Esther Díaz

ESTHER DÍAZ

Doctora en filosofía

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Contra la ilusión de la seguridad 

A riesgo de vivir

Sentarse en un bar, darse un abrazo, subir a un tren, planear unas vacaciones o al menos una escapada a la costa; acciones sin novedad hasta este año en que cada paso pareciera que debe ser evaluado para minimizar el riesgo de contagio. Caminamos sobre una línea fina, en el mejor de los casos tomando decisiones que implican siempre a otres, con deseo y sin temeridad.

Por Esther Díaz

Imagen: Sebastián Freire

Testimonio A (red social): Me crié en un hogar de clase media baja donde molestaba que los ninguneados por el sistema tuvieran acceso a ciertas posibilidades que ellos apenas tenían, apoyaban políticamente a quienes le negaban derechos a la “negrada”, votaban a una clase alta a la que jamás pertenecerían. Ante eso, me hice peronista y el 17 de octubre, frente al bloqueo virtual, con mi familia asumimos el riesgo. Salir a manifestarnos desde el auto nos reforzó las ganas de seguir adelante, nos devolvió la alegría.

En Elogio del riesgo Anne Dufourmantelle considera que la contingencia es parte integrante de la vida. Vivir sin riesgos es una contradicción en los términos. La inmunidad absoluta no existe. Si lo sabrá el capitalismo, el gigante de los seguros contra riesgos al que le brotan riesgos (autoproducidos y de los otros) como hongos. La vida es riesgo, pero, dice la autora, habría que aceptar los desafíos sin caer en la temeridad. Aunque es preferible equivocarse por actuar que inmovilizarse delante del riesgo.

Testimonio B (audio WS): Pienso el riesgo desde la experiencia de caminar por las montañas. Arriesgarse a un cerro de 4000 metros, el clima adverso, llevar agua porque no hay, portar tus propias deposiciones para no contaminar. Si se piensa fríamente, se dice ¡una locura meterse en eso! Pero si no pasás esa instancia, si no decís: bueno, me entrego, no hay posibilidad de vivir la experiencia. Es sublime estar en medio de la cordillera, pero imposible de transmitir, pasar al acto es la única manera. En otro orden de cosas, si no me arriesgara a insinuarme con alguien que me gusta, no cogería jamás.

Pasar al acto sexoafectivo -coronavirus mediante- implica nuevos riesgos. Ya la pandemia de sida había sembrado el miedo a la sexualidad, a los fluídos, a la sangre; pero las bocas se juntaban, hasta se podía compartir mate. Con el covid la sangre no importa, pero besar es riesgoso y el mate compartido imposible. A mediados de 1990 se impusieron los cócteles de drogas, los subsidios para financiarlos y la posibilidad de que el sida se fuera transformando en una enfermedad crónica. Ello contribuyó a que -en algunos grupos minoritarios- el miedo y la precaución se trocaran en desaprensión.

Bug chasig (buscar el bicho) aludía al contacto sexual con seropositivos sin prevención y con ánimo de contagio. El extremo opuesto a la inmunidad. Los buscadores del virus lo romantizaban: don, prueba de amor, metamorfosis. Se iniciaba una transformación orgánica que fungía en forma de resistencia a las coacciones de control biopolítico. La envalentonada se repitió en 2009 con la gripe A. Los locales orgiásticos vieron crecer su clientela durante esa pandemia (en la que no se decretó cuarentena). Le pregunté a un amigo que frecuentaba esos boliches si por lo menos usaban barbijos. “Ni siquiera usamos preservativos, ¡mirá si nos vamos a poner barbijo!”.

Testimonio C (mail): Existe una ley de protección ante los riesgos laborales. Para las leyes el riesgo es algo ante lo que hay que anticiparse. Pero las leyes son universales, son abstracciones. A toda ley la vida le muestra sus fisuras. Por otro lado, el riesgo no solo entraña peligros, te potencia. “El que no arriesga no gana”. ¿Qué hacer?, ¿transitar el riesgo como lo que hay que atenuar?, ¿o enfrentarlo como posibilidad de experiencia singular? En última instancia, hay que arriesgarse, esta es la clave vital.

Ulrich Beck, en La sociedad de riesgo, propone una hipótesis similar, pero responsabiliza a la modernidad y a la tecnociencia, por el riesgo constante. Es discutible, pues una sociedad exenta de riesgos es utopía. La historia vomita hambrunas, pestes y guerras por doquier. Niklas Luhmann compite con Beck desde su Sociología del riesgo. Considera que lo jurídico (entre otras instituciones) no puede resolver adecuadamente los problemas del riesgo, ya que es imposible establecer los comportamientos futuros y sus consecuencias. Tal como se marca en el testimonio C, el derecho se encuentra rebasado por la abstracción universal de los riesgos.

Testimonio D (audio WS): Estoy cursando administración de empresas. Las autoridades insisten en la presencialidad a pesar del riesgo. Podemos mantener la distancia, seguir protocolos, dicen. ¡Economistas! Viven en un mundo de ficción, ni registran que las pibas y los pibes llegamos por transporte público a veces desde muy lejos, que convivimos con abueles, que podríamos contagiar. Hacen como si nada porque ignoran a les otres, total, elles se trasladan en sus autos. Únicamente les preocupa restaurar el movimiento económico, a eso le temen, no al contagio de quienes somos reemplazables.

Existen contraejemplos frente a esa actitud de avestruz que deja al descubierto su trasero y “no ve” el riesgo. Es paradigmática la conducta de Anne Dufourmantelle, la pensadora del elogio del riesgo. Al advertir desde una playa que dos niños se estaban ahogando, se arrojó a socorrerlos. Lo logró, aunque sufrió un infarto por el esfuerzo. Su voluntad de riesgo le costó la vida, pero su pasión por el riesgo salvó dos vidas.

El contrato te otorga una libra de su carne, pero ni una gota de su sangre, le dice quien oficia de juez -en El mercader de Venecia, de Shakespeare- al prestamista que pretendía cobrarse una deuda rebanando un trozo del cuerpo de su deudor. Shylock no pudo cobrar por la imposibilidad de cortar sin hacer sangrar, nosotros no podríamos vivir en plenitud eludiendo riesgos. Aceptar el riesgo es abrazar la vida. Pero, ¿cómo?, ¿desde lo racional o desde lo pasional? El ser racional se angustia ante la contingencia, procura refugios “seguros”. En cambio, el ser intuitivo torea con los riesgos, se corre del control normalizador, pero eso sí, cuando sufre, sufre más. No obstante, se entrega a la contingencia, a esperar la rompiente con un cutis de playa, ofrecer al rocío dos senos de magnolia, acariciar la tierra con un vientre de oruga y vivir, unos meses, adentro de una piedra, diría Oliverio Girondo. Mientras el que no toma riesgo, respondería Nietzsche, no muestra un rostro palpitante y vivaz sino una máscara con rasgos mesurados y cuando una densa nube de tormenta se descarga sobre él, se asegura, se envuelve en su manto y echa a andar con paso lento.

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