Esther Díaz

ESTHER DÍAZ

Doctora en filosofía

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CUERPOS EN LLAMAS
Esther Díaz

Artículo de Esther Díaz, publicado en "Diario Z", Buenos Aires, 03-03-11.



Es obvio que el maltrato a la mujer no es un invento de los porteños. Pero es notable la sagacidad de alguno de ellos para aportar originalidad al ya milenario maltrato. A las mujeres ahora se las quema. Mejor dicho, se las asesina mediante el simple trámite de rosearlas con alcohol y tirarles un fósforo. Esa modalidad siniestra se instauró en Buenos Aires en febrero de 2010. Paradójicamente solo faltaban pocos días para la conmemoración del Día Internacional de la Mujer.

Eventualmente han ocurrido casos similares, aunque aislados. Pero lo que distingue a esta muerte es su relevancia mediática. Él es músico. Su banda tocaba en vivo cuando cientos de personas quedaron atrapadas en un incendio devastador. Es como si esa masacre, unos años después, se hubiera replicado en la piel, la carne y los huesos de su pareja. Desde ese momento, la repetición al infinito de la noticia de la mujer quemada, las fotos y los detalles -entre los cuales no es menor la figura de una mujer en llamas tatuada en el cuerpo del marido- parecen haber despertando impulsos colectivos de violencia de género. En nuestro país, en el transcurso del último año fueron quemadas vivas veintiocho mujeres, quince de ellas murieron. En la mayoría de los casos el incendio se produjo cuando estaban a solas con su hombre.

Cobertura legal no falta, si bien no abunda. Las porteñas tienen derecho a no padecer violencia, a gozar de una vida plena, a participar en actividades públicas y privadas de manera igualitaria, a no ser víctimas de tráfico de personas o de explotación sexual. Aunque todavía le faltan derechos, como el de disponer de su propio cuerpo reduciendo los riesgos mediante la legalización del aborto. Pues si bien la presencia de reglas jurídicas no siempre garantiza prácticas sociales justas -los ejemplos citados son prueba de ello-, la ausencia de normativa necesariamente desemboca en tragedias. Muertes por prácticas abortivas clandestinas, parturientas preadolescentes con sus vaginas desgarradas, mujeres carenciadas laceradas por ajugas de tejer y toda la sórdida parafernalia que acompañan estas circunstancias conocidas por todos pero no asumidas por nadie.
Los derechos de la mujer aumentan pero la segregación continúa. En algunos niveles se ha ganado algo así como una equiparación con el poder masculino. No obstante la mujer no se ha desligado del núcleo de la responsabilidad doméstica. Difícilmente un padre falte al trabajo para llevar a su bebé al pediatra. La mujer, más que igualarse al varón, asume un peso adicional. Las nuevas adquisiciones laborales, profesionales y políticas no la liberan de las obligaciones tradicionales. A la filiación privada se le agrega la pública. Se podría decir que las porteñas, en general, ya no son reducidas a servidumbre, pero tampoco se las puede considerar emancipadas; en definitiva: ni siervas ni liberadas, sobrecargadas.

Los estereotipos respecto del sometimiento femenino sostienen nuestro entramado social. En 1927, en el Quinto Baile de los Aviadores realizado en el teatro Ópera de Buenos Aires, se estrenó “Arrabalero” con letra de Eduardo Calvo y música de Osvaldo Fresedo. Los autores son hombres pero el sujeto de ese tango es una mujer. Canta su amor por un macho de Puente Alsina. El compadrito la muele a palos pero ella no se preocupa ya que la faja pero la quiere, porque “la sabe de corazón”.

No deja de ser llamativo que todas las mujeres quemadas en los últimos meses lo primero que dicen, cuando son asistidas por terceros, es que fue un accidente, encubriendo al violento y desechando así su propio derecho a defenderse.

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