Esther Díaz

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16 de octubre de 2020

Lengua de loca

Hija de la chingada somos todas

Desleal al pueblo mexicano o madre fundadora, Malinche amplifica los sentidos de la traición y remueve la pregunta sobre la violación patriarcal y colonial. ¿Esclava sexual o agente secreta? Traicionar forma parte del amor, de la fraternidad y de la ideología.

Por Esther Díaz

Imagen: Sebastián Freire

La maldición de Malinche se extiende por nuestro continente. Surgió de la traición que allanó el camino a los españoles para derrumbar el imperio azteca. Traición es la acción que se comete cuando no se cumple con la palabra empeñada. ¿Se conjetura que Malinche -que pertenecía a culturas sojuzgadas por el azteca- debería ser fiel a los expoliadores de su pueblo?, (no arrasaban como los españoles, imponían tributos y vasallaje). Acusar de traición es controversial. Definir qué es traición no es enunciar una ley universal de la naturaleza. Eso que llamamos traición es una interpretación de actos o palabras de quienes se supone nos deben lealtad.

Determinar que algo es traición es tan fuerte como discutible. Es indiscutible en cambio que traicionar implica hacer lo contrario de lo que ciertas personas esperan que se haga. Pero ese hacer puede ser estrategia ante un cambio de circunstancias. Si la política (y quizás el sexo) es la continuación de la guerra por otros medios, no siempre conviene avanzar siguiendo un guión de hierro. Se medita y maniobra según las circunstancias. Se pueden alterar los medios y que los fines sigan vigentes. Un ejemplo en época pandémica: quienes abogan por el cuidado se abstienen de manifestaciones callejeras. Analizan la situación y -estratégicamente- deciden no tomar la calle, para volver con más fortaleza cuando las condiciones sean propicias. No se está traicionando una tradición genuina de pueblo, bombo y chorizos. Se están reafirmando los acuerdos por otros medios.

Regresemos a Malinche. En un pueblo precolonial vasallo de los aztecas nació princesa, el padre murió temprano. Su padrastro la regaló a unos mercaderes. Luego fue vendida a una comunidad. Finalmente fue donada -con otras jóvenes y algunas gallinas- a los conquistadores españoles. Esclava sexual. Además de su idioma y el de otros pueblos nativos, hablaba castellano. Hernán Cortés la tomó como amante. La usó como traductora y como informante para avanzar contra el azteca que se fortalecía con la explotación de otras naciones, como la de Malinche. Esos grupos sometidos se unieron con los españoles para luchar contra el imperio del águila que devora una serpiente posada sobre un cactus en el islote de un lago.

Traidora para algunos, madre fundadora para otros. Así como Eva es la culpable originaria de todos los males del mundo judeocristiano, Malinche es la traidora originaria del nuevo mundo, es mujer, es chingada. No obstante, los revisionismos y los feminismos la rescatan y reconvierten el sentido negativo del término malinchismo. También existe un rito reparatorio popular y ancestral: el baile de la Malinche.

Se pregunta Octavio Paz, ¿qué es la chingada? La madre violada. “El hijo de la chingada” es el engendro del rapto y la burla. Si se compara esta expresión con la española “hijo de puta” se ve la diferencia. Para el español la deshonra es descender de una mujer que se entrega por dinero; para el mexicano es ser fruto de una violación. En consecuencia, toda mujer, aun la que consciente sexualmente, es desgarrada, chingada por el hombre. Agrega Paz: todos somos, por el solo hecho de nacer de mujer, hijos de la chingada, hijos de Eva. En ese imaginario la madre violada es la Malinche que -según la opinión mexicana dominante- ha traicionado a su gente.

Ahora bien, ¿traicionó realmente? En cualquier caso, se trata de apreciaciones divergentes y debatibles: que traicionó a los (futuros) mexicanos, o que fue la víctima inocente de un violento choque cultural, o que es la madre de la cultura mestiza, o que hizo justicia a los pueblos precolombinos avasallados. Las tribus sometidas vieron en los españoles la posibilidad de escapar de las coacciones de Moctezuma. Nadie sabe el futuro, ignoraban que los usurpadores europeos se quedarían con todo. Y, buscando su libertad, apostaban al derrumbe de aquellos con quienes sostenían hostilidades milenarias. Desde esta perspectiva la “Operación Malinche” fue un acto de resistencia contra los opresores locales.

La Malinche es la “otra”, la india violada, la chingada, la penetrable que provoca la vergüenza de quienes sólo se han ocupado de rescatar su “traición” y su culpa. Sin preguntarse por su agencia, sus estrategias y sus resistencias, señala Gloria Anzaldúa en Borderlands, La Frontera. ¿Conclusión?, traición se dice de muchas maneras. Una acción es traición (o no) según del imaginario del que se parta para evaluarla.

La traición es inherente a la amistad que, en sentido amplio, incluye amor, fraternidad, ideología. Sólo la persona amiga puede traicionar o sentirse traicionada. No hay traición entre adversarios. “En nuestro amigo debemos tener a nuestro peor enemigo”, dice Deleuze. Pues la traición se piensa como un corte, pero habría que considerarla como un desplazamiento de la fidelidad. Ésta califica si todo se mantiene como en los acuerdos iniciales, pero la realidad es cambiante. La traición no es emoción ni sentimiento, aunque provoca pasiones. Es desgarro entre dos lealdades contrarias. Tiene como contracara la venganza, la búsqueda de reparación por lo que se considera un daño. Una pulsión pinchuda agujerea nuestra subjetividad y, si no contamos con férreos códigos éticos, queremos venganza. Por otra parte, no en todos los casos se puede recurrir a la justicia. En La pasión turca, una bella joven (Ana Belén) viaja por Asia Menor con su marido y otra pareja. El guía de turismo la seduce, ella se apasiona. Regresa a España y sigue comunicada con el turco. Se divorcia, vende todo y se va tras su amor exótico. Sin amistad ni familia, sola con ese desconocido en Estambul. El hombre la obliga a prostituirse. Una nueva humillación cada día. Un cliente distinguido le regaló una pequeña pero feroz pistola de cartera, le dijo que la podría necesitar. Una noche su amante proxeneta la llevó a una fiesta. Le presentó a una joven turca y se sentó con las dos, una de cada lado. Las besaba y toqueteaba. La española soportó lo que pudo, hasta que se saturó. Manos y cartera debajo del mantel. Sacó con disimulo el objeto plateado. Apuntó bien cerquita y -delicadamente- mientras el turco besaba a la otra, le descerrajó un tiro en medio de la bragueta.

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