Esther Díaz

ESTHER DÍAZ

Doctora en filosofía

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Los tres nihilismo: camello, león, niño

Nietzsche piensa el nihilismo como resultado de la pérdida de credibilidad en valores vitales. Solo los griegos arcaicos habrían disfrutado en plenitud de esos valores. El filósofo siente nostalgia por ese paraíso perdido. No hay alegría en la proclamación nietzscheana de la muerte de Dios. Hay pena por la tosquedad de los mascarones con los que se intenta suplantarlo: la verdad socrática, el bien platónico, el motor inmóvil, el monoteísmo y -en otro nivel de nihilismo- la ciencia y la técnica. Se suelen reconocen al menos tres tipos de nihilismo en el pensamiento nietzscheano: el decadente, el integral y el futuro.

El nihilismo decadente es calificado, por Nietzsche, como “monótono-teísmo” y alude a la metafísica teológica. La metafísica occidental, aun pretendiéndose laica, deifica sus conceptos rectores. Postula que existen realidades abstractas más allá de lo empírico, que residen en un espacio ideal, que fundamentan la naturaleza y al mundo. Este nihilismo genera trasmundos conceptuales a los que se priva de movilidad y cambio. Los principios meta-físicos son como esqueletos intelectuales de una vida que en realidad es precaria, imprevisible, finita. Los metafísicos, esos “albinos del pensamiento”, inventan principios rectores y luego se arrodillan ante su sombra.

Pero en realidad, no hay nada más allá de la physis y el mundo, al menos nada que nosotros podamos conocer. Sin embargo, se erige un fundamento como principio inmutable que originaría y contendría al devenir, a este cambio permanente que se nos manifiesta por doquier. El esfuerzo nietzscheano reside en mostrar que esa actitud negadora de la vida responde a la decadencia, a la falta de energía para enfrentar lo azaroso de la existencia. El temor de no tener algo estable, único y verdadero donde aferrarse es decadente, en tanto postula hipóstasis negadoras del cuerpo y de sus impredecibles circunstancias. Los filósofos monoteístas, que creen haber superado el mito y la religión, sufren también compulsión hacia un principio inmutable que le otorgue sentido a la acción humana. El nihilismo decadente, según Nietzsche, responde a la figura del camello, el animal agobiado por el peso de su carga.

El primer nihilismo, acechado por la sombra de Dios, es destruido por un segundo nihilismo, el integral. Sus representantes son quienes Nietzsche, no sin ironía,  denomina “espíritus libres”. Ellos se enrolan en las filas de la ciencia. Este nihilismo históricamente corresponde al surgimiento de la modernidad. Desde la visión heideggeriana es la época de la ratio, del imperio de la racionalidad científica. El espíritu libre nietzscheano es la encarnación del escepticismo aplicado a todas las cuestiones, especialmente a las más idealizadas. Pero se descubre que detrás de ese escepticismo también se encuentra la necesidad de tener un ideal para aferrarse, si bien los espíritus libres no se dan cuenta porque están muy ocupados destruyendo las sombras de Dios. Sin embargo, comenzaron inventando un sentido y terminaron olvidándose que lo habían inventado. Lo convirtieron en la verdad trascendente de las leyes “naturales” y de la lógica. La voluntad de verdad científica sustituyó la postulación de mundos ideales monoteístas, pero terminó creyendo en una objetividad y una verdad válidas por sí mismas. La voluntad científica persiste en un nihilismo negador del poder y del cuerpo. Su figura es la del león, que se despojó de las cargas que agobiaban las espaldas del camello, pero su apego a la ratio lo condena a subsistir en cuatro patas.

Cabe esperar entonces un tercer nihilismo, el futuro. Este nihilismo se concibe auspicioso porque sabe de la muerte de Dios, tanto en su versión teológico-filosófica como tecno-científica y acepta el sin sentido. Se plantea la posibilidad de construcción de nuevos sentidos, asumiéndolos como simulacros. Sin pretensión de encontrar verdades ni de postular cosas en sí. Es el nihilismo del filósofo artista que asume la verdad como metáfora. El que actúa de un modo intempestivo que, en Nietzsche, significa tanto actuar contra el tiempo como a favor de un tiempo por venir, reafirmando siempre el momento presente, los hechos. Los espíritus libres allanaron el camino del nihilismo futuro, fueron su transición, pero se aferraron al tiempo inmutable de las leyes que ellos mismo crearon. Las inventaron y luego las proclamaron inmutables.

El nihilista creativo, en cambio, crea nuevos valores sobre la tela de araña de la racionalidad científica. Desaparece el principio fundante y, en su lugar, se produce un desocultamiento de sentidos momentáneos, cambiantes, aceptadores del tiempo. Sin aspiración de eternidad. Un politeísmo de valores sin fundamento, que destruye las nociones de sujeto, unidad, verdad, moral y los demás ídolos del pensamiento tradicional. Al eliminar la noción de principio se hace posible la multiplicidad vital. Nietzsche no solo destruye la escala de valores, sino el espacio en e l que se sostenían. No invierte los valores, los deja precipitarse en caída libre. Ni siquiera la voluntad de poder queda en pie como principio. La voluntad de poder es interpretante, obra perspectivamente respondiendo a un pluralismo que no pretende unificación. El camello del primer nihilismo, transformado en león en el segundo, deviene niño en el nihilismo futuro. Aunque Nietzsche no cree en sus propios simulacros, pero como sabe que ni los nómadas pueden vivir sin viviendas momentáneas construye falsificaciones, refugios pasajeros, dioses fugaces. Ellos, si bien no son la solución, al menos no protegen de las inclemencias. Calor, alimento y reposo para regresar más intensos a enfrentarla nuevamente.

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