Esther Díaz

ESTHER DÍAZ

Doctora en filosofía

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El hilo de Ariadna
Esther Díaz

Prólogo de Esther Díaz al libro de Roxana Ynoub, El proyecto y la metodología de la investigación, ISBN 978-987-22665-7-8, Buenos Aires, CENGAGE Learning, 2007.  

Teseo y el MinotauroEl Minotauro se arrastra por los recovecos de su cárcel que es palacio y guarida al mismo tiempo. Tiene hambre. Araña los muros chorreantes. Olisquea, atisba, babea. Ninguna de sus víctimas ha logrado escapar del enjambre endemoniados de sus pasillos. Pero el hombre-toro hace mucho que agotó sus reservas, en su obligado aislamiento no hay seres vivos para saciarse. No obstante, espera confiado. Su olfato le indica que se acerca el fin del ayuno.

Efectivamente, en la entrada de su fortaleza los sacerdotes cretenses preparan víctimas expiatorias para ofrecerle. Entre los sentenciados se destaca un joven aguerrido y hermoso. Es ateniense y se llama Teseo. Un conjunto de soldados, vírgenes consagradas, y curiosos rodean al condenado. Lo coronan con cintas multicolores para  confinarlo en los dominios del Minotauro. Untan su cuerpo con bálsamos aromáticos. Un grupo de jovencitas cumple con el ritual sacrificial. Esparcen flores alrededor del muchacho cuya presencia las inquieta. Ninguna se atreve a levantar la vista salvo Ariadna, la hija del rey de Creta. Se ha enamorado del ateniense desde el momento mismo en que lo conoció. La presencia del enemigo de su padre desata en ella un huracán de amor. Se propone salvarlo, imagina una estrategia y procura los medios para realizarla. Durante la ceremonia se acerca a Teseo y mientras simula cumplir con los ritos deposita un ovillo de hilo en su mano. Se miran.

Más tarde, Teseo es empujado hacia el encierro. Cuando lo dejan solo asegura un extremo del hilo de Ariadna en una piedra junto a la entrada. Luego desenvuelve el ovillo mientras camina con la serenidad que le produce tener el regreso garantizado. Busca, enfrenta y vence al Minotauro. Se toma un respiro y, alentado por sueños de libertad, accede finalmente a la salida del laberinto. Un halo de luz parece envolverlo, surge triunfante desde la oscuridad. Trasunta la placidez del obstáculo superado y el enigma resuelto. Un largo hilo pende de sus dedos y se pierde en el claroscuro de las rocas.

A partir de este relato mitológico podríamos asimilar la investigación científica a  un laberinto, y lo desconocido a un monstruo amenazante. Pero el presente libro nos puede conducir –como el hilo de la princesa cretense- a través de las vicisitudes de la metodología y las incertidumbres del saber. Penetraríamos así en los requisitos de la investigación y regresaríamos con la alegría de haber vencido. Porque lo desconocido, a veces, nos parece monstruoso; pero en la medida en que vamos despejando las dudas, vamos sintiendo el placer de la victoria. De modo tal que, casi sin darnos cuenta, al dejarnos llevar por la lectura vamos construyendo  conocimiento como quien hace camino al andar.

No obstante, nadie se lanza  a los caminos sin buenos motivos para recorrerlos. Y en el caso de la ciencia, siempre el desencadenante es algún problema teórico o práctico. Por ejemplo, el anegamiento de las minas subterráneas como consecuencia de las lluvias copiosas comenzó a ser un problema para los empresarios mineros del siglo XVII, pues al no contar con sistemas de absorción de agua, después de las tormentas, había que suspender el trabajo por largas temporadas. Aunque se manejaba un principio de solución introduciendo en el foso de la mina  un largo tubo, en cuyo interior operaba un émbolo que, presionado hacia arriba, lograba que se elevara el agua acumulada, pudiendo así desagotar las galerías. Pero resulta que, si se trataba de minas profundas y el tubo medía más de once metros, el agua no ascendía. En definitiva el problema persistía.

Ante esa situación aparentemente irresoluble, el joven científico Evangelista Torricelli pergeñó una idea. Supuso que el aire “pesa” y que su peso sería equivalente a la altura alcanzada por el agua entubada. A continuación se propuso poner a prueba su hipótesis. Realizó una contrastación empírica sosteniendo con una mano un tubo de un metro de largo que cerró con un dedo, y lo invirtió introduciéndolo en un recipiente con mercurio. Al retirar el dedo comprobó que el mercurio del recipiente descendía, mientras subía por el tubo hasta formar una columna cuya altura era catorce veces menor que la que se obtenía al realizar el experimento con agua.

El científico sabía que el mercurio es catorce veces más pesado que el agua. Infirió entonces que ambas columnas de líquido estaban soportadas por igual contrapeso, concluyendo que el aire era quien producía fuerza sobre el líquido del recipiente (y del agua de la mina). Constató así que en ciertas circunstancias la presión del aire influye sobre los líquidos, descubrió la presión atmosférica.

Es conveniente no perder de vista que si Torricelli logró enunciar y convalidar su hipótesis es, entre otros motivos, porque tenía amplios conocimiento de física (fue discípulo de Galileo), se esmeró en imaginar soluciones posibles, y se procuró medios para contrastar su hipótesis empíricamente. Es decir, estableció relaciones, construyó conceptos y los sometió a experimento.

Consideraciones de este tipo son propias de la epistemología, una rama de la filosofía que reflexiona sobre las características del pensamiento científico y la validación de sus métodos. Pero el análisis y desarrollo de los complejos requisitos de esos métodos es propio de la metodología, otra rama de la filosofía que estudia los procesos indagativos y proporciona medios para diseñar investigaciones. La epistemología considera la construcción y los fundamentos del conocimiento científico, mientras la metodología aborda ese conocimiento desplegando procedimientos de descubrimiento o innovación. La masa crítica de este libro gravita sobre lo segundo, pero brinda así mismo una introducción a lo primero.

Roxana Ynoub, antes de encarar el núcleo metodológico, produce una reflexión epistemológica sobre diferentes niveles del proceso de conocimiento. Realiza una génesis histórica que comienza con el despertar del saber sobre la vida, en la que los sujetos comprendieron el accionar de la conciencia, que no sólo sabe acerca del objeto que capta, también sabe sobre sí misma (saber que se sabe). A partir de ello, y con el correr del tiempo, se organizaron comunidades que daban cuenta de la realidad  acudiendo a mitos. Mucho después, en un estadio más elaborado, surgió la ciudad como configuración política -polis griega- mientras se inventaba y desarrollaba la filosofía. Y en un cuarto y último nivel se constituyó el Estado moderno, que es contemporáneo a la consolidación de la ciencia físico-matemática. La solidez de este planteo surge del ínter juego entre diferentes modos de ser en el mundo paralelamente con determinadas maneras de interpretar (o conocer) la realidad. “Dime cómo vives y te diré cómo investigas”, dice la autora.

La bisagra que articula la epistemología y la metodología es justamente la noción de método. A partir del segundo capítulo de este libro se accede a la especificidad metodológica, atendiendo tanto al significado de los términos, como a su uso en un proceso de investigación. Pues nos apropiamos del sentido de los términos en la medida en que los utilizamos con éxito. El lector que accede a nociones metodológicas y descubre la manera de aplicarlas capta la significación y la función de esas nociones.

Una vez que se delimita la idea de método comienza a quedar claro que investigar no es nada más -ni nada menos- que buscar. Aunque resulta obvio que la búsqueda científica exige rigor y meticulosidad tal como se explicita en la presente obra. Se destaca así mismo que la investigación es un proceso abierto, de modo que los resultados alcanzados en un momento se pueden transformar en punto de partida para nuevas investigaciones, otorgando a la investigación la posibilidad de ser fecunda. El conocimiento, más que cerrarse en respuestas definitivas, es capaz de engendrar nuevos interrogantes a partir de cada respuesta, nuevos problemas a partir de cada solución. Tanto en la ciencia como en la vida las verdades son provisorias.

“Sólo sé que no se nada”, dijo Sócrates cuando le comentaron que el oráculo de Delfos lo había señalado como el más sabio de los hombres. Esa frase es una de las fundadoras de la filosofía occidental y, en cierto modo, es el germen de la filosofía y de la ciencia. Ambas buscan lo desconocido. La filosofía intenta interpretar el mundo mediante conceptos, y la ciencia conocerlo y modificarlo a través de la técnica. La noción de mundo no se limita aquí a nuestro planeta como entidad material, sino también a la red simbólica en la que subsistimos: palabras, valores, cultura. El mérito de la frase socrática es indicar que si alguien cree que lo sabe todo, se cierra a la adquisición de nuevos saberes; en cambio, si reconoce su ignorancia, se abre a múltiples  posibilidades cognoscitivas.

Conocimiento y vida son identificados como procesos de detección y resolución de problemas. En función de ello, podemos imaginar este libro como un mapa que nos señala caminos y atajos de la metodología que, curiosamente, no son ajenos a la problemática de la existencia. Ahora bien, para resolver problemas hay que saber plantear preguntas que, de algún modo, orienten la búsqueda. La respuesta debe llevarnos hacia algún tipo de conocimiento no disponible hasta el momento; requiere asimismo ser formulada de modo que pudiera ser refutada por la experiencia; y exige que constituya un aporte teórico o técnico relevante. Dicho de otra manera, a nivel científico no se investiga sobre lo que ya está bien respondido, tampoco sobre situaciones de las que no se pueda tener experiencia, ni sobre asuntos que carezcan de importancia. Conviene no olvidar que los interrogantes de la ciencia se orientan a la producción de conocimientos nuevos y pertinentes.

Metodológicamente las preguntas le abren paso a las hipótesis. Pero una teoría científica difícilmente se podría sostener con una sola hipótesis, requiere varias; incluso no siempre una hipótesis (o supuesto) se encuentra al comienzo de la pesquisa, en algunos casos se explicita recién al final y a veces se llega al extremo de desarrollar investigaciones aparentemente sin hipótesis. A lo largo de estas páginas se presentan los distintos tipos de hipótesis en si mismos y en relación con otras instancias de la metodología, intercalando ejemplos que facilitan la comprensión y brindando diferentes entradas para cada tema, pues el texto principal es acompañado y reforzado por fragmentos de otros textos, recuadros aclaratorios, ilustraciones y llamadas de atención.

Una mención especial merece el tratamiento que se hace de los datos provenientes de diferentes estados de cosas que, por algún motivo, ameritan ser abordadas de manera científica. Se presentan cuatro instancias ineludibles en el desarrollo de la investigación: la unidad de análisis, las variables, los valores, y los indicadores operacionales y se las explica con claridad. Se despliegan asimismo los diferentes pasos del procesamiento y análisis de datos, y poco a poco se va arribando a estadios más complejos, generales y abarcativos de la maquinaria metodológica.

Cuando llega el momento de abordar el estudio de los proyectos y diagramas de investigación, se podría temer que la intelección de estas etapas nos hiciera olvidar lo que aprendimos al principio. Pero el libro muestra aquí su temple hegeliano, pues la lectura está organizada para que cada nuevo estadio de conocimiento contenga en sí al anterior, hasta integrarse en una totalidad abarcadora que rescata las particularidades analizadas precedentemente. Es decir que al mismo tiempo que avanzamos, repasamos.

Otro motivo para celebrar es la falta de dogmatismo y la apertura a las diferencias. No encontraremos aquí recetas únicas sino multiplicidad de instrumentos ineludibles para la confección de proyectos metodológicos. Se destaca la diversidad metodológica señalando que existe una tendencia a explicar mediante  causas en las ciencias naturales, y a interpretar (dar sentido, comprender) en las sociales. Pero se advierte que el rigor del método depende de la solidez de los planteos, la robustez de las fundamentaciones, y de una exhaustiva puesta a prueba de las hipótesis,  más que de su condición explicativa o interpretativa. Si los procedimientos son correctos, las causas o el sentido se obtendrán por añadidura.

La autora nos ofrece una caja de herramientas metodológicas, y se refiere también a las herramientas que permiten concretar una acción indagatoria planificada previamente. Por ejemplo, en el caso de las disciplinas empíricas interesa fundamentalmente la medición, se subraya entonces que el instrumento (sea cual fuere) está vinculado a los indicadores, que guían el proceso mediante un minucioso registro de lo examinado. Una observación se constituye a partir de una técnica manejando instrumental científico. Requiere estar orientada por un objetivo preciso de investigación y se debe planificar con determinada sistematización. El rigor observacional sirve para optimizar la búsqueda y permite que otros investigadores puedan replicar o reproducir los procedimientos implementados por quien imaginó la hipótesis.

Si bien el texto desarrolla categorías metodológicas teóricas, no desatiende el aspecto práctico. Abundan ejemplos que adornan y alivianan el discurrir conceptual, y hay un capítulo específicamente dedicado a la confección de un proyecto de investigación, como plan y como contrato.

No se descuida tampoco la dimensión ética de la ciencia y, con atinado criterio, se señala su papel prioritario para la toma de decisiones. El conocimiento, aun el de las ciencias naturales, no está exento de responsabilidad moral. Actualmente nadie discute que para investigar hay que regirse por modelos metodológico estrictos; sin embargo, todavía no se ha logrado consenso acerca de la necesidad de instalar una ética de la investigación científica, no sólo al final del proceso o aplicación tecnológica, sino desde su inicio en el diseño de la investigación básica.

Al llegar a las páginas finales sentimos que hemos encontrado soluciones a través de un libro que, como el hilo de Ariadna, nos orienta para incursionar en los vericuetos de la investigación. A ello se agrega que, si aceptamos que lo sabio es reconocer la propia ignorancia, estaremos en condiciones de asumirla como obstáculo a ser superado, y aceptar que cada conclusión pueda llegar a desatar otro proceso de búsqueda. He aquí la fecundidad del conocimiento científico. Seguramente cuando cerremos el libro -después de recorrerlo y estudiarlo- nos identificaremos con el triunfante Teseo, porque hemos descubierto nuevos modos de guiarnos por los senderos del saber y nuevos medios para salir de sus laberintos.

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