Esther Díaz

ESTHER DÍAZ

Doctora en filosofía

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Las conquistadoras

Entrevista a Esther Díaz, Página 12, 22/6/2001
 http://www.pagina12.com.ar/2001/suple/Las12/01-06/01-06-22/NOTA1.HTM

Esther DíazEn “Buenos Aires, una mirada filosófica”, la doctora Esther Díaz lanza sobre la ciudad una mirada imaginativa. Por ejemplo, propone que el primer tango lo escribió un hombre que vino con Pedro de Mendoza y que la Reina del Plata no sólo lleva un nombre femenino: en su gestación intervinieron muchas mujeres, desde la viajera Isabel de Guevara hasta Ana Díaz, primera pobladora.  

Por María Moreno  

A la filósofa Esther Díaz, la Buenos Aires de Ezequiel Martínez Estrada siempre le pareció una ciudad insultada como bajo gotas de plomo teórico y siempre se sintió demasiado alegre como para adherir a la interpretación de Raúl Scalabrini Ortiz dominada por la espera de un hombre solo e inmóvil en la esquina de Corrientes y Esmeralda. Como si escarbara con un punzón o con una uña esculpida, decidió ir desnudando las capas sucesivas de la ciudad para descubrir su urdimbre simbólica. Así surgió Buenos Aires, una mirada filosófica, en cuyo prólogo la autora reconoce borgeanamente haber cometido “la injusticia de la perspectiva”. De esa ciudad, a la que varias generaciones de exiliados suelen dirigirse en sus cartas como a una novia ausente, hizo una arqueología rigurosa pero lo suficientemente pasional como para que la mirada filosófica se disolviera, hacia el final, en una letra de tango en verso libre: “No más. Nomás./ Buenos Aires, ¿y el amor?/ Resquebrajados mis labios callan.

En tiempos en que Esther Díaz sólo se interesaba por Buenos Aires caminándola, hubo una señal profética, más allá del repique de su apellido compartido con el comestible Juan Díaz de Solís: “Cuando yo vendía tizas en los colegios y materiales escolares en las librerías para mantener a mis hijos, hacía el reparto con un fitito. Entonces, un día estaba por Belgrano, y al salir de una librería vi que en la puerta estaba Manuel Mujica Láinez esperando un colectivo. Llevaba como siempre su capa sujeta por un broche magnífico. El era el padre del librero al que yo le vendía. En el fondo del local estaba la casa de Mujica Láinez. Yo lo ignoraba. Cuando lo vi, le dije: ‘Perdóneme, yo estoy acá con mi coche. ¿Lo puedo alcanzar a alguna parte?’. El se resistió caballerescamente, pero cuando comprendió que yo estaba dispuesta a llevarlo donde fuera, aceptó. Fue tan amable que cuando se sentó en mi coche, me preguntó mi nombre. Le dije: ‘Esther Díaz’. ‘Ah, la primera mujer que vino a Buenos Aires en la segunda fundación se llamaba Ana Díaz.’ El nombre, entonces no significaba nada para mí”.

De sus callejeadas, Esther Díaz parece haber adquirido un aire a tono con su poco convencional discurso académico: uno se la imagina perfectamente bailando la milonga, con los ojos celestes entornados bajo ese flequillo extraño que parece formado por los signos con que se abre una pregunta: ¿flequillo de filósofa? Oficialmente ella es, entre otras cosas, doctora en Filosofía, profesora titular de Pensamiento Científico y de Metodología de las Ciencias Sociales en el Ciclo Básico Común de la UBA, ocupa cargos académicos en diversas universidades de la ciudad y es autora de varios libros como Michel Foucault: los modos de subjetivación y La subjetividad y el poder.

“Erase una vez una ciudad cuyos primeros habitantes fueron un muerto que conocía las faenas del mar, unos travestis de pechos escondidos y unos hombres adultos que desandaron el destete para salvar su vida mamando de ellos.” Así podría empezar una versión adaptada de Buenos Aires, una mirada filosófica. Cuando Juan Díaz de Solís confundió el estuario del Río de la Plata con un mar y se internó en agua dulce en busca de la ruta deOriente, murió uno de sus marineros, llamado Martín García, nombre que se le dio a la isla donde fue sepultado. Don Pedro de Mendoza trajo a su amante de polizón y otras tantas mujeres vinieron vestidas de varón para burlar las órdenes de Carlos I, y las que estaban amamantando, ofrecieron sus pechos a esos navegantes desfallecientes cuyo destino oscilaba entre no tener para comer y ser comidos. En el fondo de la primera fundación, una mujer loca de amor y destituida de su poder, Juana, y otra que no veía el poder más que mirando para arriba, aunque concediera en el humano amor fraterno: Santa Teresa de Avila.

Entre las travestidas que atravesaron el mar estaba Isabel de Guevara, quien, en su correspondencia con la princesa gobernadora, al reclamar el recibo por sus hazañas de los mismos beneficios en tierras y títulos que los hombres, y dar evidencia del coraje y la resistencia de las mujeres de la conquista, escribió sin saberlo el primer discurso feminista del sur: “Vinieron los hombres en tanta flaqueza, que todos los trabajos cargaron en las pobres mujeres, así en lavarles las ropas como en curarles, hacerles de comer lo poco que tenían, limpiarlos, hacer centinela, rondar los fuegos, armar las ballestas, cuando alguna vez los indios les venían a dar guerra, salían a dar armas por el campo a voces, sargenteando y poniendo en orden a los soldados, porque en ese tiempo, como las mujeres nos sustentamos con poca comida, no habíamos caído en las mismas flaquezas que los hombres”.

 

–Cuando yo empecé a estudiar historia, hubo algo que me llamó la atención. Eran como lucecitas que me guiñaban desde los textos. Por ejemplo, los historiadores dicen alegremente y siguen escribiendo que en la primera fundación de Buenos Aires vinieron mujeres. Pero, ¿cómo esto, tan importante, nadie lo había desarrollado?, me pregunté. Mujica Láinez era unos de los pocos que le daba mucha importancia a este tema. Leí que las mujeres que vinieron con Mendoza viajaron vestidas de hombres. Entonces lo relacioné con lo que pasa con los travestis hoy en día en Buenos Aires y pensé: “Pero de esto ya había como una marca de origen”. Buenos Aires nació travestida. Me llamó la atención que estas mujeres, que nadie había rescatado, que yo sepa, fueron tan importantes como lo cuenta Isabel de Guevara. Es cierto que los hombres las trajeron para tener con quien acostarse y para que los acompañaran y sirvieran.

 

–¿Combatirían?

–Ellas estaban en la batalla dándole ánimo a los hombres e inmediatamente curándolos cuando eran heridos y amamantándolos porque era el único alimento que tenían para darles. Me las imagino como a la hinchada en el fútbol, alentando a los hombres para que siguieran adelante. Otra cosa que me pareció crucial fue que estuviera un hermano de Santa Teresa, alguien que estaba fundando una de las órdenes religiosas que tuvo más trascendencia, además una de las literatas más grandes del Siglo de Oro español. Y Teresa tenía un amor especial por ese hermano que se llamaba Rodrigo de Cepeda y Ahumada. Quería que lo considerasen mártir porque había muerto en manos de “infieles”.

 

–Usted considera a Juana la Loca reina de Buenos Aires.

–Juana fue reina de Buenos Aires porque era reina de España, y Buenos Aires era parte de España y figuró como reina hasta el día de su muerte porque si realmente hubiera sido totalmente inútil, lo hubieran coronado rey a su hijo. El tenía la función de rey, pero la reina era ella. Descubrí unos escritos en Internet donde se cuenta de Juana que en realidad no tenía problemas mentales sino que era una mujer un poco transgresora, es decir, no pasiva. Fijate vos que cuando Magallanes vio el Océano Pacífico, que en ese momento estaba calmo, lo llamó Pacífico o De las Damas. Juana no era pacífica, era una reina a la que no dejaron gobernar porque hacía alianza con los nacionalistas españoles para defender la soberanía su país mientras los germanos pusieron de rey a su hijo, que ni siquiera hablaba alemán sino que hablaba solamente flamenco, y a ella la encerraron como loca y aprovecharon para hacerle esa acusación el dolor que expresó ante la muerte de su esposo. ¿Viste a los principitos cuando murió su mamá Lady Di, que estaban como en cualquier otra ceremonia real? Eso también se pretendía de una reina en la época de Juana. Es una interpretación, pero la hago sobre bases históricas concretas.

 

–También afirma que en el origen hubo una mujer acosada.

–Ana Díaz era una colona que se había quedado sin familia y trabajaba su propia tierra en Asunción, y cuando Juan de Garay prometió que iba a donar tierras a quienes vinieran a la segunda fundación de Buenos Aires, ella se anotó como un colono más. Juan de Garay hizo la marcación de la ciudad y a cinco manzanas de la que se otorgó él, que era donde está el Banco Nación ahora, estaba la casa de Ana Díaz y –según escribe Mujica Láinez– es muy probable que en los primeros tiempos fuera acosada, ya que era la única mujer. Pero unos meses después Juan de Garay trae novias, esposas, madres, prostitutas y Ana pasó a ser una más. Fue ella la primera que labró Buenos Aires.

 

Logos y shampoo

Así como es recurrente en la autobiografía de los escritores la escena infantil en donde ellos, con un libro en la mano, fingen leer mucho antes de saber hacerlo, la filósofa Esther Díaz, en una casa donde no existían los libros y mientras su mamá lavaba los platos, solía mirar el cielo preguntándose si lo que se movía era la luna o las nubes.

 

–Yo creo que lo que me permitió hacer un libro sobre Buenos Aires, donde se trabajan categorías filosóficas como las de Kant o las de Hegel, Nietzsche y Foucault, y a la vez se puede callejear, debe provenir de mi propia historia personal. Yo soy hija de padres cuasi analfabetos. Y, cosa extraña de la vida, yo quise estudiar cuando en mi casa nadie había llegado a terminar el primario (hay nueve hermanos del lado de mi papá y nueve del lado de mi mamá, y soy la única universitaria). Claro que, como mi papá era diariero, podíamos mirar las revistas, pero con mucho cuidado porque después había que venderlos.

 

–¿Cómo surgió en ese espacio el deseo de leer?

–Eramos tres hermanas de tercera generación de españoles y con una educación muy represiva, estilo siglo XIX, donde se consideraba que el estudio echa a perder a las mujeres. Así que, cuando terminé la primaria, no me dejaron estudiar, a pesar de que era lo que yo más quería; en cambio me mandaron a aprender bordado a máquina. Pero me dejaban dibujar. Me acuerdo de que para esa época, cuando todos se iban a dormir, me gustaba quedarme sola junto a la cocina a querosén, hacerme una gran cafetera de café y dibujar a plumín. Recuerdo que dibujé la cara de Gustavo Adolfo Bécquer, rulito por rulito: era casi libidinoso ese hacer. También escribí, a los trece años, un cuaderno completo de poesías. Escuchaba radio despacito y tenía un libro con fragmentos de literatura universal. Yo hacía algo que recién cuando fui a la universidad supe lo que era: fichar. O sea, a medida que iba leyendo el libro, anotaba en papelitos lo que me parecía fundamental, el nombre del autor, cómo se llamaba la obra y algún fragmento. Cuando en Filosofía y Letras escuché a Pérez Amuchástegui lo que significaba fichar, fue un impacto para mí.

 

–¿El deseo de estudiar tenía en cuenta la filosofía?

–Cuando tuve quince o dieciséis años me mandaron unos meses, porque estaba muy deprimida, a casa de unos tíos míos que vivían en Junín de los Andes y ahí encontré una enciclopedia para leer. La abrí al azar y me encontré con un grabado: La muerte de Sócrates. En el epígrafe se contaba que, a pesar de haber sido condenado a muerte y a beber la cicuta, hasta el último momento de su vida él siguió con sus amigos hablando de filosofía. Yo no sabía lo que era, pero intuía que era algo importante y me dije: “Esta es la mía”. Algo que hasta el último momento de la vida te interese más que lo que te está pasando. De todos modos, seguí el destino que me marcaba el barrio y me casé muy jovencita. Al tiempo, como mi matrimonio era un desastre, me separé. Yo me ganaba la vida como peluquera, entonces pensé: “Ya estoy vieja para estudiar el secundario, pero no me voy a pasar toda la vida con esta frustración. Bueno, si me tiene que encontrar la muerte, que me encuentre en el intento”. Entonces hice el secundario en dos años, en el nocturno que hay en Callao y Corrientes. Y cuando lo terminé, me vine p’al centro. Me alquilé un departamento, conseguí un trabajo acá y empecé Filosofía y Letras. A los 29 años fue el momento más feliz de mi vida, cuando vi mi nombre entre los nombres de los que habían ingresado.

 

–Antes había sido monja de clausura.

–Sí, en la orden de las benedictinas. Allí leí filosofía, sólo que ante determinadas preguntas, me contestaban: “Es dogma”. Cuando entré a la facultad, pensé que ahí toda pregunta podría contestarse con otra pregunta y nadie iba a decirme: “Es dogma”. Pero lamentablemente me lo han dicho. Klimovsky me hizo bolsa en un concurso porque no adhiero al modo de hacer epistemología de él. Pero entonces era ingenua y no podía “amar sin presentir”. Mi perspectiva es la de una epistemología, es decir una filosofía de la ciencia que no solamente se quede en método científico, como habitualmente hacen los epistemólogos heredados de la epistemología anglosajona, sino que se relacione con lo político-social. Cuando tuve que defenderlo en mi cátedra, Klimovsky prefirió dejar un cargo vacío antes que dármelo a mí, diciendo que la profesora Esther Díaz no estaba en condiciones intelectuales y pedagógicas para estar frente a una cátedra, pero aprobó a un compañero con quien habíamos investigado juntos y utilizado la misma bibliografía. Además, creo que otra cosa que cae mal de mi estilo es que siempre me preocupé por cómo hacer para hablar de filosofía sin perder mi nivel académico y para la señora que está picando ajo me entienda. Pero ya tengo la experiencia, soy una señora de barrio. Es más: ¡soy una peluquera de barrio!

 

–Hay en el final del libro un discurso sombrío, tanguero sobre la soledad.

–Justamente, pero al mismo tiempo sé que la filosofía me ha salvado. Yo soy consciente de que empecé tarde. Cuando entré a Filosofía y Letras, la mayoría de mis compañeros ya hablaba perfectamente francés e inglés, y yo no sabía una palabra. Tuve que trabajar contra reloj. Tenía que hacer las cosas que los otros habían hecho naturalmente de chiquitos o porque la cultura estaba en su casa. Todo este estar por los márgenes me obliga a ser muy rigurosa en las citas y en el aval teórico de lo que digo pero, por otra parte, me da alas como para poder largarme como me largué en este libro donde dejé de dar examen ante la academia. Aunque me costó muchísimo. Ya tenía la investigación hecha, que me llevó cinco años e incluso había hecho dos seminarios sobre Buenos Aires para obligarme a estudiar. Pero no podía terminar. Primero tuve un problema académico por el cual tuve que hacer un libro de apuro para la universidad, después tuve un dolor muy grande de amor y el año pasado tuve que escribir otro libro académico, además tuve otro duelo porque había fallecido mi papá. La sensación mía era que nunca terminaba. Hace diez años tuve un intento de suicidio y en diciembre estaba otra vez con fantasías, sobre todo por esta imposibilidad de trabajar en lo que quería. Estaba muy melancólica, pensaba que ya no quedaba otra salida que matarme. Es cierto que yo elegí vivir sola, pero sé que la independencia se paga con mucha soledad –estar haciendo la obra doce horas frente a la computadora es maravilloso, aunque es terrible cuando la apagás–, pero encima no estaba haciendo la obra. Toda esa angustia me hizo escribir las siguientes palabras en mi diario que, cuando volví a verlas hace poco, no podía creer que las haya puesto yo. “¿Y si me mato simbólicamente y termino mi libro sobre Buenos Aires?” Estuve tres meses con el teléfono desconectado, tres meses sin atender el e-mail. Venía mi familia a la puerta y no la dejaba subir. A la única persona que veía era a mi terapeuta, pero esa pared que el inconsciente me hizo alrededor del mundo fue lo que me permitió subsistir. Eramos solamente mi libro y la angustia. A los tres meses terminé, lo entregué al editor y a los tres días conecté el teléfono.

 

Licencias para las damas

En el capítulo “El deseo en las ciudades”, Esther Díaz cuenta cómo en la tradición griega y romana había fechas donde lo prohibido era permitido a la manera de una excepción que el poder suele utilizar para mejor ejercer el control a través de un permiso organizado de transgresión, algo sobre lo que reflexionó su maestro Michel Foucault. “Las fiestas para la desobediencia femenina eran dos: las fiestas de Adonis y las tesmoforias (Adonis viene de una palabra siria que quiere decir ‘el que da placer a las mujeres’). Las fiestas de Adonis eran fiestas que los hombres no toleraban, pero consentían. Las mujeres sembraban lechuguita en unas macetitas –para los griegos la lechuga era anafrodisíaca– y las regaban con agua caliente porque eso hacía que la germinación saliera más rápido y se secara también más rápido. Cuando todavía la lechuga estaba fresca, había deseo pero, luego de ese proceso acelerado, a los pocos días, se secaba. Entonces, cuando se secaba la lechuga, comenzaba la fiesta cuya función era revivir otra vez al deseo. Las mujeres no eran dueñas de ir a los lugares donde los hombres normalmente estaban. El andrón era el recinto donde los hombres hacían sus festicholas, el agora y el foro donde discutían sus asuntos: el gynaikeiom era el único espacio de la casa donde podían y debían estar las mujeres. Entonces, el único lugar de la casa que los tipos no les podían prohibir era el techo. Durante las fiestas de Adonis, las mujeres se subían esa noche allí y en la oscuridad empezaban a contarse cuentos verdes, a hacer música, a saltar de una casa a otra. Se hacían amigas por los callejones y se las llevaban a la propia casa, sólo que a la parte de arriba. En ese momento los griegos creían, por lo que hay escrito, que eran solamente mujeres las que participaban –hasta ahí cuenta Richard Sennet–. Pero después seguí investigando y entre los romanos queda claro que había hombres posiblemente travestidos, porque hay cartas de mujeres donde una le dice a la otra: ‘Esta noche, tu amante se confundirá entre nosotros y la pasaremos bien’.”

 

–El 8 de marzo, en Bogotá, el gobernador hizo una especie de fiesta de Adonis.

–Es probable que fuera una reminiscencia grecolatina. La otra celebración que hubo en Atenas son las tesmoforias. Y digo “Atenas” para que se vea que eran celebraciones urbanas. Porque primero se hacían en el campo, pero cuando pasaban a la ciudad, se cargaban mucho más de deseo. Porque en el campo el deseo está mucho más expandido. En la ciudad, en cambio, está mucho más presente por la pluralidad de cuerpos y miradas. Hoy sabemos, sobre todo después de haber leído a Deleuze, que el amor o la calentura se construye en relación con mucha gente. Hacemos el amor con mil, dice Deleuze, el deseo se sostiene en una trama de miles de miradas y ahora, a partir de los medios, mucho más. Las tesmoforias no eran de tipo festivo sino de tipo penitenciario –diciéndolo en términos cargados de cristianismo–. Estas fiestas duraban tres días y se hacían en celebración de la muerte de la primavera y el nacimiento del verano. Perséfone era una deidad nocturna que tenía que vivir seis meses en los infiernos y los otros seis meses en el cielo. Perséfone había sido raptada por su tío Hades y llevada al infierno. Deméter, su madre, la buscó por toda la Tierra, hasta que Zeus le permitió que viviera, mitad en el subsuelo y mitad en el cielo. Perséfone subía al cielo en primavera para que nacieran los brotes y volvía a la oscuridad para las cosechas. Las mujeres griegas celebraban el regreso de Perséfone que traía la primavera, pero también su desaparición para que nacieran los frutos del verano. Hacían una especie de choza detrás de los edificios donde los hombres hacían política. Ellas mismas mataban cerdos y en unos pozos que cavaban los ponían junto con semillas. Durante dos o tres días todo eso fermentaba, se transformaba en una cosa asquerosa mientras ellas dormían en posición fetal. El sentido era que durante esos tres días, cuando se estaba pudriendo la simiente, ellas se pudrían como las personas que eran. Al tercer día ellas mismas enterraban la simiente –simbólicamente, porque no la enterraban en tierra fértil sino en la ciudad–, pidiéndole a los dioses que volvieran a dar fertilidad para el próximo año. Ellas, que no podían ir ni a la esquina, se daban el lujo de volver reafirmadas como personas. Era una celebración femenina, pero no de tipo festivo como la anterior sino de tipo penitenciario y yo creo que por eso ésta era subsidiada por la ciudad, o sea que los hombres ricos pasaban el sponsor –diríamos hoy– para esos tres días en que las mujeres no cumplían con sus habituales obligaciones. Cuando los historiadores buscan las fiestas tradicionales atenienses está esta fiesta, pero no la de Adonis, que era subterránea en todo el sentido de la palabra.

 

–Aquí no se pudo registrar restos de esos ceremoniales.

–Las mujeres de la Argentina no pudieron o no se atrevieron a practicar algún remedo de las fiestas de Adonis. Y eso que en España hubo celebraciones similares a las grecolatinas. García Lorca habla de machorras a las que les gusta subir a los tejados y andar descalzas por los ríos, de las romerías a donde van mujeres solas. Aquí la lujuria de las mujeres solas parece haberse retirado a los encierros de los prostíbulos en los que cuando aún no llegaban los clientes o ya se habían ido, ellas descansaban rozándose, mimándose, dándose un placer donde no mediaba el dinero.

 

–Y afuera hay un hombre que está solo y espera.

–Cuando yo releo a Scalabrini Ortiz y leo que hay un hombre que está solo y espera en el lugar más denso de deseo de Buenos Aires, que en ese momento era Corrientes y Esmeralda, me lo imagino a Fray Luis de Miranda, estando solo y esperando frente a la Casa de las Enamoradas, primer prostíbulo de la futura Buenos Aires, donde le leyó un poema a la pupila Isabel de Guevara. Eso escribe Manuel Mujica Láinez en Misteriosa Buenos Aires. La nostalgia de Fray Luis de Miranda, primer poeta de Buenos Aires, es la nostalgia del hombre que está lejos de sus afectos, de su tierra, y el desarraigo que todavía hoy se nota en nuestra música fundamental, que es el tango.

 

–¿Y la mujer?

–En La intrusa de Borges queda claro que la mujer es la excusa para encontrarse entre los hombres. La letra de tango es una ironía del machismo porteño. Discépolo escribe “Yira, yira”. La figura de la excluida es la que necesita el hombre para manifestarse.

 

–¿Qué se les prohíbe ahora a las mujeres en esta Buenos Aires?

–Yo no me sentí excluida como mujer, porque le hice trampa a mi género y utilicé modelos fálicos. ¿Qué se le prohíbe hoy? Ser feas, o ser viejas, a no ser que seas una megaestrella. Imaginate a Esther Díaz casada con un tipo 35 años menor –no es que Esther Díaz no tenga muchísimas ganas de hacerlo, lo haría con mucho gusto–. Ser gordas, estar totalmente independientes de las obligaciones domésticas. Haciendo la paráfrasis de una conocida consigna política, la situación de las mujeres en la Buenos Aires de hoy sería: “Ni siervas ni liberadas”.

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