obras cruciales de la cultura occidental.

Pero no solo a nivel religioso y artístico se valora la exhibición de los cuerpos lastimados. Los guerreros siempre portaron sus heridas a modo de trofeo, así como los piratas, los prisioneros y, dando un salto en el tiempo, los tangueros. “De cada amor que tuve tengo heridas, heridas que no cierran y duelen todavía”. También el rock coquetea con la carne horadada, aunque de manera más críptica como en “Salando las heridas” de los Redondos, o más explícita como aquellas bandas que se llamaban “El rock de las heridas” y “Las heridas del rock”.

Formamos parte de una cultura acostumbrada a relacionar amor con sangre, bravura con cicatrices y exhibición de las heridas con honestidad. Heather Mills, la ex mujer de Paul McCarney, hace alardes de su pierna ortopédica frente a cámara. La farándula muestra sus intimidades y llora en público. Se exhiben incluso  las heridas del alma, recordemos a Lady Di. También aquí existen casos paradigmáticos. Mirtha Legrand al enviudar diseccionó su pena desde la pantalla con rigurosidad de cirujano y llanto de velorio. Años después su nieta siguió sus enseñanzas y ofrendó su privacidad a los dioses mediáticos.

Hasta la ciencia se pliega a la disolución de lo privado cuando transmite en circuito cerrado el festival sangriento de los quirófanos. Y la población, en general, encuentra natural y paliativo mostrar en televisión el dolor por el hijo asesinado, los moretones de la mujer golpeada o la angustia por el familiar raptado. Los políticos, por su parte, consideran necesario ahondar en esa tendencia facilitada por la tecnología pero consentida y buscada por ellos mismos.

            Cuando lo privado deviene público se borran las fronteras entre el adentro y el afuera. En las viviendas medievales no se delimitaban espacios para la intimidad. Todo, o casi todo, se producía “a cielo abierto”. A partir de la Revolución Industrial se comenzaron a estandarizar el dormitorio matrimonial, la separación entre el hogar y los negocios, entre la cocina y el baño, entre los señores y los sirvientes. La división entre lo público y lo privado es un  invento de los burgueses modernos.

Pero el límite  se fue desdibujando. Los secretos de ayer son expuestos sin pudor en el imaginario de hoy. Los políticos se plegaron al  fotoblog, el Twitter y demás confesionarios digitales y mediáticos. Pero no debería olvidarse que la exhibición de lo que antes se ocultaba puede no ser sinónimo de transparencia. Mostrar heridas y otras  intimidades, además de responder a un imperativo epocal, puede funcionar como  una cortina que esconde más de lo que muestra. Sin embargo es posible responder con distancia crítica y no necesariamente destructiva. Aunque lamentablemente este don no parece accesible para argentinos ya que solemos juzgar a nuestros políticos de manera maniquea -buenos o malos- privándonos así del beneficio de las tonalidades.

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