Esther Díaz

ESTHER DÍAZ

Doctora en filosofía

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ADOLESCENCIA Y ALCOHOLISMO.
EMBRIAGUEZ  TEMPRANA
Artículo de Esther Díaz, aparecido en Imago Agenda Nº126, Buenos Aires, verano 2008/9

 

Si los dioses quieren destruir a alguien, comienzan por volverlo loco. Luego lo abandonan a la hybris, a la desmesura incontrolada acompañada de una confianza exagerada en sí mismo. Pasión irracional, desequilibrio, irresponsabilidad. Se suele relacionar hybris con moria, el destino. Porque quien comete excesos es víctima de un sino inmanejable que lo aleja de la prudencia. El portador de hybris desea más allá de toda medida.

Edipo es un arquetipo de posesión de hybris, un ser desmesurado en  el ejercicio del poder, en la búsqueda de la verdad, en la consumación de consaguinidad. Su vida es un entramado de relaciones prohibidas, una urdimbre de filamentos ensangrentados y de ojos arrancados, un llanto desgarrado. Edipo al nacer ya es lo suficientemente viejo para morir. En realidad todo ser vivo llega al mundo con esa posibilidad, pero el hijo de Layo está marcado por una condena explícita. No es aleatorio que la cultura occidental lo cuente entre sus mitos fundantes. Su figura se reitera en diferentes interpretaciones históricas.

El adolescente posmoderno es un pequeño Edipo -no ya por el fantasma del incesto- sino por lo incontrolable de sus pulsiones. Su cuerpo,  inconsciente de los riesgos, se entrega al descontrol desde una confianza exagerada. “No pasa nada” es la réplica adolescente ante las advertencias sobre el posible resultado de sus desmadres. Algo similar contesta Edipo cuando los sabios le aconsejan prudencia en el ejercicio del poder y límites en la búsqueda de la verdad.

Durante el siglo XX se comenzó a construir la categoría histórico-cultural de adolescencia y se la condimentó con ingredientes que, sumados a la ebullición de las jóvenes hormonas, amenazan cada vez más con desestabilizar esta frágil y crucial etapa de la vida. Siglos de represión y silencio sobre el sexo habían conseguido una especie de “latencia” en la percepción de quienes atraviesan el azaroso trance hacía la madurez. No porque los chicos no pensaran en la sexualidad ni estuvieron exentos de sus reclamos y de su ejercicio, sino porque ante el silencio sexual en el que subsistían, sobrellevaban mal que bien aquel secreto y, si ocurría algún derrape inoportuno, se lo cubría con un manto de silencio.

Pero el caso es que para fines del siglo pasado la sexualidad adolescente dejó de ser un misterio y se puso en palabras y obras repitiendo, obviamente, los esquemas propios de una sociedad patriarcal. Las chicas pueden mantener asiduas relaciones sexuales, pero no terminan de despojarse de una pátina de moral dudosa. Los chicos, por el contrario, imitan el modelo heredado que los arroja sin culpa a la satisfacción de sus impulsos. Y, para tranquilidad de las familias, hoy el sexo teen ager pasó al dormitorio, abandonó el zaguán. Fin de la busca de recovecos cómplices. Los adolescentes pueden dormir juntos en el cuarto del novio o de la novia, con la autorización (tácita o explícita) de sus progenitores. En el mejor de los casos, se los adiestra para que tomen sus recaudos y, si no los toman, el embarazo adolescente ya no parece ser demasiado problema para nadie (aunque obviamente lo es).

Otro tema es el  HIV, aunque de esto se habla y en cierta medida se torna manejable. Aunque continúa siendo alarmante el alto porcentaje de adolescentes que manifiestan no cuidarse en sus relaciones sexuales, a pesar de que conocen los riesgos. El conocimiento de las causas no necesariamente pone a salvo de los efectos. Flota una sensación de que el sida es lo que les ocurre a los otros. De modo tal que estas pequeñas personas que atraviesan el nada confortable pasaje de la infancia hacía la adultez han entrado en una especie de regulación-desregulada, ya que hay conocimiento del peligro, pero también cierta promiscuidad que se cuela como un fantasma en sus encuentros no monitoreados.

Pero como si estos excesos fueran pocos, en los últimos decenios se ha instalado una práctica casi desconocida con anterioridad e impensable a nivel masivo: la ingesta adolescente de bebidas alcohólicas ¿Qué pasó para que una edad que históricamente no se había entregado de manera alarmante al alcohol, ahora se confunda con él? El estado de las cosas brinda muchos elementos para propiciar este tipo de hybris. Las mismas hormonas que desvelan sus sexos se movilizan también por estímulos fuertes y de rápido efecto como el que otorga el estado etílico. La explosión fisiológica obnubila los reflejos auto defensivos y minimiza la posibilidad del riesgo impidiendo la prudencia.  

Además, la sociedad incita a los adolescentes desde los más impensables rincones. Los abusos alcohólicos de los adultos en sus reuniones festivas. El botiquín de la casa plagado de drogas medicamentosas. Las propagandas de bebidas espirituosas consumidas por seres  bellos, atléticos y exitosos. El doping encarnado en el deporte. El aura de seguridad como producto del comienzo de la ingesta, a pesar de con ella comienza asimismo la tendencia entrópica. Hay una tentación social por las prótesis adictivas, por las sustancias que al entrar en el cuerpo perturban las funciones psicosomáticas. “La embriaguez –dice Nietzsche- es la irrupción de la planta en nosotros”. Perdemos el autodominio y pasamos a ser manejados por lo que consumimos.

Frente a ello, la timidez que suele acompañar esta etapa de la vida se evapora mágicamente al hechizo de los efluvios váquicos. Aumenta la adrenalina y el bienestar. Se niega el conflicto, ya que es propio de este momento histórico-biológico dejarse llevar por una especie de omnipotencia. Como si se estuviera vacunado contra la enfermedad y la muerte, como si la extrema juventud fuera una especie de Aquiles a quien un baño previsor puso a salvo de cualquier maleficio, como si se ignorara que existe un talón no  inmunizado.

Encuestas recientes revelan que el 47% de los adolescentes consultados expresan haber consumido alcohol con relativa regularidad, y el 14% asume haber cometido excesos. En las madrugadas de los fines de semana, los aledaños de los locales bailables  exhiben tandas de “muertos” (como se dice en su jerga). Son jóvenes inconcientes a raíz de la ingesta alcohólica. Yacen acomodados –por los patovicas- uno junto a otro durmiendo su borrachera y enchastrados en sus propios vómitos; hasta que un remisero, un compañero extrañamente sobrio, o sus progenitores vienen a hacerse cargo. Los arrastran a sus hogares. Varios terminan en guardias hospitalarias.

La sociedad represiva no conocía abundancia de borrachos tempranos. La permisiva parece someter a los jóvenes a una fallida maduración de microondas. Un capítulo aparte merecerían los viajes de egresado. En algunos destinos el objetivo ya no es la naturaleza, la vida comunitaria, el baile o el sexo. Es simple  y llanamente beber hasta caer exhaustos. Las calles de la Ciudad de Bariloche son testigos del revulsivo accionar dionisíaco. Toman desorbitadamente y vomitan a baldes. Algunos son abatidos por la violencia de sus intoxicaciones. El alcohol adolescente hace estragos en todos los estamentos sociales. Cambian las vestimentas, las marcas, el poder adquisitivo, la calidad de las bebidas, pero no difiere la tendencia consumista.

Sin embargo, el uso del alcohol como rito de iniciación no es una novedad cultural. Mediante ritos las comunidades han ido fijando, seleccionando y ordenando –a través de acuerdos más o menos velados- los significados existenciales. Pero en la modalidad actual más que un rito pasajero es una permanencia que se renueva mientras el cuerpo aguante. Cambiaron las costumbres. Hace unos años, las horas que precedían a la entrada al salón de baile se ocupaban con lo que los jóvenes denominaban “hacer face” o “hacer rostro”. El juego era la seducción. Se miraba y se era mirado. Todas las fantasías fluían en aquel transcurrir gozoso. La seducción es del orden de la ilusión y  preanuncia fogosos instantes que suelen diluirse en la medida en que se penetra en la realidad. Al entrar a la discoteca se producía el extraño fenómeno de grupos de chicas excitadas pero aisladas, frente a grupos de muchachos no menos excitados ni menos aislados de sus objetos de deseo. Bailaban solos frente a un espejo. No se juntaban. A lo sumo “tranzaban”: se abrazaban, se besaban y luego se separaban mansamente. Muchas veces ni intercambiaban nombres. Todo terminaba ahí. La tranza como entramado de caricias continúa, pero actualmente ha aumentado el voltaje.

Ahora el “hacer rostro” se cambió por “la previa” que consiste en reunirse antes de ir a la disco para tomar grandes cantidades de bebidas blancas con energizantes. En algunos casos se agregan medicamentos, eventualmente éxtasis o alguna otra droga de diseño. De modo tal que cuando llega el momento de entrar al baile, hay muchos que ni siquiera tienen fuerza para hacerlo y la mayoría ya ha perdido la inhibición. El paisaje ha cambiado, ya no están separados sino mezclados buscando oscuros laberintos para practicar figuras sexuales. Algunos gastan la noche en puro alcohol dejándose llevar por el vértigo corporal.

El berretín etílico puede no ser más que un episodio. Pero si se reitera compulsivamente se instala en la subjetividad y se convierte en adicción. Ad-dictum es el que se encuentra en disponibilidad para recibir  mandatos (dictados) y obedecerlos. En la adicción el sujeto es eclipsado por la sustancia o la conducta de la que depende. Es caldo de cultivo para disfunciones corporales, psíquicas y sociales. Pierde el intercambio productivo con los otros y establece una relación de amor-odio con su objeto de consumo. El adicto deja de lado cualquier elección que no involucre su compulsión.

Pero la adicción no se produce mágica ni automáticamente. Hay un largo proceso psicológico, cultural y social. Señales, alertas, huellas. Existe también una proclividad a “dejarse llevar” por lo que hacen los demás, por el placer que no mide costos, por la búsqueda de simulacros de autoestima. Se afronta la angustia (o la inseguridad) por medio del alcohol en una comunidad atravesada por prácticas y discursos con prosapia alcohólica.   

En nuestro país no existe suficiente conciencia social para enfrentar el problema. Estamos ante un emergente de intensidad inusitada, aunque con escasa presencia en las agendas biopolíticas.  No se vislumbran planificaciones estratégicas para enfrentar la embriaguez temprana, a pesar de que subsiste a la vista de todos; aunque relativizada, negada, olvidada o descuidada. Habrá que preguntarse sobre la operatividad social de esta tendencia que amenaza con convertirse en flagelo ¿A qué dispositivo de poder le conviene el exceso alcohólico adolescente? Mejor dicho, la ingesta compulsiva de estos niños, ¿es funcional a la sociedad consumista?, ¿escapa a todo designio intencional? Algo falló, en la contradictoria sociedad de control y permisión, para que la conducta y la salud de la más temprana juventud se malogre en un océano de destrucción. Y como ya no creemos en ineluctables destinos edípicos ni en intransferibles cargas de hybris, tendríamos quizás que comenzar a pensar en generar prácticas, valores y sentidos que alejen de la adicción mortal  y reaseguren la intensidad vital.

     

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