Esther Díaz

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Las fundantes luchas entre hermanes

Frutos de tanta sangre

La simultaneidad en la agenda pública de los conflictos entre hermanos -tanto en caso de Mauricio y Mariano Macri como en el de Dolores Etchevehere y sus hermanos- es buena ocasión para rastrear cómo las luchas fraticidas mueven la historia y la literatura.

Por Esther Díaz

Imagen: Sebastián Freire

“La relación ética entre hombre y mujer como hermano y hermana” se llama el apartado que Hegel le dedica a ese vínculo fraterno. Desde la época arcaica Antígona es el arquetipo de la hermana heroica que se inmola por su hermano. En la Fenomenología del espíritu es además la reafirmación patriarcal de la mujer atada a la naturaleza (hegelianamente lo más bajo), mientras el varón se eleva al espíritu (hegelianamente lo más alto). Nadie puede salirse de su pellejo -nadie puede escapar a su tiempo- dice Hegel. Eso aplica a él mismo. No pudo (o no quiso) salir del concepto patriarcal epocal. Pues a pesar de que Antígona es un epítome de la eticidad misma, la considera incompleta por ser mujer.

Pero hay otra Antígona, la de Leopoldo Marechal. El campo argentino, época de la conquista del desierto. La obra denuncia a los patrones rurales que, a falta de legitimidad, destilan violencia. La rebelión de esa mujer ante la ignominia cobra una fuerza descomunal para pensar la condición argentina. La opresión sufrida y sufriente de los cuerpos relegados. Antígona Vélez es la fuerza que no negocia sus ideales. Los piqueteros vip rurales hostigan a las culturas originarias y a las clases populares, imponen su ley y se apropian de sus tierras. ¡Si sabrán de apropiación estos bisnietos de los “civilizadores” del desierto! Antígona Vélez se rebela contra la naturalización de ese orden. ¿El precio? Demoledor. Si se subordinaba, sobrevivía, pero eligió transitar el costado resistente de la vida. Se arriesgó a no dejarse tutelar por la prepotencia apátrida y patriarcal. Así despide Marechal a su heroina: Antígona se arroja a su destino trágico para que se llene de flores el desierto.

Los hechos que allí se vieron, no se han visto en escritura, comer la propia asadura de su hermano. Según el primer poema rioplatense, la patria se cimienta en fratricidios. Luis de Miranda, uno de los integrantes de la primera fundación de Buenos Aires, describe el hambre, los asesinatos y la antropofagia en ese desafortunado asentamiento. En su versión, el fratricida hace un asadito con su hermano. Aunque en la narración de un escritor posterior -Manuel Mujica Laínez- existe una variante.

Pedro de Mendoza agonizaba en su lecho de brocato. De paja el techo, de barro el suelo. Joyas, libros, pieles. Pústulas, hedor, zumbido de flechas. Todos los estómagos pegados a la espalda. Es de noche. Afuera un vigía decide matar para comer, pero ya no quedan perros; los pocos caballos que sobreviven, vigilados; y los indios son tan comestibles como inaccesibles. Entre las brumas rioplatenses se mueve una silueta con capa de piel (solo los jefes las usan). Lo acuchilla. Le arranca un brazo y arremete. Cuando ya ha comido buena parte sus dientes chocan con el anillo de su propia madre. Su hermano había asesinado y comido a un hidalgo con cuya capa se abrigó. En cualquier caso, un hermano se comió al otro. No fue el primer fratricidio “patrio”. A poco de llegar, Mendoza había matado a Osorio. No eran hermanos de sangre, pero sí de la vida. Fratricidios fundantes locales, pispemos los universales.

“¿Qué ocurre con Abel?”, pregunta el hacedor, “¿Acaso me he convertido en el guardián de mi hermano?” fue la despechada respuesta de Caín, que le había ofrecido los primeros frutos de su cosecha, mientras Abel le había ofrecido las primicias de su ganado. Pero dios -que no es vegetariano- rechazó la verdura y aceptó la carne. El agricultor (envenenado por los celos) le propuso al ganadero un paseo por el campo, y bajo la pueril excusa de un plato de lentejas, mató a su hermano.

La venganza divina le hizo la vida imposible. Huyó y se refugió al este del paraíso. Se unió a una mujer (que forzosamente era hermana). Fundó Enoch, la primera ciudad mítica. En la tradición monoteísta el asentamiento urbano se constituye desde el incesto y el fratricidio.

Pero la tradición politeísta no se queda atrás. La princesa Rea Silvia estaba embaraza de Numitor, su padre. Nacieron gemelos y había que sacárselos de encima. Los arrojaron al río en una canastita y alguien los salvó (como a Moisés). Los gemelos amamantados con leche de loba decidieron fundar una ciudad. ¿Dónde?, los hados darían señales. Cada hermano eligió una colina diferente. Remo vio seis buitres, Rómulo doce, ganó. Comenzaron el diseño urbano, feliz uno resentido el otro. Marcaron límites, indicaron entradas. Solo se podía ingresar por las futuras puertas. Aunque Remo, malhumorado, pisoteó el trazado de las murallas. Rómulo enfureció y lo mató para limpiar el sacrilegio y -sobre cenizas fraternas- fundó Roma.

La actualidad reedita esas luchas de poder entre hermanos. Desde príncipes resentidos, como Williams y Harry, a inmigrantes enriquecidos, como Macri y sus hermanos. Aparecen al mismo tiempo los primeros libros que desnudan esos recovecos millonarios: Batalla de hermanos (británicos) de Robert Lacy, y Hermano (de cabotaje) de Santiago O’Donnell. Y aunque por el momento no hay libro sobre ella, hay una “hermana contra hermanos” que está haciendo historia: Dolores Etchevehere desafiando a los patriarcas terratenientes cual heroína trágica.

Antígona póstuma se le podría llamar a Enola Holmes, pues en lugar de inmolarse por su hermano, se libera de él. Es investigadora especializada en desapariciones. Hermana menor de Sherlock Holmes. Opacada por su hermano famoso y agredida por otro hermano, poderoso. El personaje fue creado por la estadounidense Nancy Springer a mediados del siglo XX. Enola es la mujer valiente que Nancy (esposa de un apagado pastor evangelista) hubiese querido ser. Su Posantígona defiende su derecho a la autodeterminación y rechaza el maltrato. Enola (alone en inglés con las letras invertidas) se transformó en película y apunta a serie. La adaptación es acorde a los tiempos que corren: acentúa, casi didácticamente, los rasgos feministas de la protagonista. Y a pesar de su formato netflixero, no deja de mostrar un juego de espejos con la Antígona griega -la que no vino a este mundo a compartir odio sino amor- y con Antígona Vélez, la que sueña con el día en que hombres y mujeres cosechen el fruto de tanta sangre mientras la furia del sur es ya una polvareda que se va tragando el horizonte.

https://www.pagina12.com.ar/302110-frutos-de-tanta-sangre

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