Esther Díaz

ESTHER DÍAZ

Doctora en filosofía

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Un elogio al placer y al riesgo

Una historia filosófica de la cultura alcohólica

No hay cultura que no haya dejado huella de sus artimañas para alterar los sentidos, sustancias que, como el vino, conectan con la trascendencia en el aquí y ahora. Y por supuesto que traen con ellas el riesgo del exceso, pero las adicciones no son culpa de la sustancia sino de la asfixia existencial, la falta de futuro o de lo necesario para estar dignamente en el mundo. No echen la culpa al vino que brindar es también con los dioses.

Esther Díaz

Por Esther Díaz

Esther Díaz brinda con Sebastián Freire, su fotógrafo de cabecera. (Fuente: Sebastián Freire)
Esther Díaz brinda con Sebastián Freire, su fotógrafo de cabecera.. Imagen: Sebastián Freire

La política, las religiones, las artes, la historia, la criminalidad, las festividades, las creaciones y las hecatombes están atravesadas por lo etílico; incluso las creencias que lo prohíben tuvieron un pasado regado de licores. No existe cultura que no haya dejado huellas de alteradores de la sensibilidad. Desde los arcanos del tiempo los procesos fermentativos de azúcares simples para lograr sustancias psicoactivas han sido utilizados en todas sus dimensiones. Festejos, duelos, desengaños, alegrías. No existe esfera de nuestra cultura en la no esté presente el vino bebido o pensado, moralizado o patologizado, alegre o triste, vivificador o asesino.

La ambigüedad es lo suyo, como el Bac o trans de Caravaccio, ese bello andrógino coronado con uvas a lo Drag Queen. Niñez y adolescencia con aires de adultez. Redondeados rasgos mujeriles, ojos achinados de mejillas rojizas. Prometedoras incógnitas como los efectos de su néctar. ¿Por qué las coloridas frutas del cuenco que adornan su mesa de mármol no son comestibles? Porque solo se trata de beber e invitar. La mano gordezuela ofrece generosa una copa barroca. En la jarra de vino se refleja -pequeño- el rostro del pintor. El dios no bebe solo.

En Grecia, el banquete no era el momento de la comida, sino la sobremesa regada de bebidas espirituosas. Las mujeres se retiraban a sus gineceos, los hombres se quedaban con servidores y flautistas. Se nombraba un director de banquete que disponía la cantidad que se debía tomar (al estilo de ¡tómese esa copa, esa copa de vino!). Pero, en ese simposio inmortalizado por Platón, el grupo de amigos venía de beber durante toda la noche anterior y parte de ese mismo día. Entones Sócrates propuso que, con la resaca que partía sus cabezas, mejor sería que en lugar de competir para ver quién bebía más, compitieran para ver quién exponía mejor un tema (sin detrimento de seguir bebiendo, si gustaban). El tema elegido fue el amor que, como concepto filosófico, se originó entre efluvios aguardentosos.

En algunas culturas lo consumen sin discriminar edad, en otras todas las clases sociales e identidades sexuales. Y aunque las orgias etílicas milenariamente fueron varoniles, había fiestas del vino que habilitaban mujeres: las dionisíacas, luego bacanales, luego carnavales, además de las fiestas clandestinas de las mujeres y sus divinidades. Las vacantes eran ninfas borrachas. Eno y Methe eran diosas del vino una, de la embriaguez la otra. En las ceremonias de la Pachamama se riega vino en honor a la madre tierra.

En Egipto, el día que nació Osiris, las aguas del Nilo se convirtieron en vino. Efluvio espirituoso que se expande por el mundo. ¿Y las sagradas escrituras? Baste citar a las hijas de Lot “violando” a su padre borracho. Tan poderoso es el efecto del vino que no advirtió sus dos erecciones con penetración y eyaculación en ambas hijas. Tampoco que las embarazó ebrio como una cuba. O según el evangelista Juan, el primer milagro de Jesús: convertir agua en vino, sin el cual no se podría haber realizado la boda de Caná. No faltó tampoco en la última cena. El sacerdote católico -aún hoy- bebe sangre en forma de vino. También existen religiones que prohíben el alcohol, pero por tratarse de dispositivos patriarcales compensan a los varones permitiéndole abundantes privilegios, uno de ellos (legal o tácitamente) es gozar de muchas mujeres. En el principio fue el verbo, lo siguió el vino. No hemos innovado demasiado. En general penas y alegrías se acolchonan con alcohol.

“¿Qué es la juventud? ¿Un sueño? ¿Qué es el amor? El contenido de un sueño”, con esta frase de Kierkegaard comienza Otra ronda, película danesa dirigida por Thomas Vinterberg (disponible en Netflix). Una obra que pivotea en torno a las bebidas alcohólicas. Alegre y patológica práctica social. El film transcurre en un contexto patriarcal y heteronormativo. Se idealiza la obsoleta fidelidad binaria. Se enmudecen las sexualidades diferentes, Hay un personaje cincuentón solitario que es hablado por lo políticamente correcto: “Me hubiese gustado ver niños jugando en mi jardín”. Pero, en esa cultura etílica, el sexo se presupone binario y apenas se lo muestra o nombra. Los jóvenes compiten en borracheras grotescas y aceptadas socialmente. Hombre y mujeres bailan y se divierten, el melancólico protagonista danza descontrolado y como poseído se arroja a lo desconocido. El alcohol no es el problema, es la asfixia de su existencia.

Veamos una síntesis de “Informe para una academia”, de Kafka. Le otorga la palabra a un simio. Beber alcohol le soltó la lengua y lo hizo humano. La transformación no es de hombre a animal -como en La metamorfosis- sino de animal a hombre. En el primer relato la estrechez existencial del entorno convierte al escribiente en cucaracha; en el segundo, el animal que aprende a beber alcohol se “humaniza”. Cuando era mono era libre. Pero la puerta total que el cielo forma sobre la tierra se fue angostando a medida que la evolución se activaba a fustazos. Muchas son las prácticas a las que lo sometieron los marineros en la jaula del barco que lo llevaba de la selva al circo. Le enseñaron a fumar, a manejar cubiertos, a frotarse la panza con satisfacción, pero lo que realmente lo convirtió en humano y le impidió volver a la animalidad fue aprender a emborracharme. Con el jefe de los cazadores de Costa de Oro se han vaciado varias botellas de vino.

* * *

El vino es un elemento clave del imaginario social. Beber es buscar trascendencia en la inmanencia, no en otras vidas. Aquí y ahora. Si la medida sobrepasa la trascendencia alegre, arrastra irremediablemente hacia el abismo. La fascinación que produce la embriaguez transporta a otro mundo, del que no siempre se vuelve. Pero justamente su seducción también tiene que ver con el peligro. La borrachera es política, aunque se beba en soledad. Nuestras contradictorias culturas entronizan el alcohol y deploran sus consecuencias. La amistad y el amor son amigos del vino alegre. La vida es demasiado dura como para soportarla sin estímulos. Cantemos pues con el cantar de los cantares “que tus senos sean racimos de uva y tu aliento aroma de manzanas, y tu boca el mejor vino mojándome los labios. ¡A beber y embriagarse!”. ¡Otra ronda!

https://www.pagina12.com.ar/365302-una-historia-filosofica-de-la-cultura-alcoholica

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