Esther Díaz

ESTHER DÍAZ

Doctora en filosofía

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2046
, EL DESEO NO TIENE OBJETO
Esther Díaz
Artículo aparecido en La Otra, Año III, Primavera 2005, Buenos Aires 

Tratando de poner los caballos de la nostalgia delante del carro, Chow, el elegante protagonista de 2046. Los secretos del amor, de Wong Kar Wai, se lanza a la búsqueda compulsiva de bellas mujeres, intentando olvidar un amor imposible: su co-protagonista en la película anterior, del mismo director, Con ánimo de amar. Esa mujer idolatrada casi no aparece en 2046, pero está omnipresente desde su hipnótica ausencia.

Con ánimo de amar es una historia de amor, 2046 es una meditación fragmentada sobre el amor. Una película moderna, en el primer caso, y posmoderna, en el segundo. Aunque se comenzaron a rodar casi al mismo tiempo. Pero la primera se despliega a la manera de los “largos discursos” de la modernidad, sigue un hilo narrativo sin interrupción del sentido de la obra y se desarrolla en una misma época; aunque contiene algunos elementos que se pueden considerar posmodernos, como la fascinación por lo retro, transcurre a comienzos de una década idealizada del siglo pasado.

En la segunda película -2046-, en cambio, abundan los elementos posmodernos. Se entrecruzan relatos sin correlatividad conceptual, temporal ni espacial, es decir, sin rigor lógico ni cronológico. Hay, en cambio, simultaneidad temporal. Presente, pasado y futuro se suceden sin orden ni mesura. Acá el presente y el futuro juegan con lo retro. Se profundiza en los dorados sesenta. El director “copia” el pasado ironizando, por ejemplo, con carteles –al estilo de las películas mudas- en los que se divierte colocando inscripciones que dicen “Una hora después” y luego, a cuento de nada, aparece “Diez horas después”, “Cien horas después”, “Mil horas después”. Toques juguetones matizando un tapiz de soledades y desencuentros.

Es posmoderna asimismo la crítica a la ciencia. Hay ironía sobre las imperfecciones de los artefactos tecnocientíficos. Las espectaculares androides sufren de retraso en la manifestación de sus presuntos sentimientos. Uno puede excitarse con ellas, incluso enamorarse, pero esos anómalos productos del conocimiento científico, ¿aman o no aman?

Existen múltiples situaciones que se abren a diversos sentidos, como los entrecruzamientos entre la “realidad” del relato fílmico y diferentes ficciones dentro de la ficción. Hay también diálogos, canciones y escritos en varios lenguajes: chino, japonés, castellano, inglés, italiano y algunos más. Desfilan por la película multiplicidad de estilos y géneros musicales. Lo popular se mezcla con lo clásico sin solución de continuidad.

2046, como evocando el más entrañables de los libros de Platón, es una reflexión sobre el amor. Este Banquete posmoderno se perfila desde el horizonte imaginario de la repetición. A la manera de las Marilyn de Andy Warhol, lo que se repite es semejante a lo repetido, pero diferente a la vez. Se reproducen actitudes, melodías, personajes, discursos, escenas. El azar de un mazo de cartas desplegado por una mano femenina determina de forma crucial la vida de Chow, en dos oportunidades diferentes. Se reiteran los viajes en taxi, casi siempre con bellas mujeres. Con frecuencia, largos guantes sugerentes velan las manos femeninas. Se reincide en la vista de un recodo de terraza, con luces de neón, del hotel donde transcurre la trama principal. Los personajes cambian, pero los caracterizan los mismos actores. Aparecen y desaparecen disímiles épocas históricas. Todo tiende a desdoblarse indefinidamente.

Pero la repetición extremadamente obsesiva es la del delirio amoroso que, además, representa la contra cara de la utopía, en donde la felicidad es alcanzable, como en los finales del Hollywood moderno. Por el contrario, en 2046 reina el desencuentro. El sujeto posmoderno sobrevive en la incertidumbre. Como neo-romántico que es, cuando es amado, no ama; cuando algo se interpone a un amor, lo intensifica (Chow sólo ama a las mujeres que no poseerá); únicamente los otros pueden concretar su amor (la hija mayor del hotelero y el japonés); el protagonista está condenado al destierro amoroso; su destino es la frustración, el objeto de deseo es inasible. Otras repeticiones provienen de diversas voces:

 

¿Sabes qué hacían los antiguos cuando no querían que nadie supiera un secreto? Subían a una montaña, hacían un agujero en un árbol, le confiaban su secreto, y luego lo cubrían con barro.

 

El agujero que representa a esta letanía se repite asimismo mediante sugerentes metáforas sensibles, algunas fotografiadas otras digitalizadas.

En 2046 cada nueva piel gozada remite, irremediablemente, a la piel perdida. Cada rostro bello de ojos rasgados, recuerda a la mujer que ya no está. Cada nuevo cuerpo acariciado, marca la diferencia con la ausente. La repetición del ritual amoroso con nuevas y sensuales mujeres remeda –ineluctablemente- los prolegómenos del amor no consumado que se niega a abandonar la febril imaginación del protagonista. Su anhelo es viajar hacia un lugar futuro donde hallará, para siempre, sus lánguidos recuerdos.

Pero como ésta no es una narración moderna, nos quedaremos sin saber si el distinguido y melancólico galán se reencontrará, o no, con su secreto e inefable recuerdo.

 

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