Esther Díaz

ESTHER DÍAZ

Doctora en filosofía

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El himen como obstáculo epistemológico
Esther Díaz

Editorial Biblos
Buenos Aires, 2005

Reseña aparecida en revista
El Arca, Buenos Aires, marzo de 2006

Esther Díaz, doctora en Filosofía, especialista en Foucault. Numerosos libros publicados, algunos de lectura obligada en el CBC. Directora de carreras de posgrado y proyectos de investigación. Dueña, en suma, de una lustrosa trayectoria académica. Que no parece frenarla: en vez de instalarse en un lugar cómodo y bien ganado, ahora está agitando el avispero con este libro que provoca desde su título, aunque no ostentara arriba la promesa editorial de Relatos sexuales de una filósofa.

Pero muchos seguidores de su obra seguramente no se habrán sorprendido. Díaz nunca estuvo dispuesta a confinar a la filosofía a las alturas (aunque tampoco se privó de rozarlas), y sus obras repiensan el conocimiento científico, la metodología de las ciencias sociales y otros temas medulares desde el aquí y ahora.

En 1993 publicó La sexualidad y el poder. Y en su última obra necesitó saltar a la ficción para dejar en claro de qué estamos hablando, paso que implica poner el cuerpo y los más oscuros meandros de la mente sobre el tapete. Lo hace a través de 37 cuentos eróticos, en los cuales no se ciñe a un punto de vista, ni siquiera a un formato: en uno de ellos toma trozos de La cautiva, de Echeverría, y le inserta versos propios. Los relatos son todos breves, la mayoría perturbadores, desconcertantes unos pocos. Salvo excepciones, son además muy nuestros; pero con una argentinidad cruda y actual, superadora de la que nos sigue trasmitiendo la tevé y cierta literatura. Entre los más logrados, El agujero emparienta las cirugías estéticas con la tortura, y Polvos de cartón toma a los seres sin rostro que caminan la ciudad revolviendo la basura, y les otorga de una vez rostro, sexo, manos y rotundidad humana.

Una pista importante la da ¿Jugamos a la doctora?, donde Julia comprende “la vacuidad de cualquier concepto preestablecido, de cualquier pretensión universal” antes de “entregarse  a la ternura”, licencia que también se toma la autora. Aunque no es el único momento. Y con ella se lo permite el lector, que a esta altura puede estar sin resuello. El sexo de los ricos y el de los marginados, el de los niños y el de los viejos, el deseo en estado salvaje sin coartadas románticas, todo le sirve a Díaz para hablar de otros temas, aunque sin renunciar nunca a la intención de excitar. Si no, ¿para qué lanzarse a la literatura erótica?

Lectora confesa del Marqués de Sade desde la infancia, la filósofa parece estar arrojando un guante, provocando no como una enfant terrible, sino desde una madurez que se niega a adocenarse y se atreve a más.

 Cecilia Madrazo

 

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