Esther Díaz

ESTHER DÍAZ

Doctora en filosofía

Principal

Libros

Trayectoria académica

Capítulos de libros

Publicaciones

Medios masivos

MÁS ALLÁ DE LAS DIFERENCIAS
Esther Díaz

Publicado en el Nº 55 de Lamujerdemivida-Julio 2009

 

A veces la naturaleza nos regala el espectáculo de una escuadrilla de aves migratorias que avanzan más acá de las nubes. Llevan sus largos cuellos alzados hacia el frente y sus patas echadas hacia atrás. Entre todas dibujan una V. Sus cuerpos alineados se proyectan esbozando una punta de flecha expandida. Las aves se enredan y desenredan reconstruyendo sin cesar la figura señera. Cada vez cubren una extensión más amplia de la bóveda celeste. Esporádicamente aparece un pájaro solitario u otro grupo de aves. No logran integrarse al territorio marcado por el conjunto con forma de flecha.

 

Esa coreografía natural es material, pero el diagrama que le sirve de mapa es formal. Respondiendo a ese diagrama instintivo las aves construyen figuras que nuestros propios diagramas mentales designan como “V”, “ángulo agudo” o “punta de flecha”. Las que no logran entrar en la figura quedan excluidas. Algo similar ocurre en las comunidades humanas. Hay esquemas establecidos en el que se insertan las mayorías y hay minorías relegadas del vuelo colectivo, son diferentes.

 

Ahora bien, ¿cómo se establece que algo es diferente?, ¿la diferencia existe en las personas, en las cosas, o se trata de una atribución intelectual, un esquema del pensamiento, un concepto?

 

En principio no somos iguales ni diferentes, simplemente somos. No obstante, al percibir la realidad no nos limitamos a captar cosas o personas aisladas del resto de lo que se ofrece a  nuestros sentidos. Percibimos comparando, codificamos las percepciones. El metro para las comparaciones puede ser nuestra propia persona. Un niño, por ejemplo, advierte que sus manos son pequeñas si las confronta con las de un adulto. Pero puede compararlas porque entre las diferentes manos encuentra identidades. Se detectan diferencias entre elementos que presenten rasgos comunes. Cada episodio de una serie televisiva es diferente a otro, pero la reconocemos como serie en la medida en que se repiten personaje, entornos, situaciones.

 

El agua de un río es siempre otra en la permanencia del mismo río. Cada una de las Marilyn de Andy Warhol repite la toma fotográfica original, pero cada reproducción difiere de las otras aunque más no sea por su ubicación espacial. Las sucesivas enunciaciones de una misma poesía se diferencian en el tiempo. Repito la misma poesía, sin embargo, cada vez es diferente de la anterior y de la posterior. La repetición de lo mismo produce la diferencia. Los humanos nos reconocemos como tales en la medida en que replicamos los rasgos de la especie, pero cada individuo es irrepetible.

 

Las diferencias sociales, étnicas, físicas o de género también se establecen siguiendo un modelo que sirve como norma. Los modelos que constituyen el imaginario social son generados por las mayorías, por quienes ejercen el poder. Pero esas mayorías no necesariamente  se distinguen cuantitativamente. La mayoría se define aquí por su capacidad de imponer el modelo que los demás deben seguir. Las minorías, por el contrario, carecen de modelo propio, sencillamente porque carecen de poder. Deben plegarse al ideario vigente o pagar un duro precio por diferenciarse de lo que la comunidad considera “normal”. Son minorías justamente por residir fuera del mapa del poder, no necesariamente por su cantidad. En el mundo hay más mujeres que hombres, aunque eso no las convierte en mayoría desde la perspectiva del poder. El número de individuos que conforman las mayorías (poderosas) puede ser irrelevante. En las Misiones Jesuíticas, por ejemplo, dos o tres monjes regenteaban a un centenar de indígenas. Las minorías numéricas eran mayoría política.

 

En nuestras sociedades, el paradigma de poder está dibujado por los varones blancos, adultos, ocupados, documentados y heterosexuales. Se disponen las cosas para que todo redunde en beneficio de los que comparten el modelo y se favorece la inequidad con los diferentes: mujeres, negros, homosexuales, desocupados, viejos, niños, indocumentados, obesos y seres considerados “descartables”. El hecho de que un negro presida el corazón del imperio no es más que la excepción que confirma la regla.

Las minorías, aun sin proponérselo, suelen aportar a la consolidación del modelo hegemónico. Existen situaciones en las que la construcción de género es funcional al consumo. Se estimula la compra de muñecas para las niñas y de juegos bélicos para los niños. Hay madres que obedecen el mandato reafirmando así las pautas patriarcales. Las mujercitas deben cuidar, los varoncitos agredir.

 

La noción de mayoría supone un estado de dominación en el que el poder se consolida desde la imposición de un paradigma. Quien escapa a esos parámetros es anormal. Pero los diferentes pueden esforzarse por generar sus propios modelos, como condición de posibilidad para acceder a instancias igualadoras. Esto no quiere decir renegar de las diferencias, sino lograr paridad política, jurídica, laboral, social. Abrir espacios donde la diferencia no sea sometida a la constricción del patrón imperante. Habilitar el derecho a diferir, a no ser idéntico al molde que se impone como imperativo y no pagar un duro precio por ello.

 

En un mundo que no discriminara a las minorías nadie necesitaría exaltar los rasgos diferentes. En realidad no habría minorías, sino una especie de uniformidad en cuanto a los derechos, el trato cotidiano y las garantías, aunque las diferentes subjetividades seguirían portando lo que hoy llamamos “diferencias” sin padecer violencia por ello. No habría razón entonces para acuñar fórmulas militantes que proclamaran el orgullo de ser mujer, negro o gay. Simplemente se tomarían esas contingencias con la misma “naturalidad” que  consideramos el hecho de poseer un rostro, cuatro extremidades, un par de ojos, una nariz, genitales. Femenino y masculino, blanco o negro, joven y viejo serían equivalentes en el plano del poder. Heterosexual se equipararía con  homosexual, transexual, transformismo o cualquier otra identificación posible.

 

De hecho los varones blancos, adultos, ocupados y heterosexuales no tienen necesidad de establecer militancias reafirmando su identidad. Tampoco tienen necesidad de instaurar un día del año dedicado a ellos. No existe el día del varón o del político Quien realmente ejerce el poder no necesita reivindicaciones. Si se disolvieran las exclusiones se extinguirán –entre otras cosas- el festejo del día de la mujer, del niño, del animal y del orgullo gay.

 

Si las minorías devinieran mayoría, si lo múltiple dejara de ser subsumido bajo el abrigo de lo mismo, si las diferencias subsistieran sin sufrir violencia no habría motivos para la militancia (a no ser la retención del poder por el poder mismo). Pero, ¿no se corre el riesgo de que la resistencia devenga dominación?, ¿se puede ganar una lucha sin copiar el mismo esquema que se combate? Porque no se trataría de un cambio de roles (arriba los de abajo) sino de respetar al otro, de aceptar la multiplicidad, de no utilizar el poder en el mismo sentido que los antiguos opresores.

 

El poder es del orden de la seducción. Y como todo lo que nos seduce puede llegar a atraparnos en sus redes. Necesitamos el poder para llevar una causa adelante. Pero si nos enquistamos en él, si una vez logrados los objetivos de la acción liberadora seguimos amarrados al poder, nos montamos en el diagrama que antes combatimos. Si pretendo imponer mi modelo de diferencia me convierto en opresor. Si me considero dueña de la verdad excluyo la verdad del otro. Si proclamo que el que no está conmigo está contra mí, soy intolerante. En el afán de reafirmar mi diferencia puedo llegar a no aceptar la peculiaridad ajena.

 

En un primer momento de la lucha por el reconocimiento es necesario exaltar la diferencia y hacerse fuerte en ella. Se comienza así a elaborar un modelo de identidad propio y se lo exhibe ante la sociedad con fines de aceptación. El interrogante entonces es cómo manejarse con la diferencia cuando se logra la paridad. Porque una cosa es persistir en la diferencia y otra convertirla en esencia, cosificarla, coronarla.

 

Quizás se trate de elaborar un pensamiento de los márgenes como alternativa a la palabra hegemónica que ha silenciado cualquier realidad que no obedezca al orden dominante. Pero si se erigiera un paradigma de la diferencia como sistema rígido de pensamiento se caería en un absolutismo de sentido contrario, en otro discurso totalitario. Para conjurar este peligro deberíamos mantenernos en la diferencia sin institucionalizarla, reconstruir las jerarquías sin negar las particularidades, escapar de las hegemonías transitando una trasgresión intermitente.

 

Se trataría de abandonar la disyunción (uno o lo otro, pero no ambos) y adoptar la conjunción: uno y lo otro, es decir, ambos. Esto requiere decisiones políticas que propicien el pluralismo, disposiciones subjetivas de respeto mutuo entre semejantes y diferentes, y un salto que nos posicione más allá de las diferencias, conservándolas.

 

Principal

Libros

Trayectoria académica

Capítulos de libros

Publicaciones

Medios masivos