Esther Díaz

ESTHER DÍAZ

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LENGUA DE LOCA

Lo que puede un cuerpo

Exponerse, vulnerabilizarse, tomar el poder o asumir el control, ser víctima o victimario: los roles identitarios que se asumen a lo largo de la vida y que implican posiciones políticas y enunciaciones que se moldean en la práctica.    

Por Esther Díaz

Esther Díaz.

Esther Díaz. 


Imagen: Sebastián Freire

No tengo un cuerpo, estoy siendo un cuerpo. ¿Cómo se podría existir sin cuerpo? Que el alma exista es discutible. Que el cuerpo existe es indiscutible. Además de carne, fisiología y huesos todo aquello que somos: sensibilidad, psiquismo, espiritualidad son diferentes maneras de manifestación de la corporalidad. Aunque la tradición platónico judeo cristiana insista en la dualidad cuerpo-alma y el cine mainstream la cristalice como en la empalagosa y presbiteriana Soul, de Disney. Conformamos una pluralidad ontológica sintetizada en una identidad significativa. Cuerpo.

Entonces, esté donde esté, ¿estoy poniendo el cuerpo? Sí y no. Si ocupo un espacio es porque está mi cuerpo, obvio, pero puedo ocupar espacio sin exponer el cuerpo. Se difuminan las fronteras, como intentó demostrarlo Elizabeth Diller con el edificio-nube Blur, haciéndonos experimentar los límites evanescentes de la noción de cuerpo espacio. La filosofía durante siglos escamoteó el cuerpo. Lo negó, lo degradó, hizo de nuestro cuerpo concreto una categoría de segunda, una ilusión; y del alma abstracta la categoría fundante, lo real. Vayamos por el cuerpo. 

Existen al menos dos maneras de poner el cuerpo: activa o pasiva. Y no me refiero al juego de perfiles binarios de la aplicación de citas Grindr y su fatídico cuestionario sobre el rol en una relación sexual; sino a la actitud corporal para enfrentar el mundo. En el modo activo se exhibe el cuerpo por un objetivo valioso personal o comunitario. Por el contrario, se expone la corporalidad de manera pasiva cuando se padece discriminación (aún en Grindr -y repitiendo un estereotipo gay- ser pasivo es despectivo). Ser mujer, disidente sexual, inmigrante, afrodescendiente, originarie, pobre o discapacitade es poner el cuerpo para el cachetazo. Humillaciones, abusos, bullying, violaciones, asesinatos. El reciente y brutal femicidio de Úrsula demuestra -una vez más- que el varón sigue impune y sin hacerse cargo de lo que su cuerpo hace con el cuerpo de la víctima.

En la exposición pasiva es el poder ajeno que somete a un cuerpo y puede llegar a destruirlo. En cambio, en la exposición activa es la subjetividad propia que decide jugarse a poner el cuerpo aumentando su propia potencia y transmitiendo intensidad.

Virginie Despentes fue pareja del filósofo Paul B. Preciado cuando aún se mostraba mujery durante su cambio de identidad. Beatriz, Beto, Paul. Cuando Virginie escribió el prólogo al libro de Preciado Un apartamento en Urano, ya no eran pareja. Ella recuerda el día que recibió un mensaje donde Paul le contaba que recién había salido de la comisaría, lo habían amenazado de muerte por ponerle el cuerpo a su transición sexual. Hoy es un hombre trans y, cuando van juntos por la calle no la desconcierta tanto ver como los varones le hablan a Paul mejor que cuando se autopercibía mujer, sino que las mujeres ya no se comportan de la misma manera con él. Las chicas hetero no parecían sentirse cómodas ante una mujer masculinizada. Pero ahora –testosteronas y farmacopolítica mediante- lo adoran y se lo hacen saber colmándolo de atenciones gratuitas.

Una mañana primaveral, en el aeropuerto de Mar del Plata, me sentí identificada con Virginie Despentes. Una actriz trans regresaba conmigo del festival de cine. Charlábamos y tomábamos café. De pronto escuchamos el último llamado de partida a Buenos Aires. Salimos del bar a las corridas sin saber dónde estaba la puerta de embarque. Le preguntamos a dos guardias de seguridad. El aire sobrador con el que esos hombres miraron y se dirigieron a mi compañera era insoportable. Despectivos, lascivos, petulantes. Me inmovilicé. No se comentó nada, pero desde ese momento cambió todo. Los que escondían su cuerpo detrás de inexpresivos uniformes grises denostaban a quien ponía el cuerpo con valientes tetas.

“Lo más extraño de convertirse en hombre -dice Preciado- es conservar intacto el recuerdo de la opresión”. Es justamente el recuerdo de la intolerancia y el disciplinamiento patriarcal lo que hace que este filósofo no tenga la menor intención de adoptar la masculinidad dominante como nuevo género. Aspira, más bien, a un género utópico. Lejos del penthouse de soltero tipo playboy, cerca más bien de habitar en la órbita de Urano. Poner el cuerpo es político, de lo contrario, ¿cómo se explica que iglesias, policías, rugbiers, liberticidas, variopintas costelaciones de derecha y transeúntes sin filiación alguna manifiesten tanto interés en nuestras identidades, nuestras vidas, nuestros cuerpos, nuestro color de piel y lo que hacemos entre nuestras sábanas?

La estrategia inicial de los depredadores es invisibilizar los cuerpos oprimidos. Lograrvisibilidad no es obtener derechos, pero es el primer paso para conseguirlos. Por ejemplo,que algunas personas públicas se muestren vacunándose, mientras otras lo hacen a3escondidas grita -desde su aparente silencio- la potencia de la primera actitud y laimpotencia de la segunda. Quien se oculta para vacunarse refuerza la dualidad dominadora,mientras quien le pone el cuerpo a la vacuna visualiza el riesgo plantario.

* * *

Ahora bien, ¿qué es el cuerpo? Materia multiforme y equilibrio entre sus componentes. Un dispositivo inestable que se mantiene mediante la adecuación de sus relaciones. Estructura articulada compleja formada de elementos naturales capaz de incorporar elementos culturales y en intercambio continuo con el afuera. Su característica principal es la duración y, aunque toda la vida somos el mismo cuerpo, la diferencia entre las etapas etarias produce desconcierto. El cuerpo de una persona ¿es el mismo cuando tiene seis meses que cuando tiene ochenta años?, ¿cuándo cambió? (Límites tan imprecisos como los del edificio nube de Elizabeth Diller). La pregunta de Spinoza acerca de lo que puede un cuerpo, no alude a la fuerza física. Lo que puede un cuerpo es qué límites tiene para poder ser afectado. Cuando los límites son amplios mayor es la potencia y el deseo de perseverar en la existencia. Lo que puede un cuerpo es su potencia de actuar para “reinventarse”, como en la poesía de Kyria Galván. Te diré: soy mujer cedro angustia / mujer como trigal como violeta / como sandía y tormenta. / Busco una isla para gestar en ella, / para inventarme mi libertad y mi cuerpo.


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