Esther Díaz

ESTHER DÍAZ

Doctora en filosofía

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PROLOGO

El pensamiento problematizador

 

El presente libro puede funcionar como una introducción a la filosofía en la medida en que ofrece una iniciación a su problemática. Es por ello que se dicen cosas que pueden parecer elementales -o que lo son realmente- pero con cuyo conocimiento es posible abordar con cierta solvencia las cuestiones más complejas del pensar, en las que también se incursiona. Intento operar asimismo desde una reflexión cuestionadora. De modo que estamos en un espacio propicio para ser recorrido tanto por quien recién se inicia como por quien maneja con solvencia los conceptos filosóficos. Además, si bien su índice tiene cierta lógica temática, se presta a ser desechada y convertir el libro en un recinto con varias entradas. Pues la filosofía, a diferencia de la matemática o el estudio de un idioma, no exige correlatividad. Exige obviamente rigor, pero hay que animarse y entrar.

Dice Hegel que respecto de todas las ciencias, artes, habilidades y oficios vale la convicción de que para poseerlos se necesita un reiterado esfuerzo de aprendizaje y de ejercicio y que, si bien todos tenemos ojos y dedos, y podríamos conseguir cuero e instrumentos, no por ello estaríamos en condiciones de hacer zapatos. En lo referente a la filosofía, en cambio, parece dominar el prejuicio de que cualquiera sabe inmediatamente qué es la filosofía -e incluso cree que sabe filosofar- por el simple motivo de poseer la medida en nuestra racionalidad, como si cada uno no poseyera también en su pie la medida del zapato.

Comencemos entonces a desentrañar el camino. La filosofía no es una ciencia. Es una disciplina humanística milenaria, mucho más antigua no solamente que las ciencias naturales sino también que las sociales, que son aún más jóvenes. Y, como la filosofía es siempre pensamiento del presente (aunque se piense desde Aristóteles o desde Guillermo de Ockham) sus objetos de estudio van cambiando según los ritmos histórico-culturales, aunque hay ejes temáticos que se repiten a través de los siglos. Retomamos aquí sus componentes fundamentales: la verdad, el conocimiento, la epistemología, la ética, el dolor, la tecnología, la estética, la ambigüedad, la antropología filosófica, los estudios sobre la subjetividad, las problemáticas de género, el sentido de la historia, la política, la violencia, la discriminación; estados existenciales como el amor, la identidad sexual, las vicisitudes de la espera, las prácticas de libertad, la mala fe; así como coyunturas históricas: posverdad, gubernamentalidad, enseñanza en la actualidad, los nuevos juegos del poder, el cine, lo sublime en el arte y la sublimación. Y como coronación de tal recorrido, en el último capítulo le doy la palabra a los grandes. Se retorna a los temas que fueron desfilando en el texto pero a partir de fragmentos originales de filósofos: Heráclito, Protágoras, Gorgias, Platón, Hegel, Nietzsche, Foucault, Deleuze, Descartes, Kant, Spinoza, Stuar Mill, Sartre, Heidegger, Rancière, Sheler, Cassirer, Derrida, Badiou, Butler, Agamben, Esposito, Byung-Chul Han, entre otros.

Con los lectores que se inician en el camino del pensar andaremos juntos varios trechos y, por momentos, deberemos separarnos. Si un panorama resultara algo extraño, lo podemos dejar pasar. Quienes ya están cursando sus posgrados reconocerán tramos recorridos, pero también el deambular le deparará alguna sorpresa. Por su parte, mis colegas se encontrarán con paisaje

s muchas veces visitados, pero también descubrirán recovecos inéditos, interpretaciones recién estrenadas, refugios para disentir o acordar, para discutir o problematizar. Y aquellos que se acerquen simplemente -y nada menos- que por el maravilloso placer de pensar aspiro a que disfruten de la partida, del recorrido y de la llegada. He evitado los academicismos para hacer más ágil la lectura, pero argumento y presento los temas, sus desarrollos y conclusiones con las exigencias suficientes para que pueda ingresar también en los claustros universitarios.

Mi primer profesor de filosofía -Adolfo Carpio- decía que el pensar libre y responsable no es nada que pueda lograrse “en el aire” (según pretende cierta pedagogía ingenua, liviana y arrogante), poniéndose a discutir simplemente, sin más guía o preparación que el talento, la fortuna o la experiencia de cada cual. En filosofía (como en ciencia, como en arte), tal manera de encarar las cosas no puede desembocar sino en la improvisación, en la irresponsabilidad, en el dislate o -en el mejor de los casos- en el descubrimiento de lo obvio. 

Consideraba además que no hay mejor enseñanza del pensar que la que brindan los grandes pensadores. Pues los problemas no pueden comprenderse adecuadamente si se los formula tan sólo en términos abstractos, ni tampoco en términos concretos pero independientes de las formulaciones que los filósofos y las épocas les han otorgado.  Si en verdad se quiere pensar con seriedad -remarca Carpio- y no divagar, es preciso el estudio, la disciplina, el esfuerzo y el puntual conocimiento del tema.

Acuerdo con esos conceptos, con los que trato de nutrir mi propio pensar. A ello le agrego temas propios de nuestro tiempo: cuerpos, desnudez, piel, selfies, deseos alimentados por medios remotos, teléfonos inteligentes, un museo contemporáneo cuyo edificio va cambiando al ritmo de las olas estéticas, nuevos modos de relación, bulling, tribus urbanas, la contracultura punk, discriminación, femicidios, arte moderno, posmoderno y actual en relación con zapatos, mujeres y ausencias entre otros temas de actualidad.

“La filosofía es leer despacio” le dijo Nietzsche a un amigo siendo muy joven. Pero cuando él mismo fue filósofo se esmeró para que leer filosofía fuera un devenir danzante. La casera del filósofo (espiando por el ojo de la cerradura) lo ha visto bailar solo y desnudo en su cuarto. Tal es la alegría que lo embargaba 

por haber podido redactar su Zaratustra. Ese concepto de filosofía como reafirmadora de la vida, del cuerpo, de la música y de la alegría es la idea que intenta ilumi

nar el presente trabajo.

He aquí entonces un cuenco con frutos filosóficos. Si comparamos los conceptos con el sabor, el perfume, la textura y el color de la fruta, espero que el lector por momento pruebe duraznos aterciopelados y aromáticos (por ser de cosecha reciente), y en otra instancia prefiera ciruelas cuyo jugo estalla en la boca (por haber madurado suficientemente). Se pueden paladear uvas verdes (por su juventud) o moradas (por avezadas y balsámicas); degustar perfumadas papayas (pensamientos prístinos que nos regala alguna de las fuentes filosóficas), o níspero de sabor sobrio (un tanto difíciles de elaborar), o frutos recios, secos al paladar (porque chocan con nuestra costumbre filosófico-nutritiva); pero también hay pequeñas cerezas con una gota de miel escondida en sus entrañas que pueden llegar a endulzar fragmentos de la lectura. Todo el texto -en mayor o menor medida- está sazonados y perfumados por el sol de los grandes pensadores. Por su aroma se los reconocerá.

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