Esther Díaz

ESTHER DÍAZ

Doctora en filosofía

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HEIDEGGER, DESVENTURADO EL QUE COSECHA DESIERTOS

Esther Díaz

Nota aparecida en Página 12, Buenos Aires, 26 de mayo de 2006 (a treinta años de la muerte de Martin Heidegger)

 Martin Heidegger

Hemos sido arrojados a un mundo en el que comprendemos nuestra realidad desde la patencia de una finitud que nos identifica. La muerte es nuestro atalaya móvil. Moriremos, pero no sabemos cuándo. Esta circunstancia  posibilita la reafirmación en una existencia que oculta y revela su propia autenticidad. El joven Heidegger recorre senderos de este tenor en la época de El ser y el tiempo. Considera que las palabras no son esencias, sino instrumentos, se permite sospechar de la atemporalidad de los conceptos filosóficos, desde su teoría parece invitar a la praxis. En esta primavera de su vida y de su filosofía, Heidegger rechaza actitudes filosóficas que se pretendan exentas del tiempo y del azar. De pronto, coincidiendo con circunstancias cruciales de la realidad alemana y de la actividad pública del filósofo, hubo años de silencio. No publicará casi nada desde 1933 hasta 1942.

Y, aunque habría que considerar también los acontecimientos que marcaron ese paréntesis, no es el paréntesis en sí mismo el que nos habilitaría a hablar de un cambio de dirección en su filosofía, sino un desarrollo operado desde la propia reflexión heideggeriana. En ella se concibe a Occidente como único don del ser. Un ser que más que en el tiempo, se buscaría ahora en el lenguaje. Cuando Heidegger asume su investigación acerca de un pensar tras el final de la metafísica, parece navegar por aguas que en su juventud había rechazado. Esta circunstancia, más que marcar etapas irreconciliables en su derrotero teórico, estaría señalando una torsión al interior de su pensamiento. Suele decirse que la filosofía se construye destruyéndose a sí misma hasta revelarse vacía, que requiere asumir un pensar desde la oquedad, resistiéndola. Si esto es así, el legado de Heidegger residiría, de manera privilegiada, en la deconstrucción de la entrañable sentencia nietzscheana: el desierto está creciendo, desventurado el que cosecha desiertos.

 

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