Esther Díaz

ESTHER DÍAZ

Doctora en filosofía

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Esto no es una presentación de Esther Díaz …

Alejandra Gabriele

La primera vez que Silvana Vignale y yo (aunque todavía no nos conocíamos) nos cruzamos frente a frente con Esther Díaz fue en las Jornadas Nietzsche 1998. Luego de tantos años no puedo recordar en qué consistió su exposición (claro, la exposición "teórica") pero al mismo tiempo no puedo olvidarme del impacto que provocó su ingreso en la sala de conferencias del Centro Cultural Rojas. Parafraseando a Juan Carlos Kreimer en su libro Más allá del bien y el punk cuando se refiere a las clases de Epistemología dadas por Esther en el CBC de la UBA (como uno de los ámbitos de circulación punk de Cemento a las clases de Epistemología)  vestida de cuero negro … gel en sus cabellos rizados y ojos pintados como Siouxsie, micrófono en mano, Esther Díaz hablaba de Nietzsche con la misma pasión que Sid Vicius cantaba A mi manera. A partir de ese momento comencé/comenzamos a seguir sus publicaciones, sus apariciones en los medios, buscando volver a sentir esa cadencia irreverente.

Por entonces ya vislumbraba intereses epistemológicos y me encontraba buscando espacios de formación. Tres años más tarde me enteré que Esther dirigía una maestría en Lanús sobre Metodología de la Investigación Científica. No tenía la menor idea de qué se trataba la metodología de la investigación pero no tuve ninguna duda en inscribirme, algo al nivel de plexo solar me convocaba con la fuerza contraria al tirón de estómago que sintió Esther cuando en tiempos de estudiante universitaria escuchó a un afamado profesor decir que las ciencias se rigen con un método único y que el científico no es responsable éticamente de los conocimientos que ofrece a la comunidad[1]. Una semana más tarde estaba llegando a Lanús, un tanto desorientada buscando a quién entregarle la documentación para inscribirme y ella apareció dándome la bienvenida, preguntando cómo había viajado, cómo me había enterado de la maestría y si había papel higiénico en el baño.

Allí pudimos asistir con Cecilia De Amici (con quien tampoco nos conocíamos por entonces) a otra dimensión de Esther, la que no se veía en sus publicaciones (claro, las publicaciones son opacas, no nos muestran sus condiciones de producción). Ingresamos a la "atmósfera Esther" (esa de la que habla Silvana): la de un cuerpo conectando, circulando, impactando en las clases, en la gestión, en la dinámica cotidiana de una carrera de posgrado que escapa del formato de cualquier carrera de posgrado. Asistimos al espectáculo en el que Esther devenía multiplicidades haciendo de su propia vida una obra epistemológica, y haciendo de la epistemología una obra de arte. Una y mil vidas para remover la quietud de los formalismos teóricos y para resistir la insistencia por producir generalidades que silencian la singularidades de las que está poblada la vida. En el ámbito del conocimiento logró conjurar formalismos universalizantes posicionando una perspectiva desde la que nos interpeló a ampliar la capacidad de mirar lo que ella describe como reflejos de una realidad crucial de nuestro tiempo, como la interacción entre el conocimiento científico y la sociedad, la política, el arte, la ética y el deseo. Esta postura multifacética - dice Esther - me hace sentir más cerca de la realidad[2].

Es así como estremece y resquebraja las solemnidades académicas y hace del conocimiento una fiesta. Pero no cualquier fiesta sino una en la que se juegan las pasiones mundanas, en la que hay amores y desencuentros como lo relata en el prólogo a La filosofía de Michel Foucault cuando reconoce que su primer amor filosófico fue Hegel con quien estuvo a punto de casarse, de defender una tesis doctoral sobre su filosofía:

Comencé a leer a Michel Foucault. Pero por creer yo en aquellos tiempos que la fidelidad era un bien inalienable, seguí trabajosamente estudiando a Hegel […] no me decía a cambiar. Hasta que un verano, durante una siesta tucumana apabullante, soñé que me divirciaba de Hegel y me casaba con Foucault […] De más está decir que las enseñanzas de mi primer amor enriquecieron mi matrimonio con el pensamiento foucaultiano. Y actualmente, que aspiro a ser señora de nadie, reconozco que aquellos amores oficiales y muchos otros más o menos clandestinos son los que alimentan mis pensamientos y por lo tanto mis palabras.[3]

 

También en esta fiesta hay robos de ideas:

En 1991 publiqué un libro titulado Ideas robadas, título que me había surgido a partir de que un colega me acusó de robarle ideas. La acusación no por maliciosa dejaba de ser certera […] le robé asimismo a casi todos los autores que leí, que estudié, que escuché; también a mis profesores, a mis amigos, a mis alumnos y hasta a mis enemigos. Y así entre pillajes, arrebatos, robos a mano armada y algo de cosecha fui produciendo libro tras libro, artículo tras artículo, charla tras charla.[4]

 

 … asesinatos:

Pero como seguí el mandato de que el robo de ideas está permitido siempre y cuando venga acompañado del asesinato de quién lo inventó, intervine los textos con cierta criminalidad. Cambié títulos, borré parrafadas teóricas, hice desaparecer las bibliografías y - habiendo pertenecido cuarenta años a la academia y festejando mi alejamiento de ella - cometí la peor fechoría: no cito.[5]

 

…  y el placer de trabajar con autores que le ponen el cuerpo a la complejidad de las teorías[6] (ETCyED, 9).

Bienvenidos entonces a la celebración del nuevo libro, Problemas Filosóficos, en el que asistiremos variaciones entre filosofía, ciencia, arte, política entre tantos otros ritmos y cadencias de nuestro tiempo en la voz de la atmosférica Esther Díaz.


[1] Díaz, Esther. Entre la tecnociencia y el deseo, Buenos Aires, Biblos, 2007, p. 9

[2] Idem.

[3] Díaz, Esther. La filosofía de Michel Foucault. Buenos Aires, Biblos, 2003, p. 9.

[4] Díaz, Esther. Ideas robadas al atardecer. Buenos Aires, Biblos, 2015, p. 9.

[5] Idem.

[6] Díaz, Esther. Entre la tecnociencia y el deseo, Buenos Aires, Biblos, 2007, p. 9

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