Esther Díaz

ESTHER DÍAZ

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Capturas del deseo. Acerca de Derrames II, de Gilles Deleuze

Revista Ñ · 6 enero 2018 ·  ESTHER DÍAZ Esther Díaz es doctora en filosofía, profesora de epistemología y autora, entre otros, de Ideas robadas al amanecer.

El mar espejea bordeando la suave colina en la que Diógenes, el cínico –sentado en el suelo y re- costado contra un árbol~ come con serenidad un plato de lentejas. Un filósofo de la corte, Aristipo, lo mira desde arriba y le dice con sorna: “Si trabajaras para el rey no tendrías que comer lentejas”, a lo que Diógenes, levantando sus ojos de manera displicente, responde: “Si comieras lentejas no tendrías que trabajar para el rey”.

Aristipo se mueve en espacios estriados, delimitados por horarios, códigos, obligaciones. Diógenes, en cambio, se desliza en lo liso, sin jerarquías ni convenciones sociales. El primero es un engranaje del aparato de Estado, su territorio está delimitado. El segundo forma parte de la máquina de guerra cínica, fluye por líneas de fuga sin fronteras.

Las máquinas de guerra no son las que marchan a las contiendas bélicas organizadas por el poder. Guerra aquí evoca cambio, liberación, devenir. Movilizarse desde el deseo. Vivir y producir intensamente. No buscar muerte sino vida. Resistirse a los imperativos trascendentes, que provienen de los aparatos de poder, esos que se imponen desde afuera de las subjetividades mediante fuerzas represivas.

Los componentes de una máquina de guerra están animados desde la inmanencia y la independencia. Impulsan a transgredir los mandatos normalizadores. Ignorar a los inquisidores del disfrute, la creatividad, la libertad. Un colectivo artístico autogestionado que se prodiga sin dogmas es una má- quina de guerra. Un operativo represivo accionando impunemente contra ciudadanos indefensos es aparato de Estado. Por su parte, las máquinas de guerra tratan de escapar de esos mecanismos de captura. Y su actitud emancipatoria las suele tornar irreductibles a los aparatos de Estado.

Estas categorías forman parte de un curso dictado por Gilles Deleuze, entre 1979 y 1980, publicado con el título Derrames II (Cactus). El filósofo despliega conceptos propios y otros creados con Félix Guattari. Se trata de categorías conjuntamente elaboradas para esos dos monumentos del pensamiento que son El antiedipo y Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia.

Multitudes de temas que en sus trayectorias suelen encontrarse en un punto: las relaciones originarias entre Estado y neocapitalismo, por un lado, y posibles líneas de fuga liberadoras, por otro. El capitalismo tardío, como organización social de la producción deseante, se define por la destrucción de los códigos de grupos propios de las sociedades premodernas tales como alianzas, tradiciones o creencias. Todo deseo es subsumido bajo categorías sublimadas. Nada más abstracto que el concepto de moneda, tampoco más universal. El paso del trueque al dinero es el paso de lo empírico a la abstracción. También el consumo es una categoría abstracta. Pues la saturación de mercancía anula su diversidad convirtiéndose en una forma pura, vacía de contenido. Pero a pesar de estas capturas del deseo, siempre subsiste un plus producido por los anhelos que logran zafar de las estrategias del poder.

Esos derrames de vitalidad irrumpen en los márgenes. Producen líneas de fuga por espacios lisos, no codificados por imperativos sociales ni por moralinas enemigas del cuerpo y el deseo. Sin embargo, también en estos casos el aparato de Estado se pone en marcha e intenta codificar los espacios lisos o nómades. Pensemos en las diversidades sexuales. Si presionan demasiado, se les habilita derechos, como el matrimonio igualitario. Pero por la astucia del dispositivo represor -en el mismo acto- las legaliza y las introduce en la normativa, en ese mundo tibio y controlable del pequeño sueño burgués.

El aparato de Estado evoca grandes aves de rapiña. Las máquinas de guerra, cervatillos en libertad. Una interacción de fuerzas desiguales. No obstante –a veces– cuando un mecanismo estatal cree haber capturado a una máquina de guerra, ese bloque de espacio tiempo deseante puede zafar de las estrías. Y si logra eludir los códigos trascendentes, se transforma en un canto a la inmanencia que prefiere comer lentejas antes que doblegarse al poderoso.

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