Esther Díaz

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Decido, luego existo

¿Exclusión o bien común?

La filosofa punk pone los puntos sobre las íes de la palabra decidir, la que nos convoca este próximo domingo a poner un voto por el bien común, por la posibilidad de ser con otres en lugar de apelar al individualismo. Y como yapa, la hermosa metáfora de la lengua de las mariposas para embriagarse de néctar y optar por la solidaridad, la equidad, los derechos comunitarios.

Esther Díaz

Por Esther Díaz

Esther Díaz, decido luego existo (Fuente: Sebastián Freire)

Esther Díaz, decido luego existo. Imagen: Sebastián Freire

Experimentamos alegría cuando un cuerpo y una idea coinciden armónicamente con nuestro cuerpo y nuestra idea. Experimentamos tristeza, en cambio, cuando un cuerpo y una idea no concuerdan con nuestra subjetividad. En épocas electorales se agudizan las controversias, se pone en juego lo más caliente, lo que importa: tomar o perder el poder (lo demás viene por añadidura). Época de elegir. Mucho sabemos las mujeres de la impotencia ante la falta de elección. La Ley Sáenz Peña, en 1912, desechó el voto calificado, estableció el sufragio universal y, aunque las mujeres no votaban, le otorgó representación a la mayoría de la población (masculina). En 1947, el voto femenino. Es decir que la mujer careció de derechos electorales (entre otros) durante treinta y cinco años de la intermitente democracia argentina. La imposibilidad de elegir disminuye a la persona. En cambio, el derecho a decidir aumenta la autoestima aportando al bienestar general.

Lo curioso es que los diferentes espacios de la contienda electoral creen que su postura es la adecuada y que la escogen libremente. Es cierto que la condición de posibilidad de elegir es justamente ser libre. Pero, ¿somos realmente libres? ¿O la conciencia de ser libre es solo una ilusión? Una especie de sueño en la vigilia. Spinoza considera que, así como un niño cree desear libremente la leche; un joven furioso, la venganza; y un cobarde, la huida; un borracho también cree decidir -por un libre decreto de su espíritu- lo que sobrio nunca hubiese dicho. Por lo tanto, ¿hasta qué punto nuestras decisiones dependen de nuestro libre arbitrio o hasta qué punto están predeterminadas? Preformateadas por la clase social, los privilegios que gozamos o quisiéramos gozar, los derechos a los que aspiramos o no queremos perder, a quién querríamos beneficiar o no.

“Yo elijo”, reza un slogan electoralista, como si elegir fuera un privilegio de algunos. Todas las personas eligen. Si puedo decir “yo” es porque existo y si puedo decir “elijo” es porque pertenezco a la animalidad hablante, a la especie que no puede dejar de elegir. Incluso siendo esclava puedo elegir someterme o suicidarme; acatar o resistir. Elegir -filosóficamente- no tiene antónimo. “No elegir” es una contradicción en los términos, un paradójico laberinto sin salida. Hasta quien supone que no elige está eligiendo.

Enunciar “yo elijo” es como decir “yo existo”, una perogrullada, no agrega información. Todas las personas que votan eligen; las que no también. A no ser que le secuestren el documento y fragüen su voto, pero si está sola en el cuarto oscuro, elige. Pues aún en el caso de que haya sido presionada, opta. Quienes creen elegir en absoluta libertad no advierten la influencia mediática o la presión de su entorno. Son años de colonización familiar, cultural, económica, mediática, social, laboral, pero como el borracho de Spinoza los individualistas creen que eligen desde una libertad prístina y no contaminada por pre-juicios.

Los acontecimientos nos habitan. Nos construimos desde la otredad. Somos un pliegue del exterior. Invaginación de cultura, afectos, nivel de vida, juicios y tabúes. El ideario cultural introyectado y reelaborado en cada singularidad. Las controversias nos atraviesan. Vemos “la destrucción de lo humano, el asesinato del futuro, el camino secreto hacia la nada”, como preanunció Nietzsche en Genealogía de la moral.

Desde las filosofías de la existencia ni el más creyente de los mortales tiene quien le diga si eligió lo adecuado. “Si te casas, te arrepentirás, pero si no te casas, también te arrepentirás” (Kierkegaard). Decidir es siempre un salto al vacío. Elegir lo que se considera valioso no es un acto individual, pues suponemos que nuestra elección es la mejor y la quisiéramos extensiva. Pero quienes se oponen suponen exactamente lo mismo en sentido contrario. De todos modos, decidir es conflicto entre poderes. Votar o abstenerse es ejercer poder, activo uno pasivo el otro, optar por objeticos deseables. Ahora bien, ¿es valiosa una política elitista, no participativa y exclusora? ¿O lo valioso es el bien común y la expansión de derechos?

* * *

La lengua de las mariposas, de J. L. Cuerda, muestra una decisión desconcertante que hace tartamudear el sentido de la película. La decisión de un niño de ocho años le otorga un valor inusitado a un acto repudiable. Galicia, irrupción del franquismo. Monso, un niño tímido, débil y asustadizo, es hostigado por sus compañeros. Su maestro -sabio y amistoso- logra que el niño se socialice. Le muestra el maravilloso mundo de la naturaleza, la cultura y la vida. En un diálogo rodeados de mariposas le explica que tienen lengua y le indica su nombre: espiritrompa, así como la función que cumple: introducirse como un fino hilo espiralado en el interior de las flores para absorber el polen. Y, como al niño lo apodan Gorrión, el maestro le narra el cortejo arquitectónico del gorrión tilonorrinco, que construye nidos coloreados y geométricos para enamorar a su hembra. Se estableció entre ellos una mayéutica y un lenguaje compartido. Pero la falange invade el pueblo y el padre de Moncho, que es republicano, tiene que ocultar su pasado. El día que se llevan a sus compañeros a la muerte, todo el pueblo va a insultarlos para esconder sus propios pasados revolucionarios. El último de los condenados en salir para ser dilapidado es el maestro. La madre (católica) de Moncho azuza a su marido -que había sido camarada del maestro- para que lo insulte. El hombre obedece llorando. La madre le indica al niño que es su turno. Moncho no quiere, hasta que apremiado le escupe: ¡rojo!, ¡ateo!, ¡traidor!, mientras se une a los demás niños tirándole piedras al maestro que no puede creer lo que ve. Hasta que Gorrión con el mismo tono le grita: ¡tilonorrinco !, ¡espiritrompaLe está diciendo en clave -ante los represores- lo que aprendió de él, lo que comparten. Su decisión fue insultar para sobrevivir y, al mismo tiempo, comunicarse con su maestro, decirle que lo seguía queriendo apelando al nombre secreto de la lengua de las mariposas. Esa que habría que desplegar para embriagarse de néctar y tomar una decisión que, en lugar de reafirmar individualismos egoístas, reafirme solidaridad, equidad de género y derechos comunitarios.

https://www.pagina12.com.ar/380751-exclusion-o-bien-comun?

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